Después del mal rollo del día anterior, la gasolinera fue nuestro primer objetivo del día. Llenamos el depósito y nos prometimos no volver a apurar tanto. En un país donde se recorren tantos kilómetros antes de encontrar un pueblo, quedarse tirado en medio del mundo no es muy recomendable. El plan del día era recorrer la costa más occidental de Islandia hasta llegar al verdadero “fin del mundo” europeo: Látrabjarg.

De la carretera 63 pasamos a la 62 y después a la 615 y de camino a la costa nos detuvimos en el Hnjótur Folk Museum, dedicado a todo tipo de cachivaches tradicionales islandeses. La pesca tiene un lugar privilegiado pero pueden encontrarse igual aviones de la Segunda Guerra Mundial o reconstrucciones de barcos vikingos. Pero el principal interés son dos pequeños documentales que se proyectan, uno dedicado a un ermitaño islandés, y el otro, la grabación del rescate del barco Sargon. El problema es que los documentales sólo se exhiben en islandés y en alemán así que nos dimos la vuelta y seguimos viaje.

El esqueleto de un barco naufragado nos dio la bienvenida a la zona de Breidavik, donde lo que más llama la atención es el color de la arena. Después de kilómetros de costas negras de origen volcánico, de pronto, aparecen estas playas doradas que parecerían sacadas del catálogo de Punta Cana si no fuera por las nubes y lo solitarias que están. Imposible bañarse: el agua está a unos 7º. La playa de Breidavik es la más querida por los islandeses que la consideran la más bonita del país. Bajamos a pasear con la intención de llegar hasta el mar pero de nuevo nos las tuvimos que ver con los pájaros asesinos que consiguieron echarnos. De todas formas, la vista de la playa desde la altura de la carretera es preciosa aunque estemos acostumbrados a este tipo de paisaje.

Unos kilómetros más y por fin llegamos a Lábtrabjarg, los acantilados más altos del país. Con 441 metros de altura y 14 km de longitud, para asomarse a la caída vertical es necesario arrastrarse los últimos metros. Ni vallas ni señalización alguna quitan encanto a la zona, un inmejorable mirador hacia el océano Atlántico. Pero aún hay más. Toda la pared del acantilado está agujereada por cientos de pequeños túneles que guardan los nidos de varias especies de pájaros; gaviotas, cormoranes y sobre todo ¡puffins! Durante cerca de una hora recorrimos el sendero que bordea los acantilados y sacamos cientos de fotos a los confiados puffin que permiten que te acerques hasta casi rozarlos. Sin duda, una de las visitas más espectaculares del viaje.

Iba siendo ya hora de comer y montamos un picnic sentados en medio de la playa de Raudisandur (algo así como la playa de arena roja). Puede que fuera porque estábamos completamente solos o porque nunca habíamos visto una playa más “ancha” (después de un buen rato andando desistimos de llegar hasta la orilla), pero nos gusto mucho más que la aclamada Breidavik. Además, la ausencia de pájaros asesinos la hizo subir puntos. Nuestra comida acabó bruscamente cuando una nube decidió descargar con todas sus fuerzas sobre nosotros y nos vimos obligados a correr hasta el coche. Nos llovió poco durante el viaje, pero cuando caía, caía con ganas. Un consejo: aseguraos de que vuestro abrigo es totalmente impermeable y las botas también.

El objetivo era dormir aquella noche en Ólafsvik, un pequeño pueblo en el extremo de la península Snaefelsness, lo que significaba unos 300 km más de carretera rodeando el fiordo de Breidafjördur, el último de los grandes fiordos del oeste. Con ganas de descansar del coche, tomamos la ruta alternativa: cruzar el fiordo por el medio en un cómodo ferry. El barco sale desde Brjánslaekur, hace escala en la isla de Flatey, la única isla habitada del fiordo y atraca en el puerto de Stykkishólmur. Unas 2200 kr (26 euros) por pasajero y coche y 3 horas de viaje durante las que se puede elegir entre disfrutar del restaurante y pequeño cine del barco o subir a cubierta para ver pasar los islotes que llenan el fiordo. En la cubierta hacía mucho frío y no había casi nadie, pero permanecimos allí, viendo Islandia por primera vez desde el mar después de recorrerla por tierra durante dos semanas. Después de la tormenta, la luz del atardecer era aún más extraña, al frente, las nubes negras que nos habían sobrepasado daban un aspecto amenazador al cielo, pero a nuestra espalda, el sol brillaba como siempre. Podéis ver el efecto tan raro de la luz en las fotos, ninguna está trucada, la luz era así.

Al llegar dimos una vuelta con el coche por Stykkishólmur, un pueblo pesquero del que destaca su terrorífica iglesia con pinta de nave espacial. ¿Por qué todas las iglesias islandesas tendrán forma de cohete? Para no tener a la responsable de la guesthouse esperándonos hasta tarde, nos pusimos en marcha en dirección a Ólafsvik. Cenamos en la pequeña cocina después de que todos los huéspedes se acostasen (otro día que estuvo crudo lo de encontrar habitación) y nos fuimos pronto a dormir justo a los pies del volcán Snaefell, donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra.