Llevábamos 10 días de ruta por Islandia, unos 150 km recorridos con 17 kilos a la espalda, las rodillas machacadas desde Madrid, tendinitis en los talones y una otitis sin curar. Habíamos cruzado el hielo y el desierto, atravesado pedregales, barrizales, pantanos, campos de lava. Habíamos vadeado ríos helados, soportado ventiscas, aguanieve, frío hambre, cansancio y dolores. Nada había conseguido desmoralizarme ni menguar mi ánimo y mi ilusión. Hasta que llegaron las moscas.

Me desperté en mitad de la noche, por llamar así a las horas de sueño, ya que aquí nunca se hace de noche en verano. La necesidad de atender a mi vejiga luchaba contra la pereza de salir del saco, incrementada por las gotas de lluvia que repiqueteaban en el techo. Finalmente me puse las chanclas y al salir noté que no llovía, lo que sonaba eran cientos de moscas chocando constantemente contra la tela de la tienda.

Al levantarnos se nos acercó una islandesa a saludar, con la cara cubierta con una mosquitera que colgaba de una gorra. Todos sus compañeros llevaban una, lo cual me hizo recordar a un niño alemán con el que hablamos al embarcar hacía tres días y que decía: “a lot of flies here”, señalando toda la zona entre Fljotavik y Hesteyri. Ayer las habíamos sufrido ligeramente por la zona del lago, pero con el viento y la lluvia apenas si se notaron. Hoy tendríamos ración doble.

Mosquitera

Tuvimos que desayunar dentro de la tienda y cubrirnos la cabeza con capucha, gorro y pañuelos, ya que una nube negra de insectos alados nos rodea y persigue desde que salimos de Latrar hasta al menos 5 km después, cuando alcanzamos la cima de esta etapa y el viento empezó a soplar. Se te meten por los oídos, se estampan contra las gafas, se cuelan por la nariz y juro que no exagero al decir que me comí al menos una docena. Es un tormento que continúa en la bajada a Hesteyri y también allí, y no se terminó hasta subirnos al barco que nos llevaba de vuelta a Isafjordur. A mí me superó, lo reconozco. Ninguna cuesta arriba, ninguna penuria, escasez o dolor. Las malditas moscas pudieron conmigo, fue el único momento en que deseé no estar allí y quería terminar esta aventura islandesa.

La salida de Latrar empieza cruzando un camino arenoso paralelo a la playa hasta llegar a un río que hay que vadear descalzándose y se llega a una granja desde la que sube el camino hasta un collado. Con la cabeza encogida como iba perdí el sendero y subí a cholón entre rocas y musgo, por un terreno incómodo e irregular en mi desesperación por ganar metros para librarme del ejército impertinente que orbitaba mi cabeza. Íbamos a toda leche, no paramos ni una vez hasta ganar altura y llegar a una zona de cascadas y neveros. Cuando me quité la capucha estaba empapado en sudor y muerto de sed. Llené el camelback con el agua del río y tras un descansito seguimos adelante, guiándonos fácilmente con los enormes hitos que marcan el camino. No es una etapa bonita, aunque ya no sé si soy objetivo, pero traumas aparte la recuerdo como una meseta pedregosa con algo de nieve y el fiordo con Hesteyri a lo lejos, bajando una gran cuesta poco pronunciada. Desde allí arriba veíamos el final, se había acabado el Laugavegur y ahora se terminaba Hornstrandir.

Hesteyri

Según nos acercamos al pueblo por la ancha pista de tierra se acumulan los turistas a los que saludar, prácticamente todos con su sombrero mosquitera y su tropa de bichos encima. Hesteyri era un pueblo de 80 habitantes en los años 40, con escuela, tiendas y clínica, pero cuando cerró la fábrica de pescado que daba trabajo a la mayoría de la población la gente comenzó a marcharse y en 1952 ya no quedaba nadie. Hoy en día es destino de un solo día desde las poblaciones de los fiordos del oeste. La gente va allí de excursión para caminar, hacer kayak por el fiordo e incluso bucear. Algunas casas han sido restauradas y se ofrecen hoy como alojamiento en modo sleeping bag, es decir, duermes bajo techo pero en tu propio saco. La antigua casa del médico es ahora una cafetería, que es donde deberíamos habernos metido en lugar de ir a comer a la playa, ya que la comida fue un reclamo extra para mis amigas aladas, como si les hiciera falta sugestionarse, y se multiplicaron a nuestro alrededor como si estuviéramos bañados en miel. Aún así nos zampamos unas salchichas con pan y un poco de beicon. Después un paseo hasta una factoría ballenera abandonada al final del fiordo y vuelta al muelle a esperar el barco, que llegó puntual para devolvernos a la civilización.

De pie en la proa, rodeado de alemanes con sus magníficas botas hechas a medida, fuimos dejando Hornstrandir poco a poco en la lejanía y para siempre en la memoria.