Mirar por la ventana es un acto reflejo nada más despertarse, con la ilusión de ver el cielo despejado y el sol iluminando el maravilloso paisaje que te espera por delante. Pero estamos en Islandia, y en estas montañas los días soleados se cuentan con los dedos de una mano. Lo primero que veo es una persona forrada e impermeabilizada de pies a cabeza. Gorro, capucha, guantes, polainas y chubasquero. Cuando comienza a caminar la niebla le absorbe en tres pasos, inestables a causa del fuerte viento. Las fumarolas que se veían ayer ya no se distinguen, puede que el frío las haya apagado.

En el refugio la actividad es intensa, mucho movimiento en torno a la mesa comunitaria bajo las literas, sonidos inconfundibles de desayuno y conversaciones animadas, una de ellas inteligible, una pareja española que tiene pensado doblar jornada en este día y llegar hasta Ermstrur. Buena suerte. Remoloneamos un rato en los sacos, el día va a ser duro y no tenemos prisa por salir a la intemperie.

Mi indumentaria antitempestad consiste en camiseta térmica, camiseta de trekking, cortaviento, capucha y chubasquero. Pantalón corto, pantalón de andar y pantalón impermeable. La lluvia es muy ligera y va a rachas, pero lo que verdaderamente te cala es la niebla, y no tardo en descubrir que mi chubasquero es tan malo como sospechaba y mis guantes no son impermeables. Excelente. Además la lluvia y la niebla son pésimas para un gafotas como yo, se me llenan los cristales de gotitas y al final me las tengo que quitar, por lo que apenas intuyo las estacas que van marcando el camino, algunas tan enterradas en el hielo que casi no se distinguen.
Las escasas treguas que ofrecen las nubes despiertan exclamaciones de admiración ante lo que tenemos alrededor. Cruzamos mucho hielo y ascendemos y descendemos por terreno embarrado en un entorno que se adivina sobrecogedor, pero hoy el día es más de aventura que de observación. El viento es muy fuerte y hay puntos en los que parece que vas a salir volando. No se puede parar a comer, ni a descansar, ni a echar una caña porque te quedas helado.

La encantadora guarda del refugio nos había dicho el día anterior que si el tiempo acompañaba nos desviásemos a medio camino por un sendero que sale a la izquierda y que lleva a través de un glaciar a la cima del monte Hàskerdingur, desde el que se tienen unas vistas espectaculares y se llega a ver casi todo el Laugavegur hacia el sur. No vimos el desvío, pero evidentemente tampoco lo habráimos tomado.

Llegamos al cruce de dos ríos donde se forma un túnel de hielo por el que circula una corriente arcillosa. Decidimos explorarlo con cuidado y avanzamos por su interior unos 30 metros, hasta llegar a una salida en el otro extremo. Es una pasada, a pesar de la escasa visibilidad la sensación de exploración y aventura es intensa. Seguimos adelante y llegamos a otro río que baja fuerte formando una cascada estruendosa. Hay dos alemanas descalzándose para vadearlo, pero nosotros nos la jugamos con tal de no descalzarnos tan pronto y saltamos el cauce por unas piedras que sobresalen del fondo y que casi nos ponen a remojo. El camino está muy bien señalizado con estacas amarillas y es fácil de seguir, y en esta parte está tan embarrado que dejo de ver mis botas a través de la masa arcillosa que las envuelve. Estamos sobre la arista de una montaña, y al llegar al collado se divisa entre la niebla un paisaje sobrecogedor. Es el valle de Alftavatn, una sucesión de montículos piramidales verdes, negros y naranjas con praderas inmensas surcadas por corrientes serpenteantes y dos inmensos lagos con las montañas nevadas al fondo. Ni nuestra mejor foto le hará justicia.
Bajamos poco a poco, deteniéndonos en cada curva para admirar una vez más aquel valle encantado al que solo le faltaban los dinosaurios y algún maravilloso rayito de sol.

El vadeo del río es complicado sin descalzarse, y tardamos en cruzarlo. Desde ahí hasta el refugio el camino es llano y discurre por una pradera donde los ríos circulan enmarcados por orillas de musgo verde fluorescente. Incluso sin la luz del sol brilla como si fuese artificial.

Llegamos al refugio de Alftavatn, son tres cabañas de madera con los baños y los fregaderos en el exterior. Elegimos litera, esta vez de cama doble, y dejamos las prendas a secar un poco cerca de la estufa mientras preparamos la comida. Aquí hay cobertura de móvil, así que aprovecho para llamar a casa, ya que puede que no vuelva a tenerla. Los refugios están equipados con todo lo necesario para cocinar con sencillez, tienen cocina de gas con varios fogones, ollas, cacerolas, utensilios y cubiertos, pero cada cual tiene que llevar su propia comida desde el principio, solo en Törsmork y Landmannalaugar hay una pequeña tienda donde comprar algún alimento básico. También hay agua potable en todos los refugios, de hecho todo el agua de los ríos de Islandia se puede beber sin problema.

Hervimos arroz y lo enriquecemos con atún y jamón, y de postre chocolate y unos dátiles deshidratados. Nos sabe a gloria. Salimos a fregar los cacharros y en ese momento aparece el sol entre las nubes y lo ilumina todo, creando además un arcoíris completo de dibujos animados. Este momentazo nos hace venirnos arriba y decidimos enfundarnos de nuevo las botas, guantes, gorro, pantalón de agua, cortaviento y chubasquero y salir a dar una vuelta por el lago. Como de costumbre se nos va de las manos, serán 2 horas y 3 km de excursión en las que el sol no vuelve a aparecer y bordeamos el lago con viento gélido y rachas de aguanieve. Estamos totalmente solos, aunque vemos algunas huellas de lo que suponemos será un zorro ártico y pisadas esporádicas de seres humanos. Al llegar al otro extremo del lago mayor decidimos seguir adelante y bordear el pequeño, que se veía desde lo alto de la montaña, y así lo hacemos, con gran dificultad porque la arena se hunde y nos metemos en el lodo hasta las rodillas. Solo queda vadear un río y en el último salto es donde cede la piedra y mis pies van directos al agua, menos mal que en el refugio hay una buena estufa donde dejar las cosas a secar. Hay prendas colgadas por todas partes y cuerdas tendidas de un lado a otro, parece una jamonería. Unos está cenando en la mesa central rodeada de literas, otros leen un libro, otros juegan a las cartas, es un ambiente animado de conversaciones en varios idiomas.

Ya hay gente roncando cuando salgo a lavarme los dientes en manga corta y casi me congelo. Frío intenso fuera. Los que han acampado en tiendas dormirán con el saco hasta las orejas, mientras aquí dentro estaremos en pantalón corto y encima de los sacos. Ha sido un día genial y me encanta estar aquí.