El espectáculo teatral llegó a considerarse un componente esencial del día de fiesta, por lo que al principio se presentaba los domingos exclusivamente; después se añadieron funciones los martes y los jueves, hasta que se convirtió en una actividad diaria. La parte principal de la función era la comedia larga, de unos tres mil versos aproximadamente, a la que se añadían otras piezas menores y actuaciones musicales, todo lo cual formaba una fiesta variada y rica en contrastes, muy del agrado del espectador de aquella época; de asunto grave y desenlace trágico, se intercalaban escenas regocijantes y bailes más o menos frívolos. (No debe sorprender esta costumbre, pues también en nuestra época es frecuente que en el espectáculo cinematográfica se complete la proyección de una película con documentales y cortometrajes de muy variado carácter.)

La representación empezaba a las dos o las tres de la tarde en invierno y a las cuatro en verano para aprovechar la luz del día. Duraba casi tres horas ininterrumpidas, pues no había costumbre de hacer descansos ni dejar el escenario vacío, una vez empezada la función. El espectáculo más completo constaba de las siguientes partes: se recitaba una loa inicial, a la que seguía el primar acto de la comedia; inmediatamente después se presentaba un entremés cantado o un baile, una especie de opereta bufa, antes del tercer acto; a veces, los comediantes se despedían con un fin de fiesta.

La loa desempeñaba la función de prólogo del espectáculo; era una piececita en verso con la que se intentaba ganar el favor del público por medio de halagos (se encarecía, por ejemplo, su exquisita sensibilidad para apreciar el arte) o simplemente presentando a la compañía o elogiando las cualidades de la comedia que se iba a representar. Este recitado servía, pues, para lograr que el espectador atendiera a lo que iba a ocurrir en el escenario y lo predisponía a una recepción indulgente y generosa de la función.

La comedia, como se desprende de lo anterior, no se representaba de forma continuada, sino fraccionada en sus tres actos, que se iban separadas por los entremeses intercalados.

El entremés era como una comedia en miniatura, muy breve, pues duraba sólo diez minutos, cuya acción, normalmente relacionada con la vida cotidiana, plasmaba un mundo al revés en el que triunfaba la maldad era motivo de burlas o de timos; alcaldes o sacristanes ignorantes que daban pruebas de insensatez; hampones triunfantes, etc. El primer entremés era recitado, lo mismo que la comedia; el segundo, en cambio, constaba de partes cantadas y habladas, acompañadas unas y otras de y música.

La música y el desenfado eran también los componentes principales del fin de fiesta o mojiganga con la que se cerraba a veces la función.

La puesta en escena

El montaje de las obras en los locales públicos fue durante los primeros tiempos muy sencillo y parco en artificios, lo que contrastaba con la suntuosidad del teatro popular italiano de la misma época o del español representado en palacio. No se podían aprovechar las innovaciones técnicas aparecidas en Italia, si se quería un espectáculo barato que produjera la máxima rentabilidad económica para las cofradías, verdaderas destinatarias de lo recaudado en la taquilla. Durante las primeras décadas del siglo XVII los teatros carecían de decorados, por lo que eran los mismos personajes quienes informaban en sus parlamentos del lugar en que sucedía la acción y de sus características.

Se exigía la colaboración del espectador para suplir con su imaginación la falta de decorados más explícitos.

El desarrollo de la acción dramática aprovechaba los tres niveles que presentaba el escenario (recuérdese que eran el balcón o la galería superior, el tablado y el foso). El efectismo, muy apreciado por el espectador, se reducía a hacer aparecer o desaparecer repentinamente personajes u objetos (las llamadas apariencias) aprovechando el cortinaje existente al fondo del tablado y los escotillones abiertos en el suelo del escenario o sirviéndose de grúas como el pescante y máquinas como la tramoya para disponer trucajes escénicos. Tales apariencias o apariciones de personajes se hacían coincidir con ruidos provocados con cadenas, cohetes o barriles llenos de piedras, que intensificaban la sorpresa del público ante acontecimientos inesperados. Donde se usaban con más frecuencia era en las comedias de santos, pues en ellas sucedían normalmente hechos maravillosos, milagros o intervenciones de ángeles y diablos y otras apariciones sobrenaturales.

El teatro gozó de mayores posibilidades para realizar montajes espectaculares, pues contaba con máquinas adecuadas para representar trucos sorprendentes y podía disponer de decorados fastuosos, movidos con pasmosa agilidad por medio de cuerdas, una costosa iluminación fuegos de artificio, etc. El escenario podía transformarse en el mar o en una selva o en una montaña llena de bosques, con grutas iluminadas peñas que se abrían y dejaban ver criaturas maravillosas.

La llegada de ingenieros y escenógrafos italianos (Giulio Cesare Fontana, Cosme Lotti, etc.) a partir del segundo cuarto del siglo XVII, a quienes se encomendaban tales montajes, puso de moda estos fascinantes espectáculos, hasta el punto de que las obras se supeditaron a producir efectos con las máquinas y los dramaturgos se animaron a incluirlos en sus comedias, especialmente en las de asunto mitológico o religioso. A las obras de teatro que supeditaban la acción a producir tales efectos se las llamaba de invención frente a las denominadas comedias a secas.

Los montajes de Lotti (al que prestaremos su debida atención en el desarrollo de nuestro tema), por ejemplo, a quien se llamó El Hechicero, asombraron al público aristocrático. En una ocasión logró imitar en el escenario el movimiento y el brillo del mar con tal exactitud y propiedad que ocasionó el mareo de algunos espectadores.

Éste era el teatro ornamental apetecido por los nobles y el monarca, quien encargaba espectáculos a afamados dramaturgos, como el conde de Villamediana que en 1622 montó La gloria de Niquea en los jardines del Palacio de Aranjuez, Con actores aficionados como la reina, la infanta y las gentes de la corte; a Lope de Vega, que escribió en alguna ocasión con este fin comedias en las que se derrochaban efectos especiales, como ocurrió con La selva sin amor; y a Calderón de la Barca, nombrado en 1635 director de las representaciones de palacio, lo que le permitió llevar a las tablas comedias o dramas de puesta en escena muy compleja.