La región de los fiordos del oeste tiene una geografía tan accidentada que para recorrer una distancia de 2 kilómetros en línea recta hay que conducir 40 por carretera, normalmente sin asfaltar. El mar se introduce en la tierra una y otra vez, y la tierra se eleva sobre el mar abruptamente desde el momento en que se encuentran. La mitad este del cuerno de Islandia es tan inhóspita que allí no vive nadie desde hace décadas, tan solo quedan algunas granjas abandonadas y algún pequeño pueblo marinero de no más de tres casas. No hay carreteras ni cobertura de móvil, el único medio de transporte posible es el marítimo, y el único momento del año en el que llegan los barcos desde la civilización es el verano.

Hornstrandir_mapa

Volamos desde Reykjavik hasta Isafjordur en un avión de hélices después de pasar un día de descanso en la capital, haciendo algunas compras, comiendo bien y descansando del Laugavegur. Recogimos las cosas que habíamos dejado en la consigna de la estación y nos aprovisionamos para emprender 4 días de marcha por la península de Hornstrandir con una tienda de campaña, un mapa y una brújula. Las mochilas pesaron 17 kilos cada una en la báscula de la facturación del pequeño aeropuerto doméstico de Reykyavik, al que llegamos ¡andando! y con suficiente antelación, aunque 15 minutos hubieran bastado para completar los mínimos trámites en aquella terminal de juguete. Así da gusto, ni escáneres, ni botas fuera que llevas una bomba en los zapatos, ni enséñame siete veces el pasaporte. Facturas, te subes y en marcha. Media hora después las alas del avión rozaban las paredes verticales de las montañas de Isafjordur, recogíamos el equipaje y le pagábamos las 500 kr al amigo taxista que nos llevó al hotel.
Vueltecita por la ciudad, rica cena a base de pescado y a dormir, que mañana llaman a maitines y empieza el mambo.