Sobre las 4 a.m abro un ojo y veo el sol que se está colando por las ventanas del lado opuesto. Tentaciones de levantarse ya, pero en el refugio no se mueve nada, así que me vuelvo a dormir. Un par de horas después ya sí que sí, en pie y en marcha, que aquí solo podemos mirar cómo los alemanes se ponen ciegos de desayuno. Salimos los primeros, descenso hasta el mar destino Skogar, última etapa del súper trekking.
Una vez más el Altísimo escuchó nuestras plegarias, y en mitad de la nada, allí donde solo hay hielo y tierra negra, apareció una bolsa de frutos secos variados como el maná sobre el desierto. Increíble. Los había hasta de chocolate, energía inmediata.
A unos 800 metros de donde habíamos pernoctado hay otro refugio que está abandonado, pero en caso de emergencia podría utilizarse. Hasta aquí solo hielo bajo los pies, a partir de ahora pista de tierra, y en seguida comienza a escucharse el rugido que nos acompañará hasta el final. Una cascada enorme se precipita furiosa sobre 20 metros de caída. El primero de los 23 saltos de agua que salva este río glaciar en su camino hasta el Atlántico. Corto pero brutal. Nos paramos en todos, y foteamos a muchos.

Tras cruzar el único puente que vadea el río la pista se hace sendero paralelo a la corriente, y ya van apareciendo caminantes en el otro sentido. Paramos a llenar los camelback, por primera vez con agua de un río y no sacada de un grifo, y nos abrigamos un poco más, ya que el sol ilumina el mar al fondo, pero no nuestros pasos, y debemos estar a 7 u 8 grados. Una parte del camino es un cañón tremendo con una cascada poderosa. Verde, sonoro y espectacular. Se nota que estamos llegando al final, cada vez hay más gente en el sendero, kumbayas de media jornada con minimochilas para el bocata y dialectos variados.
La llegada a Skogarfoss es una mezcla de emociones. Tras 100 km de marcha estoy llegando al lugar donde germinó la semilla, donde mi mente fue impresionada a través de la retina con la imagen de aquella montañera y su mochila gigante que avanzaba montañas adentro. Felicidad por haberlo conseguido y cierta tristeza porque se había terminado.

La última cascada es la más espectacular: Skogarfoss, una caída descomunal que levanta nubes de agua a más de 50 metros de altura. Fotofinish y nos acercamos debajo mismo de la cascada para contemplarla en toda su dimensión y regresar calados hasta los huesos y encantados con haberla sentido tan cerca.
Vamos a comer algo al restaurante. Una hamburguesa y una cerveza. Nos lo hemos ganado.