Un pequeño terremoto ha soltado todo el agua de un glaciar y ha desaguado hacia el sur, cortando la carretera principal. Un montañero ha desaparecido cerca de Fimmvörðuháls, el paso entre glaciares que tendremos que cruzar en nuestra última etapa. Noticias que llegan al refugio por la mañana. Fuera siguen la niebla, la lluvia y el frío. Este lugar, celoso de su propia belleza, sólo se muestra a capricho pero cuando lo hace te sobrecoge. La etapa de ayer con buen tiempo debe de ser increíble, como lo es el entorno del refugio de Alftavatn.
Nada más empezar primer vadeo del día. Es un dolor descalzarse y meter los pies en el agua así que lo cruzamos a saltos utilizando las piedras que sobresalen. Un poco más adelante no nos salva del agua ni San Pedro y procedemos a nuestro bautismo de hielo, un ritual que consiste en llegar a la orilla, buscar un paso sólido, mirar fijamente al agua buscando una salida, suspirar, culo al suelo, quitarse la mochila, descalzarse, arremangar pantalones, ponerse las chanclas, colgar botas al cuello, poner mochila, aproximación al agua, gritar, blasfemar, maldecir, dolor agudo, se te corta la circulación y sabes que si eso dura medio minuto más se te caerán las piernas. Por fin llegas al otro lado con la cara descompuesta y ejecutas el proceso inverso de calzado. Se tarda cerca de un minuto en cruzar un río de unos 15 metros de ancho y en total se invierten unos 20 minutos en el proceso de vadeo, eso si no te recreas haciendo videos y fotos del sufrimiento ajeno.

 Vista atrás: montañitas naranjas cuando las nubes se apartan. Vista al frente: una pirámide perfecta verde y negra que nos acompañará todo el día. Llueve ligeramente todo el tiempo pero cada vez hay más visibilidad. Compartimos chanzas y chascarrillos con unos ingleses maduritos que nos hacen la peor foto de la historia y llegamos al valle de Hvanngil que tiene un refugio inesperado, utilizado como alternativa entre Alftavatn y Emstrur, y que es al que van muchos grupos organizados con su guía. También hay una granja y un puente para cruzar el río que baja con mucha fuerza.

La senda se fusiona con la carretera F 210 para vehículos todoterreno, y desde aquí hasta casi el final de la etapa caminaremos sin desnivel. Un nuevo vadeo por delante, esta vez el río parece más profundo y poderoso. Buscamos el mejor sitio para el ritual cuando una aeronave con ruedas tan altas como yo cruza el río como si fuera un charco. A nosotros nos llega el agua por la rodilla, y está tan fría que duele a los pocos segundos. Allí nos juntamos varios grupitos y una vez padecido el vadeo nos comemos unos frutos secos mientras vemos pasar a los demás. Para cruzar un río tanto en coche como a pie siempre es mejor buscar la zona donde el agua haga espuma blanca, ya que rompe contra el fondo y en esa parte seguramente habrá menos profundidad.
Paisaje volcánico, llanura de tierra negra lunar con montañas verdes, blancas y negras que se levantan de repente. No se ven pájaros, ni reptiles, ningún ser vivo salvo los mochileros de colores que comparten el camino. Un par de kilómetros por la carretera y desvío hacia el sendero hasta que comienza a escucharse un estruendo que va aumentando según nos acercamos. Un río descomunal baja con enorme potencia descontrolada por un pequeño cañón que se pierde a lo lejos. El salto de agua que genera es tan salvaje que desprende una gigantesca columna de vapor de agua, el ruido es ensordecedor, y el espectáculo sobrecogedor. Me llama mucho la atención cómo la gente cruza por el puente sin apenas pararse a contemplar este panorama tan salvaje que yo no he visto más que en Islandia. Nos quedamos por allí un rato, bordeando el cañón y contemplando la cascada y el escenario que la rodea desde diferentes ángulos.

El camino sigue por una eterna planicie de arena negra, un desierto interminable que me hace pensar en la pareja española que ayer doblaba etapa. Los puntitos coloristas de las mochilas se ven en la distancia avisándonos de los kilómetros en línea recta que nos quedan por andar, y por fin un montículo con un valle al fondo y las tres cabañas de Emstrur delante de un inmenso glaciar.
Los refugios del Laugavegur tienen capacidad para albergar a unas 60 personas. En su interior no se puede andar con las botas puestas, hay que dejarlas a la entrada, así que es muy recomendable llevarse unas chanclas. Las literas están distribuidas a lo largo de las paredes por un espacio común, como un barracón pequeño, y en el centro de la estancia se encuentra una larga mesa contínua con bancos para las comidas. No hay mantas ni almohadas, solo una colchoneta bastante cómoda donde tumbarse, por lo que hay que ir con el saco de dormir y algo para apoyar la cabeza si quieres. Las mochilas se suelen dejar debajo de las literas, y como en Islandia no se hace de noche en verano la luz y el sonido de los roncadores son elementos siempre presentes en las horas de sueño. Una máscara para los ojos y tapones en los oídos solucionan estos pequeños problemas para quien sea susceptible a ellos. En todos hay agua potable, pero no hay corriente eléctrica hasta llegar a Törsmork, y hay que pagar por usarla. Alrededor de cada refugio siempre hay una zona de acampada donde plantar las tiendas, por la que hay que abonar una pequeña cantidad, aunque la comodidad del refugio bien vale la diferencia de precio.

Llegamos con un hambre atroz, así que devoramos las ensaladas preparadas y fuimos a buscar a unos chicos vascos con los que coincidíamos en todos los refugios para hacer una excursión vespertina, ya sin mochilas a cuestas. A unos 20 minutos de camino ascendente llegamos al cañón Markarfljótsgljúfur, de altísimas paredes verticales por cuyo fondo circulaba un río con la típica potencia islandesa. Una grieta gigantesca donde la tierra roja, la roca negra y el musgo verde se mezclaban en la caída hacia el agua. El sendero desfilaba al borde del abismo, y lo recorrimos un buen trecho mientras sacábamos un millón de fotos de aquel paraje espectacular y la niebla se iba metiendo poco a poco por el desfiladero.