Landmannalaugar

Cuatro años habían pasado desde la primera visita a Islandia, y cada verano desde entonces el Laugavegur estaba entre mis planes de viaje. Ahora por fin iba a volver, iba a continuar por aquel camino entre montañas naranjas que me cautivó y culminaría 80 km después en la cascada de Skogar, donde una caminante a la que apenas se veía detrás de su enorme mochila iniciaba la ruta hacia Thorsmork y me dejaba allí parado, mirándola envidioso, contemplando el sendero que se perdía en el horizonte y prometiéndome regresar por esa senda algún día.
Reservamos los vuelos en mayo. Los precios habían subido bastante en cuatro años (ida y vuelta: 525 €) y no había vuelos directos desde Madrid a Reykjavik, así que hicimos escala en Edimburgo y llegamos a Keflavik a media tarde.

En el mismo aeropuerto sacamos los billetes del autobús (25 € por persona) que nos dejaría en la estación de autobuses de la capital, a escasos 100 metros de nuestro pequeño hotel, el Travel Inn, muy bien situado para nuestros intereses. En la consigna de la estación dejamos parte del equipaje que no necesitábamos para esta primera semana, como las mochilas pequeñas con ropa de repuesto, los aislantes y la tienda de campaña que llevaríamos a Horstrandir.

Una vuelta por la ciudad y a dormir, ya que al día siguiente el bus salía temprano destino Landmannalaugar.