El sol se fue -para siempre- pero no había niebla ni llovía. Habíamos derretido nieve para el arroz de la cena y la que metimos en el camelback ya estaba fundida y sirvió para el desayuno. Desde este collado había dos formas posibles de llegar al lago Fljotavatn: siguiendo recto lo abordaríamos en su desembocadura en el mar con el consiguiente vadeo que se antojaba complicado, y tomando el camino de la izquierda llegaríamos a la parte final del lago y habría que bordearlo por completo. Tomamos esta segunda opción a través de pedregales y neveros, y en el primer arroyo que nos encontramos recogimos agua y lavamos la cocinita y los cubiertos de la cena. Todo el agua de Islandia es perfectamente potable, y más la de esta zona tan remota comandada por la naturaleza.

Se avanza muy despacio saltando de piedra en piedra, en un campo rocoso interminable, tedioso y lento, con subidas y bajadas muy pronunciadas y agotadoras. Ya vemos el lago en el fondo del valle Fljot, y cuando llegamos abajo nos toca vadear un río bastante caudaloso, así que nuevamente el ritual de descalzarse y blasfemar al contacto con el agua helada. Imprescindibles las chanclas, escarpines o similar, ya que el fondo es muy pedregoso y bastante trabajo supone avanzar como para encima ir clavándose salientes de rocas.

Fljotavic lakesNo hay sendero visible, avanzamos a cholón a través de la hierba alta y las flores, por terreno pantanoso, muy blando y húmedo. Tenemos que rodear todo el lago y se hace largo y pesado al tener que ir a media ladera, por barrizales donde se hunden los pies y sin sendero visible. No se ve si pisas roca, fango o un hoyo que te hace meter la pierna hasta la rodilla, y los mosquitos te orbitan la cabeza incansables y desesperantes. Nos cruzamos con un grupo de alemanes, no habíamos visto a nadie en todo el día y tampoco veríamos a nadie más en el camino hasta la noche. Viento fuerte en contra y lluvia ligera intermitente. La llegada a la granja Tunga es agónica, llevamos 5 horas caminando, estamos congelados y mojados y solo hemos hecho la mitad de la etapa de hoy.

La gente me pregunta si me lo he pasado bien en Islandia. Nunca se me ocurriría definirlo así. El Laugavegur fue un sueño realizado, una ruta preciosa y una experiencia muy agradable, con los refugios de montaña y los evening walks. Hornstrandir te pone a prueba, aquí se disfruta y se sufre a partes iguales. Hornvik fue una delicia y el soleado día de ayer un regalo, pero los dos últimos días iban a ser duros, propios de un territorio inhóspito y desolado limítrofe con el círculo polar ártico. También a eso habíamos venido, a saber de qué pasta estábamos hechos.

Estaba lloviznando, hacía un viento gélido y no había dónde meterse. Fue un momento crítico porque las fuerzas estaban muy mermadas y la moral también, ya que el camino había sido tortuoso y la recompensa escasa. Nos planteamos sacar la tienda para comer a cubierto, secarnos y descansar un par de horas, pero finalmente decidimos enfriarnos lo menos posible, así que nos sentamos en una pendiente de hierba mojada a comernos un poco de salmón, pan y chocolate y tratamos de entrar en calor caminando de nuevo montaña arriba siguiendo los hitos del invisible sendero.

Fljotavic bay

La belleza de Fljotavik desde la altura era muy superior a lo que habíamos visto a ras de suelo. Desde allí se veían varias casitas al borde del lago e incluso una avioneta que aterrizaba en aquellos momentos en la pista de tierra habilitada cerca de la granja Tunga.
En esta zona es donde se avistó un oso polar el pasado mes de mayo. Casi todos los años llega alguno en primavera flotando en un bloque de hielo desprendido de la banquisa ártica o de Groenlandia, causando un gran revuelo debido a su condición de depredador infalible. Este pobre oso fue abatido a tiros con la consiguiente cascada de quejas de los ecologistas. No sé que habría que hacer en caso de encontrarte cara a cara con un polar bear a 30 metros y sin obstáculos de por medio, supongo que volver a rezar lo que recuerdes o lanzarle tu bolsa de comida, si es que te llega la sangre al cerebro en ese momento.

Por allí solo vimos algún zorrillo más entre la niebla que se hacía cada vez más espesa según ascendíamos por aquel roquedal infinito. En la meseta de la cima apenas se veía el hito siguiente pero el camino era fácil de seguir y cuando comenzó a descender entre las rocas grises se divisaba sin problema el horizonte, con la inmensa bahía de Adalvik iluminada por un sol que trataba de abrirse paso tímidamente entre las nubes negras. El descenso por las piedras y la gravilla es duro y pesado aunque amenizado con algún paso delicado por un nevero inclinado. Las vistas son preciosas, tanto al frente como a la derecha con la bahía de Rekavik y el lago Rekavikurvatn al borde del mar.Hornstrandir ice

Después de unas 10 horas de marcha llegamos a Latrar, una mínima población de cuatro casas en el extremo norte de la preciosa bahía de Adalvik, y nos instalamos en la zona de acampada, donde había varias tiendas ya montadas. Sin montañas de por medio hasta Isafjordur pruebo a ver si hay cobertura y ¡sorpresa! dos rayitas, así que comunico con Madrid como si llamara desde Albacete en aquel rincón tan septentrional del mundo conocido.