maleta

Preparar este viaje ha sido parte de él. Investigar las rutas, buscar información, hacer las reservas, leer blogs, webs, tomar decisiones… he disfrutado muchísimo con ello. Recuperarme de las lesiones que lo hicieron peligrar también ha sido parte importante, tenía muchos planes para el mes de junio y fueron todos sacrificados por Islandia. Rehabilitación, fisios, médicos, plantillas, ejercicios, alimentación y todo un fin de semana de boda en Murcia con 30 amigos borrachos sin probar una gota de alcohol por culpa de la otitis, justo un día antes de la partida.
Hace cuatro años Islandia me cautivó y me hizo soñar con tres momentos, con tres lugares: la primera cuesta del Laugavegur, el camino de llegada a Skogar y los acantilados de Hornjbarj. Los tres deseos se han cumplido y me llena de satisfacción. También el anhelo ya enquistado de hacer un trekking de varias jornadas seguidas. Esto en concreto me ha encantado, el mundo refugio y su convivencia, el día a día en el camino. También el estilo “la casa a cuestas” con 17 kilos a la espalda y durmiendo donde llegases cada día.

La etapa entre Thorsmork y Fimmvörduháls ya quedará para siempre como una de las mejores de mi vida, aquel 16 de julio fui absolutamente feliz, como en la llegada a Hornjbarg tras subir aquel collado inolvidable y el mágico momento del zorrillo ártico. También ha habido momentos duros como el día de las moscas y la congelación camino de Alftavatn. No poder contemplar las montañas naranjas por la niebla fue una desilusión, pero Islandia también es la niebla y el frío y la lluvia, y atravesarla ha sido emocionante.
Como diría aquel: “¡Esto no es Disney!”