Inicio » Viajes » Islandia » 2. Ring Road » DÍA 4. Skogarfoss – Dyrholaey – Vik

DÍA 4. Skogarfoss – Dyrholaey – Vik

Después de los kilómetros recorridos por el interior de Islandia, nuestro primer objetivo era encontrar gasolina. Nos dirigimos a Vik, la ciudad más grande de la zona (o sea, 300 habitantes) para después retroceder unos kilómetros por la Ring Road hasta Skogar. Pero antes de llegar, un autobús detenido en medio de la llanura llamó nuestra atención. Y es que Myrdalssandur  no es solo una llanura. Montones y montones de pequeños cráteres de entre 2 y 5 metros de altura ocupan el terreno que separa la Ring Road del mar. Una sencilla escalada a la cima de cualquiera de ellos permite una mejor perspectiva del curioso paisaje. Con ganas de más, continuamos hacia Skogar y su cascada Skogarfoss.

Según la leyenda, un jefe vikingo escondió un enorme tesoro tras la cortina de agua para protegerlo de sus enemigos y aún hoy pueden verse los reflejos dorados a través de la cascada. Nosotros no vimos ni rastro del oro, pero nos encontramos con los arco iris más impresionantes y cercanos que habíamos visto nunca. Los 62 metros de caída de Skogarfoss hacen que el agua se disperse a su alrededor formando arco iris superpuestos en los días soleados. Una empinada escalera de metal sube hasta la cima de la cascada y se convierte en el principio/final de la ruta Skogar-Tosmork. A mitad de escalera, un mirador deja la mejor vista de la cascada. Merece la pena trepar hasta lo más alto y recorrer (una vez recuperado el aliento) la rivera del río unos metros para encontrarse con otra pequeña cascada y morirse de envidia viendo llegar a los valientes que acaban la ruta de 2 días, armados con enormes mochilas, agotados, pero satisfechos, y que…. ¡te saludan en español! La casualidad hizo que coincidiéramos con un par de grupos de españoles que acababan en aquel momento su ruta. Después de intercambiar anécdotas y saludos, nos despedimos, dejándoles abrazándose y descansando en la hierba ya libres de arrastrar el peso de las mochilas.

De regreso a Vik el viaje se convirtió en un “día de playa”. La costa sur de Islandia guarda algunos de los paisajes más curiosos y espectaculares de la isla: playas de arena negra, rocas solitarias en medio del mar, montones de aves de todo tipo…
El primer ejemplo de costa islandesa fue Dyrholaey, una extensa playa flanqueada por formaciones rocosas que se adentran en el mar, rotas en algunos puntos por enormes arcos que podrían atravesarse en barco. Como cada vez que encontramos agua, el paseo descalzos era obligado hasta llegar al extremo más alejado donde la pared de roca nos cerraba el paso. Después de asustar a un nutrido grupo de patitos que descansaban despreocupados sobre la arena (en décimas de segundo se habían alejado mar adentro), curioseamos por las cavernas formadas por la erosión del agua y nos tomamos un descanso tumbados en la playa. En cuanto iniciamos el camino de vuelta, los patitos reconquistaron felices su territorio.

Para nuestra siguiente parada deshicimos el camino recorrido por la mañana y regresamos a Vik. El monte que preside la ciudad supone la frontera entre la zona suroeste de Islandia y los parajes más inhóspitos del este. La colina actúa como frontera natural frenando el avance de las nubes hacia el suroeste y convirtiendo la zona de Vik en una de las más lluviosas del país. Además separa la playa de Vik de la de Reynisfjara, ambas de visita obligatoria.
La playa de Vik no es tan espectacular como la de Dyrholaey pero ofrece la posibilidad de acercarse (probablemente por primera vez en vuestro viaje) a los frailecillos o “puffin” (en inglés, o “lundi” en islandés). Es un pecado visitar Islandia y no conocer a estos pajaritos que son casi un símbolo nacional. Considerados los pingüinos del hemisferio norte, son las criaturas más simpáticas y confiadas que se puedan encontrar. Con sus andares patosos y su peculiar forma de volar, uno podría pasarse horas viéndoles ir y venir en busca de comida. La ladera del monte que limita con la playa de Vik alberga los nidos excavados en la tierra de miles de puffin. Su buen carácter permite sentarse entre ellos sin peligro alguno y en nuestro caso, el lugar se convirtió en un excelente puesto de observación donde comer unos sándwiches.

Terminada la comida retrocedimos para visitar Reynisfjara, probablemente la más espectacular de las tres playas, aunque también sea la más llena de turistas. La erosión aquí ha decidido esculpir las paredes de basalto que limitan la playa, en forma de gigantescos bloques de piedra, a modo de curiosa escalera, como en esos juegos en los que tienes que contar el número de cubos que tiene la figura. Frente a la playa de Reynisfjara, además, se alzan tres enormes bloques de piedra en medio del mar. Nadie sabe muy bien cómo llegaron allí, pero se dice que fueron tres trolls que sorprendidos por el amanecer no fueron capaces de llegar hasta sus refugios en la playa. Toda la costa islandesa está plagada de este tipo de formaciones rocosas, y por supuesto, cada una de ellas guarda su propia leyenda.

La tarde se nos echaba encima y aún nos faltaba visitar Laki, otra de las zonas espectaculares que guarda la naturaleza islandesa, como no, con volcán incluido. Antes de ponernos en camino decidimos informarnos de la ruta por miedo a encontrar ríos peligrosos. En la oficina de turismo de Kirkjubaejarklaustur (en serio, ése es el nombre de la ciudad!!) nos aconsejaron no intentarlo y nos ofrecieron un servicio de autobuses que salía cada mañana. Un poco decepcionados renunciamos a la excursión y empezamos a buscar alojamiento pero todo parecía completo.
Aunque en muchos foros se dice que no hay problemas para conseguir alojamiento por el país, la verdad es que es conveniente ir reservando al menos con un día de antelación, a no ser que vayáis con vuestra tienda de campaña, en cuyo caso no tendréis ningún problema porque está permitida la acampada libre por casi todo el país. Nosotros habíamos decidido no llevar la tienda de campaña… ¡¡quién nos iba a decir que acabaríamos alquilando una!! Después de ser rechazados en todas las guesthouses de la zona, la gente del camping Skaftafell nos ofreció una tienda no muy cara después de llamar en nuestro nombre a todos los alojamientos en 20 km a la redonda. La amabilidad de los islandeses nos seguía sorprendiendo; la chica que nos atendió nos prestó dos colchonetas y trató de darnos precios e instrucciones ¡en español! La verdad es que para haber estado sólo un mes en Granada estudiando, hablaba fenomenal. Ya de paso, matamos dos pájaros de un tiro porque la recepción del camping actúa como centro de reservas de excursiones por el glaciar Vatnajokull, así que aprovechamos para reservar una caminata por el glaciar para la mañana siguiente.

Si nunca habéis montado una tienda iglú, sabréis por lo que pasamos la siguiente media hora, tratando de averiguar para qué servía cada elemento y sin saber muy bien si la tienda aguantaría si soplaba el viento o empezaba a llover. Aún así, orgullosos de nuestro trabajo echamos a andar en busca de Svartifoss, una cascada a la que se llega desde el propio camping. La pared por la que se precipita Svartifoss, ha sufrido el mismo tipo de erosión que las paredes de Reynisfjara y, aunque la caída no es muy grande, las formaciones cúbicas de la montaña le dan un atractivo especial. Cenamos al pie de la cascada e iniciamos el descenso sin quitar ojo a la enorme masa helada del Vatnajokull, nuestro destino a la mañana siguiente.

Acerca de Miguel Reglero

No te pierdas

Ábside central S. Joan de les Abadesses

El monasterio de Sant Joan de les Abadesses

El monasterio de Sant Joan de los Abadesses fue fundado por los condes Guifré el …