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DÍA 1. Reykjavik – Gullfoss – Kerlingarfjöll

Cuando salimos de la caseta del Hostel de Njardvik lucía un sol espléndido y había muy pocas nubes en el cielo. Animados y sorprendidos nos pusimos rápidamente camino a Reykjavik, 45 km desde el aeropuerto internacional a la capital por autovía de dos carriles por sentido, única en su especie en toda Islandia. Dejamos a la derecha el desvío a la Blue Lagoon, prevista para el último día de viaje, y a la izquierda, el día claro permitía ver en la lejanía el volcán Snaefellsjökull, con su cumbre perpetuamente nevada.

Nuestra primera parada en Reykjavik fue la cúpula de Perlan, desde donde se tienen unas buenas vistas de la ciudad, y te haces una idea de su tamaño y distribución. Comparado con Madrid, la primera impresión es la de un pueblo costero grandecito, casas de no más de tres alturas y varias torres de iglesias dispersas. La bahía (Reykjavik significa “Bahía Humeante”), los lagos y las montañas al fondo le dan un entorno muy bonito.


Al bajar aparcamos el coche al lado de la catedral, moderna y fea, y subimos a la torre, pagando los únicos tickets de todo el viaje, unas 350 kr (4€) por persona. Desde allí fuimos andando al centro y nos dimos una vuelta por las calles comerciales, con muchos bares y terrazas, y los parques abarrotados de gente. Comimos unos bocatas sentados en el césped y decidimos marchar ya hacia Laugarvatn, donde teníamos reserva para esa noche.

La carretera asfaltada desapareció en cuanto hubo un desvío hacia el interior, y la pista de tierra nos llevó a una “ciudad” de siete u ocho casas a la orilla de un gran lago. Encontramos el Hostel fácilmente, bastante bueno y acogedor (4700 kr, unos 55€ por una habitación doble en modo sleeping bag, donde tienes cama con colchón pero sin sábanas, así que duermes en tu saco).
Sólo era media tarde, así que nos fuimos hacia Gullfoss, la primera gran cascada y parada obligatoria sin duda. Se trata de un río de más de 100 metros de ancho que baja en aguas rápidas y desemboca en una larga cascada de 10 metros de altura y ésta en otra mayor con tanta potencia que el río que se desliza desde ella solo se ve muchos metros más allá, cañón abajo. Lo bueno de las cascadas islandesas es que te puedes acercar hasta donde te atrevas y prácticamente tocarlas con las manos. En Gullfoss hay un camino marcado, pero verás cómo la gente se mete entre los recovecos, por las rocas, y llegan al borde de la caída. Nos pasamos un buen rato observándola desde distintas alturas.

En Perlan habíamos visto una postal tentadora de unas montañas rojizas en un lugar llamado Kerlingarfjöll, y parecía estar cerca de allí según el mapa. Resultaron ser 60 km de carretera F, recomendadas solo para 4×4, lo cual implica vadeos de ríos, socavones, piedras y bastante polvo, así que no hagáis como nosotros y mantened las ventanillas cerradas; estuvimos sacando polvo de la maleta hasta el último día. Conducir por estas pistas es ya una aventura en sí, y todas las penurias de las carreteras F quedan compensadas por los lugares a los que llevan, los menos turísticos y más espectaculares de Islandia.
La F35 discurría paralela al glaciar Langjökull, a través de un paisaje montañoso lleno de colores que el sol de la tarde realzaba. Unos cuantos ríos poco profundos que aportaron emoción y algo de temor por ser los primeros y ya empezábamos a divisar unos picos anaranjados manchados por todas partes de blanco por los neveros. La carretera naranja del mapa dio paso a una color blanco, dos niveles por debajo en cuanto a accesibilidad. Por una pista naranja se puede circular con un turismo yendo con cuidado, pero por las amarillas y blancas es una temeridad y cualquier avería te puede costar un disgusto y un riñón.
El glaciar Langjökull se fue quedando a la espalda, y ante nosotros cada vez más cerca esas montañas encendidas con el recién aparecido glaciar Hofsjökull al lado. Algunas manchas verdes de hierba que justificaban la presencia de grupos de ovejas, siempre de tres en tres -todo un misterio- columnas de humo procedentes del agua hirviendo del subsuelo y sobre todo los colores de las montañas, encendidos por las 5 horas de atardecer del verano islandés.

Allí estuvimos un buen rato y sobre las 11 de la noche comenzamos el regreso con el sol en los ojos para hacer un poco más complicada la conducción. Hora y media después, ya con el sol detrás del glaciar, llegamos a Geysir y decidimos aprovechar la claridad de medianoche para disfrutar casi en soledad de uno de los lugares más turísticos y concurridos de Islandia. Muchas ollas humeantes en el suelo, pero solo el géiser Strokkur nos deleitó en varias ocasiones con su chorro hirviente de 30 metros de altura. Fue la guinda a un tremendo primer día de viaje.

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