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DÍA 7. Borgarfjördur – Langanes

La carretera 94 que sale desde Egilsstadir es apta para todos los vehículos, aunque tiene poco asfalto y muchísimo polvo, así que hay que intentar alejarse del coche de delante, si es que lo hay, y disfrutar del paisaje. A mitad de camino empieza la ascensión entre las montañas, picos nevados, valles verdes con docenas de corrientes de aguas y el mar a lo lejos de momento, porque en seguida lo tendremos casi debajo en caída vertical. La pista discurre por la pared de las montañas que dan al mar, y en muchas ocasiones apenas hay nada más que aire entre la carretera y los 20 metros hasta abajo. Se dice que estos acantilados fueron la maldición con que un espíritu maligno castigó a los habitantes del pueblo por expulsarle, y colocó allí esas montañas infranqueables para que el pueblo quedase aislado.
De esta manera se llega a Borgarfjördur, un pueblecito minúsculo al final de un pequeño fiordo rodeado de montañas. La oficina de información la componen los integrantes de la familia que lleva el restaurante del pueblo. A pesar de estar cerrado por celebración familiar, nos atendió una chica encantadora que nos indicó algunos lugares de interés y una serie de rutas de trekking bastante atractivas. Siguiendo sus consejos cruzamos la calle y allí mismo hay una casita cubierta de hierba que parece el hogar de un hobbit y que estaba regentada desde hace un siglo por un matrimonio que pasaba allí los veranos. Aunque el marido falleció, la mujer continúa cuidando la casita y el jardín. Según la leyenda, duendes y elfos han sido vistos por estos parajes, y a escasos 50 metros se alza un pequeño montículo rocoso lleno de gente buscándolos, y en la montaña que se eleva sobre el pueblo una enorme brecha en la roca parece ser la puerta por la que pasaban estos seres en Navidad para atarle las colas a las vacas. Nosotros no vimos ninguno, pero seguro que estaban por allí.

A 5 kilómetros carretera adelante se llega un mirador de aves cerrado en mayo para que los frailecillos (puffins) y otras aves hagan sus nidos. Cuando llegas allí te esperas ver los pájaros desde lejos y añorar unos prismáticos, pero están tan cerca que casi se les puede tocar y no parecen inmutarse ante la presencia de humanos. Los puffins son tan majetes que te podrías estar mirándolos horas, pero habíamos previsto hacer una ruta de 12 kilómetros, así que nos fuimos después de un rato. Desde la carretera, al lado de una antena de comunicaciones, sale el sendero que rodea la montaña hasta un collado y llega a la playa de Brúnavik. La primera parte es muy bonita, vas dejando atrás los murallones nevados y el fiordo con el pueblo abajo, y por delante avanzas por la pradera verde con tríos de ovejas incluso en el camino. Éstas sí que se asustan y salen disparadas cuando te acercas. Desde el collado se ve la playa, una cala preciosa. Mi consejo es sacar aquí los bocatas, comer y dar media vuelta, porque aunque el resto del camino es bastante bonito supone unas 3 horas más de marcha y ya se ha hecho lo mejor. La bajada hasta la playa es muy vertical, pero no plantea grandes dificultades, y el sendero pasa al lado de restos de construcciones de la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que éste fue un importante lugar estratégico, aunque no se libró ninguna batalla. La preciosa cala está desierta salvo por los centenares de pájaros que habitan sus rocas y las omnipresentes ovejas, que llegan hasta la orilla del mar.

En lugar de volver por donde habíamos venido decidimos hacer la ruta circular, así que fuimos valle adelante entre montañas parecidas a las de Landmannalaugar y tras varios intentos fallidos encontramos el camino y empezamos la dura ascensión. El sendero se convierte en pista forestal hasta el final, intransitable incluso para un 4×4, así que cuando llegamos al collado pasamos de la pista y bajamos campo a través. Un poco de carretera hasta la antena donde habíamos dejado el coche y consulta al mapa para ver la mejor forma de llegar a Myvatn.Nos pareció buena idea ir rodeando la costa, y la verdad es que lo fue, pero se multiplicaban los kilómetros y ya no era posible llegar hasta Myvatn, así que tirando de nuestro inglés de andar por casa obtuvimos un “todo completo” en varias granjas y un “yes, there is an available room” cerca de Törshofn (7000 kr, unos 85 € por una habitación preciosa con muebles antiguos, cama de matrimonio con su edredón nórdico y desayuno incluido).De camino allí las nubes bajas se fueron metiendo tierra adentro, y la carretera ascendía por las montañas, así que llegado un punto aquello parecía la vista desde el Teide, con el mar de nubes bajo tus pies y las crestas nevadas sobresaliendo. Una carretera de tierra con seiscientas curvas, subidas, bajadas, precioso paisaje entrando y saliendo de las nubes y cuando ya por fin circula pegada a la costa se presentan un par de simbolitos de sitio de interés. Nos bajamos, y entre la niebla de un acantilado se distinguen unas rocas de formas curiosas en medio del mar. Parece el escenario de una peli de piratas.
Avanzamos por la carretera sin ver más allá de 15 metros, menos mal que apenas nos cruzamos con cuatro coches en todo el camino.

Por fin llegamos a Törshofn, y en el pueblo hay una especie de fiesta con una gran hoguera y fuegos artificiales, a la luz del día, claro. Nosotros decidimos ir a ver la península de Langanes, a pesar de que la guía dice que siempre está cubierta por la niebla. La carretera naranja se convierte en amarilla y ésta en blanca, y el paisaje acojona tanto que casi no hablamos por miedo a ser descubiertos. Troncos caídos y pelados por el suelo, rocoso cerca de la orilla y verde cuando se aleja, ovejas quietas como estatuas que nos miran desfilar lentamente y una niebla que solo te deja ver la siguiente curva cuando ya la estás trazando. Y en un silencio sepulcral, de repente los graznidos terroríficos de un pájaro del Ártico. Muchísimo miedo.

Nuestro objetivo era llegar hasta el faro que está al final de la península, pero los kilómetros pasaban y el faro no aparecía, así que cuando llegamos a un refugio de emergencia nos pareció suficiente carretera blanca y paramos el coche. Bajamos con cierto recelo y dimos una vuelta entre la niebla, hasta el borde de un acantilado donde rompen sin hacer ruido las olas del Océano Ártico. Estábamos a menos de 20 kilómetros del Círculo Polar.

Interminable camino de vuelta sin poder ver nada a través de la niebla, y por fin de nuevo en el asfalto encontramos nuestra granja, donde nos esperaba la paciente dueña. Ya era casi medianoche.

Acerca de Miguel Reglero

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