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DÍA 3. Hekla – Landmannalaugar – Eldgjá

Sobre las 10 de la mañana abandonamos el asfalto ya para todo el día, aunque las primeras pistas de tierra eran naranjas y permitían circular a buena velocidad, a unos 80 km/h. En seguida apareció el Hekla por la derecha, aquel que llaman “el enmascarado” por estar siempre cubierto por las nubes. Nuestra suerte con el tiempo se mantenía, un día claro y soleado mostraba el volcán en toda su dimensión, y la carretera lo iba rodeando hasta llegar al cruce con la F225 que lleva a Landmannalaugar. Un cartel explicativo advertía de la complejidad del camino, carretera de 50 km solo apta para 4×4 y varios ríos atravesándola. Aún así nos cruzamos con más de un turismo por el camino.


El paisaje se volvió lunar casi sin aviso, cenizas negras alfombraban el suelo y un mar de rocas de lava dispersas llenaban la vista hasta la cumbre nevada del Hekla, que se iba alejando poco a poco.Hicimos algunas paradas por el camino para disfrutar de aquel lugar y pisar ese suelo blando tan peculiar generado por erupciones no tan antiguas como uno se imagina. Igual que vino el negro del paisaje se fue de repente y comenzaron los ríos, el verde y, por supuesto, las ovejas, de tres en tres. Los vadeos no presentaron problemas y el viaje se convirtió en una delicia para los ojos, ya empezaban a atisbarse las maravillas que habíamos leído de Landmannalaugar. Justo antes de llegar al camping, destino final, había un río de gran profundidad que invitaba a aparcar allí mismo y seguir a pie el medio kilómetro que restaba, pero envalentonados por otros todo terrenos que cruzaban con el agua casi por las ventanillas decidimos atravesarlo y nuestro bólido respondió como un titán y llegó al aparcamiento. En el camping puedes encontrar mapas e información y de allí parten varias rutas de poco duración y el famoso Laugavegur de 55 km hasta Thorsmork, considerado el mejor trekking del mundo. Decidimos hacer una ruta circular de unas 3 horas de duración que recorría la primera parte del Laugavegur. Después de una pequeña subida el sendero discurre entre un campo de lava que supera la altura de cualquier persona y termina, sin transición, en un enorme llano repleto de flores, pastos, ovejas y riachuelos rodeado por esas montañas rojas y doradas de Landmannalaugar, salpicadas de neveros.

Dando por hecho que el camino circulaba por ese precioso campo floreado seguimos adelante hasta una cascada que se veía a lo lejos. Allí sacamos los bocatas y descansamos tirados al sol, en pantalón corto y camiseta, prácticamente solos. Al emprender el regreso nos llamó la atención una columna de humo que salía del suelo y fuimos a investigar. Al acercarnos se percibía el sonido del burbujeo y, efectivamente, allí bullía una pequeña olla natural de agua hirviendo que al caer por la ladera de la montaña dejaba un rastro caliente de colores ocres, grises y verdes y se mezclaba más abajo con el agua fría de los ríos.
Indagamos un poco más allá y aparecieron nuevos hervideros, algunos del diámetro de un hula-hoop, agua hirviendo entre neveros y ríos helados y un intenso olor a huevos podridos que se aprecia a mucha distancia. Cuando regresamos a la altura del campo de lava nos dimos cuenta de que no habíamos seguido el Laugavegur, así que lo cogimos un trocito más hasta una cima desde la que se aprecian todos esos mundos tan diferentes juntos en un kilómetro cuadrado. El camino de bajada transita por un cañón de paredes naranjas, grises y verdes y llega sin dificultad de vuelta al camping, punto de partida de un Laugavegur que algún día recorreremos entero.Al poner en marcha el coche empezó a sonar un infernal ruido de rotura total de los bajos. Se nos puso la cara blanca y pusimos cuerpo a tierra para comprobar que allí no había nada descolgado, pero el ruido se mantenía y por más que mirábamos no había nada extraño. A punto ya de llorar se nos acercó un austriaco y nos dijo que si podía echar un vistazo. Con el cielo abierto por aquella abrumadora solidaridad pusimos la mecánica en sus manos y el tipo empezó a sacar piedrecitas de entre los discos del freno y las llantas, nos explicó que era un problema frecuente por esos caminos y nos dijo que arrancásemos a ver que tal. Música celestial. Tremendamente agradecidos seguimos carretera adelante, continuando ahora por la F208, con intención de llegar a Vik o alrededores. Más ríos, peor carretera, y una densa niebla que ralentizaron la marcha y empezaron a hacernos dudar de llegar antes de medianoche a cualquier lugar habitado. Además queríamos hacer una parada en Eldgjá, sin saber muy bien lo que era. Cuando llegamos no había nadie en la pequeña explanada que hace de aparcamiento. Unos 20 minutos de sendero en solitario a través de un valle entre la niebla hasta llegar a una cascada con doble caída bastante caudalosa. La bautizamos como la cascada del mono, porque tiene un aspecto parecido al monte Rushmore, pero en vez de presidentes parecen esculpidas las caras de un mono gigante y un cosaco ruso más una tercera figura abstracta.

 La niebla, las caras, el estruendo del agua y la soledad lo convierten en un lugar misterioso que nos encantó ver, aunque nos costara dormir en el coche, porque eran ya más de las 9, no teníamos nada reservado y estábamos a 2 horas de pista amarilla de la civilización. Un cartel en medio del monte anunció entonces la presencia de alojamiento en las inmediaciones. Llegamos a un camping que tenía cabañas de madera para 6 personas y tuvimos suerte de que hubiese alguno libre. Nos costó 6000 kr (72 €) en modo sleeping bag. Cenamos en nuestra cabañita y fuimos a dar una vuelta. Aparecieron una pareja de zorros pequeñitos que parecían las mascotas del camping, y hacían las delicias de los niños. Nuestro paseo “nocturno” no tenía ninguna pretensión, pero a unos 200 metros colina arriba empezaba a verse vapor de agua emergente de un cañón, lo cual solo podía significar la presencia de otra gran cascada. Así fue, una gran corriente de agua se precipitaba con gran violencia en una poza encajonada entre paredes verticales de veinte metros de alto. Además toda la zona estaba cubierta por ese musgo tan denso que parece esponja y tumbarse sobre él encima de una roca era como estar en un colchón. Volvimos a nuestra cabañita y dormimos como benditos con los recuerdos recientes de un día fantástico.

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