En la oficina de turismo de Olafsvik nos dijeron con pocas ganas una par de formas de acercarse lo más posible al Snaefellsjokul para intentar su ascensión. Éste es el volcán de “Viaje al centro de la Tierra” y la razón de nuestra última etapa islandesa. Así que nos adentramos por la pista montaña adentro con escasas esperanzas, ya que la niebla lo cubría todo y cada 50 metros de subida la temperatura bajaba un grado. Empezó a llover y cuando llegamos a la caseta de las motonieves, punto de partida según nos habían informado, allí no había ni un alma y parecía bastante complicado el ascenso por la lengua glaciar. Probamos en otro punto, donde unos daneses bastante maduritos salían de un Peugeot y empezaban a forrarse de lana hasta las orejas. Bien pertrechados empezaron a subir por un camino del que solo se veían los primeros 100 metros, luego la nube se lo comía. La vista hacia el mar desde allí era muy bonita, pero los 5 grados que marcaba el termómetro del coche parecían -15 fuera de él. El frío polar y la visibilidad nula nos retiró del plan de la jornada y bajamos a Hellnar, donde hay otra oficina de información, a ver qué alternativas se presentaban. Bien aconsejados dimos una vuelta por las extrañas rocas y el faro de Londrangar y después por Dritvik, donde hay una cala de arena negra con formaciones rocosas curiosas e historias de naufragios y rescates. De hecho se conservan los restos de un barco desperdigados por la arena. También hay una exposición de cuadros al aire libre, colgados en las rocas. Curioso.

Desde allí pudimos ver por unos minutos la cumbre nevada del volcán Snaefellsjokul (montaña nevada), y volvimos a adentrarnos a ver si esta vez teníamos más suerte con el ascenso. De nuevo se cubrió e incluso empezó a llover así que ya desistimos definitivamente y paramos en unas cuevas que se anunciaban en un cartel del camino. Una de ellas tenía mucha resonancia y una bonita historia de bandidos que allí se ocultaban de la ley y al acercarnos empezó a escucharse el “You’ll never walk alone” cantado por 4 ingleses fanáticos del Liverpool que estaban dentro de la cueva. Cuando nos dejaron probar la acústica del lugar iba a cantarles el himno del Madrid, pero como a Belén le dio vergüenza ajena entoné el himno de mi colegio, y a pesar de la calidad sonora de aquellas paredes volví a fracasar en el arte del cante.
Bajamos de la senda del volcán y paramos en Arnastapi, una serie de cavidades en los acantilados por donde se cuela el mar y parecen pozas en las que rompen las olas y se convierten en hacinamiento de los pájaros.

Allí comimos, tirados en la hierba, y después del último sándwich de jamón del verano nos quedamos fritos en el poco rato que había salido el sol. Media horita muy rica que sacó a relucir la paliza de dos semana que llevábamos encima.
Barajamos la posibilidad de ir a Glymur, la cascada más alta del país, pero estaba muy lejos y ahora sí, nos pareció mucho camino para ver una cascada más.
Tranquilamente partimos hacia Akranes, donde habíamos llamado para reservar noche, y como íbamos con mucho tiempo hicimos escala en Borgarnes, según la guía el sitio bonito de aquella zona. Mentira, cuatro casas y un puerto, un centro comercial diminuto y nada más, así que carretera adelante y a dar vueltas para encontrar la granja, que estaba bastante escondida. Desde allí se veía Reykiavik, la tarde era soleada y aparecía muy bonito detrás del mar, y no pudimos evitar sentir la nostalgia de que a pesar de estar un poco saturados de tantas andanzas el super esperado viaje a Islandia llegaba a su fin.