Y llegó el último día de viaje. Los kilómetros y el cansancio se notaban ya, pero aún así nos daba pena que se acabase. Había que despedirse a lo grande y qué mejor modo que un vuelo en avioneta. Salimos pronto de Akranes y cruzamos el moderno túnel de peaje que lleva hacia Reykjavík (49 km en lugar de los 108 que hay para rodear el fiordo). Destino: el aeropuerto nacional. Gastamos todo lo que habíamos ahorrado en comida en la avioneta pero será uno de los recuerdos más bonitos que nos llevemos de Islandia.

Sobrevolamos la ciudad de Reykjavík, con su trazado de maqueta y sus camas elásticas en cada jardín. Después recorrimos de nuevo la catarata de Gulfoss, la primera que habíamos conocido y que seguía estando entre nuestras favoritas. Tuvimos el privilegio de ver estallar un geiser desde las alturas y nos sacamos un poco la espinita del Laugavegur recorriendo la ruta entre Lanmannalaugar y Thorsmork en unos pocos minutos. Vimos cráteres, brechas abiertas por ríos y cascadas a las que no se llega por carretera y pudimos apreciar la falla de Thingvellir como nadie. Incluso a 500 metros del suelo se aprecia el tufillo azufroso a huevos podridos. Guiados por el piloto más majete del país, pasamos dos horas sin despegar la nariz de la ventanilla. Caro pero increíble.

Habíamos recorrido Islandia de arriba abajo y aún no habíamos probado sus famosísimas piscinas de agua caliente, así que, ya de camino hacia el aeropuerto de Keflavík, nos detuvimos en la Blue Lagoon, la más turística de todas. Explotada como balneario y como fuente de productos de belleza, sus aguas termales se consideran curativas y son frecuentadas por los islandeses en cualquier mes del año. A pesar de que debíamos estar a 10º, montones de personas flotaban en el agua blanquecina y se cubrían de barro. Muchos españoles habían decidido como nosotros apurar las últimas horas con un buen baño, así que mirásemos donde mirásemos, encontrábamos compatriotas haciendo el ganso. Si olvidas el mal olor del agua, la experiencia es de lo más original, aunque no podíamos evitar acordarnos del tranquilo baño en el cráter Viti.

Una vez secos y vestidos, ya no quedaban tiempo ni excusas para seguir deambulando por el país, así que pusimos rumbo al aeropuerto internacional de Keflavík. Devolvimos nuestro coche, probablemente el más embarrado que les habrían devuelto nunca, y aprovechamos los últimos minutos antes de embarcar para hacer gestiones como pedir la devolución de las tasas (igual que hacen en España los turistas con el IVA) o tratar de gastar nuestras últimas coronas.

No sabemos si volveremos a visitar Islandia porque hay mucho mundo que conocer, pero lo que es seguro es que si surge la oportunidad, haremos la ruta del Laugavegur y la de Törsmork hasta Skógar, intentaremos llegar hasta la remota región de Hornstrandir y, quién sabe, igual nos aventuramos a llegar hasta Groenlandia. Hay mucho, mucho que ver en este pequeño país desconocido, y no podemos estar más contentos de haber elegido un destino tan original. Poder viajar por un lugar del que apenas sabíamos nada, vivir pequeñas aventuras y conocer este país a la vez tan salvaje y tan civilizado, donde el nivel de vida es el más alto de Europa, pero que vive siempre con el miedo de otra devastadora erupción, desde luego ha sido una experiencia que ninguna guía sería capaz de explicar.