Nos habíamos acostado con una niebla tan densa que no se veían las tiendas de campaña desde la ventana, pero sobre las 6 de la mañana abro un ojo y veo todo iluminado por el sol. Me incorporo como un resorte y miro hacia arriba por el ventanuco. Cielo azul. Ni pensar en dormir un minuto más, aunque el refugio todavía está en completo silencio exceptuando los ronquidos de algunos leñadores con sus motosierras. La impaciencia se apodera de mí y despierto a Ruth con cuidado, pero cuando ve lo temprano que es me manda a Parla, así que bajo la escalerita de la litera y me calzo para salir, emocionado por ver al fin los colores y los fondos de estas montañas.

Estoy sin camiseta siquiera pero me da igual, es todo tan bonito que me hace saltar, me lavo la cara con agua helada y vuelvo a entrar para despertarla del todo y marchar cuanto antes, no vaya a ser que el sol se arrepienta de estar por aquí. Sobre las 8 ya estamos en marcha, en pantalón corto y manga corta. Ayer por la mañana dejábamos el refugio de Alftavatn con cuatro capas de ropa encima y hoy parece que vamos a la playa en bañador y camiseta. Este lugar es imprevisible.El primer kilómetro transcurre por unas gargantas impresionantes que flanquean un río de aguas glaciares, proveniente de las inmensas masas de hielo perpetuo que nos acompañarán a lo largo del día. Unos puentes colgantes de madera nos libran de vadear esas aguas tan bravas, y este primer tramo tiene algunos pasos que se apoyan en cadenas y cuerdas. Un caramelo de aperitivo que se queda solo en eso, porque el resto de la etapa no estuvo a la altura de las expectativas. Muchos kilómetros de subidas y bajadas por colinas suaves y bonitas vistas de fondo, pero el camino se hace monótono, sin emociones ni variedad, especialmente un tramo desértico de suelo arenoso que dificulta mucho el avance. Hay algo de vegetación, lo cual es una novedad, y al llegar a una praderita muy agradable con su césped y su cascadita decidimos darnos un largo descanso. Comida y siestecita al sol. Con el paso de los días el cuerpo va pidiendo más madera para las calderas, y los víveres en nuestras mochilas empiezan a escasear, pero contamos con la tienda de Thorsmork, así que devoramos sin miramientos y con energías renovadas emprendemos el ascenso de un monte que posteriormente baja hasta un río sin puente. Reunión de senderistas en busca de soluciones, pero al final todo el mundo apechuga con las botas al cuello haciendo equilibrio sobre las aguas bravas.

A partir de aquí el paisaje cambia radicalmente. Entramos en el primer bosque del Laugavegur, y uno de los pocos que debe de haber en toda Islandia. Hayas jóvenes de poca altura y montones de flores moradas y amarillas. Un tramo precioso desmerecido cuando los cielos se cierran en banda y empieza a diluviar. A toda prisa cubrimos las mochilas con las fundas y nos ponemos los chubasqueros, pero confiando en la proximidad del refugio no me pongo nada más, sin acordarme de que mi impermeable se cala como el papel. Una señal marca las tres posibilidades de sendero a seguir según el refugio al que se vaya, el nuestro -Langidalur- parece el más corto, por suerte.

Desde lo alto de una colina verde aparece Thorsmork, impactante incluso en esta tarde gris y neblinosa, y lejano como para pensarse en parar de nuevo a ponerse la ropa de agua, pero ya estoy calado así que da igual y cuando llegamos al refugio soy una sopa y mis botas soperas rebosantes.

Este es mucho más grande que los demás, tiene una entrada a modo de hall, un salón comedor con sofás y muchas mesas, duchas calientes de pago con monedas (500 kr), cocina y varias estancias con departamentos independientes para las literas. Nos toca en la de arriba, y como está vacía podemos elegir habitación. Dejamos toda nuestra ropa secándose sobre los radiadores y bajamos a comer, aunque primero hacemos una visita al minisupermercado, y me pego el homenaje de una cerveza de medio litro, unas galletas de chocolate y una bolsa de pan raro, que sabe a gloria con la sopa de arroz y marisco que nos zampamos. Todo carísimo, pero necesario para llegar hasta Skogar sin desmayos, o eso creíamos. Es muy importante llevar dinero en efectivo (coronas islandesas), ya que puedes necesitar cualquier cosa en un momento dado y los cajeros automáticos aún no han llegado a estas latitudes.

Este sitio es espectacular, por fin montaña después de tanto llaneo, pero la maldita lluvia no nos deja salir a explorar. Lleva 4 horas lloviendo sin parar y nos ponemos de límite las 6 de la tarde para salir sean cuales sean las condiciones atmosféricas. En ese preciso momento el diluvio cesó y como los caracoles asomamos nuestros cuernitos en pos de un prometedor evening walk, consistente en ascender el cercano monte Valahnúkur con increíbles vistas en todas las direcciones y sentidos. El ascenso es arduo y la recompensa acorde al esfuerzo. Thorsmork es un valle gigantesco por el que circula una red de ríos glaciares rodeados por montañas verdes inmensas con los glaciares del sur de Islandia en la retaguardia. Las nubes no dejaban apreciar toda la majestuosidad del panorama, pero desde allí se llega a ver la costa hacia el oeste, el Laugavegur hacia el norte y los imponentes glaciares Mýrdalsjökull y Eyjafjallajökull al sur.

Bajamos de aquella montaña por el otro lado, siguiendo las estacas de un sendero sinuoso y resbaladizo que cada pocos pasos se perdía entre la vegetación, empapada por la lluvia, y volvía a aparecer de repente ascendiendo por un risco vertical y bajando de nuevo hasta el río. Un camino delicioso que nos llevó de vuelta al refugio con la retina impregnada con la belleza de Thorsmork.