Mañana en la batalla de Agincourt

Página de Enrique V de ShakespeareTensión, drama, lirismo, leyenda e historia. Éstas serían las palabras más adecuadas para la definición concreta del drama histórico, Enrique V. Realizada entre 1598 y 1599, este drama histórico pretende mostrar a un monarca modélico, patriota, que vive para Dios y su país.

Un pequeño vistazo a la mencionada “memoria histórica” enseña la base con la que partió el autor para el drama: la batalla de Agincourt, que tuvo lugar en 1415 suponiendo la derrota francesa y la perdida del dominio en buena parte del territorio. La forma de como se desarrollo la lucha y el resultado final (más de 6000 bajas francesas por 200 inglesas), hacen de esta obra una exaltación nacional muy importante.

Para conseguir esta apoteosis medieval, Shakespeare hace uso de la palabra como el mejor medio de exaltación, de emoción y tensión, rodeando al lector de un ambiente medieval imaginario. Es curioso como Shakespeare, desdeña el lado militar de los hechos, centrándose en el hombre como eje de comunicación con el espectador. Así, el rey no duda en camuflarse de soldado vulgar para conocer el sentimiento de sus tropas antes de la mencionada batalla en el Acto IV, siente los temores de sus hombres y se ve obligado a discutir con ellos. Son memorables los monólogos que se desarrollan en este momento, por parte del bando francés e inglés (uno de mis preferidos), en el que enaltece a las masas en el señalado día de San Crispín (Acto IV. Escena II), defendiendo el sentimiento de peligro al que se exponen y su decisión personal de hacer la guerra así como la condición del soberano.

Mañana en la batalla de AgincourtHe mencionado anteriormente la provocación del ambiente mediante la palabra (en su origen, versos) que introducen al lector en la trama. Añadiría a esto, la inclusión de los coros, que preceden cada acto, invitando al espectador a situarse, en el primer acto, en escena, para comprender el motivo real de tomar Francia en el segundo acto,

“… tres hombres corrompidos: uno, Ricardo, conde de Cambridge; el segundo, Enrique, lord Scroop de Mashan, y el tercero, sir Tomás Grey, caballero de Northumberland, por el oro de Francia (oh gran desdoro), han establecido conspiración con el miedoso Rey de Francia,…”

incita la imaginación de ver la flota inglesa cruzando el canal, (tercer acto),

“… Así, con alas de imaginación, vuela nuestra veloz escena, con movimiento tan rápido como el pensamiento. Suponed que habeís visto al bien amado Rey en el muelle…”

en el cuarto acto, realiza lo mismo, imaginando la noche antes de la gran batalla o en el último acto.

El drama es un instrumento efectista para ajustar cuentas con los, siempre, problemáticos vecinos, no sólo Francia es criticada, arrogancia y seguridad en sí misma casi irreverente sino tambien, para Escocia se aprovecha la ocasión:

Rey Enrique: … pues ya habréis leído que mi abuelo jamás marchó con sus fuerzas a Francia sin que los escoceses entraran a invadir su reino desguarnecido como el mar por una brecha, con toda la plenitud rebosante de sus fuerzas,..
Canterbury: … no sólo se defendió por sí sola, sino que capturó y apresó como un vagabundo al rey de Escocia, a quien envió a Francia para aumentar la gloria del Rey Eduardo…

(Acto I. escena II)

La obra posee tan sólo un punto negro en el desarrollo de la acción, y es, curiosamente, al principio de la misma, en el momento en que entran en escena el Arzobispo de Canterbury y el Obispo de Ely, en su dialogo, éstos, temen que el rey acepte una propuesta de ley, de los Comunes, que les privaría de muchos bienes eclesiásticos. Entonces, deciden distraerle del asunto, incitándole a atacar a Francia, para lo que refuerzan sus pretensiones dinásticas al trono francés, mediante el recurso sobre la Ley Sálica, afortunadamente es interrumpido por el embajador del delfín de Francia.

A modo de conclusión, señalar que las, escasas, ochenta paginas en el que transcurren los cinco actos, constituyen un episodio histórico en el que, aquí sí, sus personajes, maniqueistas, desarrollan una trama sencilla, lineal, pero que permite a espectador sentirse, por un tiempo, monarca e inglés al mismo tiempo, por medio del verso, ese verso que te ata y te olvida de lo contemporáneo siendo uno más de la escena. Esta obra es el más vivo ejemplo del sentimiento de catarsis aristoteliano aplicado en su máxima expresión.

Autor: Carlos Méndez

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