Tras ensayarse oportunamente, la obra estaba lista para representarse ante el público, lo que sucedía normalmente en el popular corral de comedias o en un suntuoso teatro palaciego, en una sala particular o en improvisados escenarios levantados en la calle o en plazas públicas. Estos dos últimos espacios habían sido los únicos existentes durante el siglo XVI: las compañías montaban su espectáculo en las casas de quienes las contrataban o en las plazas de las villas. Sólo en el último tercio del siglo empezaron a surgir locales específicamente destinados a la comedia, cuyas características difería de las que hoy tienen nuestros teatros.

En su origen, los corrales de comedias eran verdaderos patios interiores de casas en los que se había levantado un tablado(escenario) y cuyos espacios se aprovechaban para alojar a un público variado. El patio solía medir unos doscientos metros cuadrados; el madrileño Corral de la Cruz tenía concretamente catorce metros de ancho por dieciocho de largo. La sala carecía de techo y sólo un toldo protegía del sol.

El escenario, levantado en un extremo del corral aproximadamente dos metros sobre el nivel de la sala, no contaba con un telón de boca, como los teatros actuales, aunque sí disponía de cortinas en su fondo que ocultaban uno de los corredores altos y los vestuarios.

La ausencia de telón condicionó lógicamente la representación. En el teatro actual, cuando este se levanta el público sabe que debe guardar silencio porque empieza el espectáculo, pero en el teatro barroco, al no haber esta posibilidad, hubo que recurrir a otros procedimientos para avisar a la audiencia de que comenzaba la representación. La representación empezaba con una loa, un recitado que, a modo de representación, servia para ganarse al espectador. A la loa le seguía la comedia, en cuyos inicios se incluía frecuentemente un largo romance en el que lo atractivo de la historia relatada captaba la atención del público y su silencio. Otras veces un suceso aparatoso ocurrido al principio de la obra, tal como la caída de un personaje de un caballo o incidentes parecidos, era el recurso del que se servía el dramaturgo para ganar el interés del espectador más distraído.

El escenario presentaba tres niveles utilizables durante la representación: al fondo, arriba, se situaba el balcón al que se asomaban personajes que simulaban estar en el de una casa (luego apareció un nivel más alto todavía en un segundo corredor, que servía para situar allí la torre o la montaña, cuando la obra lo requería); en segundo lugar estaba el tablado, en el que se desarrollaba normalmente la ación; por último, el foso del que salían, a través de escotillones o trampillas abiertas en el tablado, los actores que encarnaban a Satanás o criaturas infernales. En el foso oculto por el tablado, se alojaban también las máquinas con las que se producían efectos especiales, tales como elevar a los personajes, hacerles aparecer o desaparecer, etc.

Las habitaciones de las casas que daban al patio estaban destinadas a las gentes principales, que podían contemplar la representación desde los balcones y ventanas cubierto del sol y ocultos a las miradas curiosas con celosías. Tan privilegiados espectadores solían alquilar estos locales para toda una temporada. No era raro que el propio rey asistiera al teatro disfrazado para no ser reconocido.

Los desvanes y las llamadas tertulias eran los aposentos más altos, situados inmediatamente debajo del tejado, y estaban reservados muchas veces a los religiosos.

El público más modesto, compuesto principalmente por artesanos y pequeños comerciantes, se situaba en el patio central y veía el espectáculo de pie(eran los llamados mosqueteros) o sentado en unas gradas o galerías que se levantan a ambos lados del mismo.

Frente al escenario se construyó una especie de palco o corredor de mujeres (el nombre que se le al lugar, la cazuela, es bien elocuente sobre la incomodidad de sus condiciones), en el que se sentaban las mujeres del pueblo, quienes accedían al local por una puerta especial o por las casas vecinas, para no encontrarse con los hombres. El escritor costumbrista Zabaleta habla de la figura del apretador una especie de acomodador: “Éste es el portero que desahueca allí a las mujeres para que quepan más”.

A veces había inmediatamente al lado del escenario un lugar separado del resto de la sala, llamado taburetes o media luna por la forma que tenía; allí se sentaban otros espectadores

Los primitivos corrales de comedias se ampliaron interiormente según se fue haciendo preciso crear espacios para alojar a un nuevo público. Su estructura sólo permitía crecer verticalmente y se fueron añadiendo pisos a los ya existentes. Los planos conservados demuestran un desarrollo uniforme y constante: se abren laberínticos pasillos, se construyen accesos intrincados que llegan hasta los compartimentos y desvanes y cierran o, en otras ocasiones, se crean escaleras y ventanas para improvisar las dependencias necesarias para alojar a tantos espectadores.

Los corrales fueron apareciendo por toda España: en Madrid existieron el de la Cruz, inaugurado en 1579, el del Príncipe (1582), que vinieron a sustituir a otros improvisados como el de la Pacheca; en Sevilla el de la Huerta de Doña Elvira, el de las Ataranzas, el de don Juan… Así fueron proliferando por casi todas las ciudades.

Posteriormente se construyeron locales techados al estilo moderno. Así en Valencia se levantó un local, la Olivera, siguiendo el modelo italiano; su patio central lo la burguesía, que ya estaba sentada y no de pie como sucedía con los mosqueteros castellanos; existía, además, un anfiteatro u ochavo en el que se situaban las autoridades y los nobles. Sabemos también del Coliseo De Sevilla, reconstruido en 1613, y de otros muchos abiertos en las principales urbes españolas.

Además de los locales públicos y populares, existían los teatros palaciegos, que eran edificios mucho más lujosos. Con motivo de fiestas muy señaladas, tales como los cumpleaños de miembros de la familia real o acontecimientos relevantes, se ofrecían espectáculos en el salón de comedias del Alcázar, en Madrid, o en el Palacio de la Zarzuela, o en el Coliseo del Buen Retiro, o en su estanque o en sus jardines, lo mismo que en los de Aranjuez.

El rey mandó construir a principios del siglo XVII un teatro en palacio para que, según se lee en las Relaciones de cabrera (20/1/1607), “vean sus majestades las comedias como se representan al pueblo en los corrales(…) porque puedan gozar mejor dellas que cuando se les presenta en su sala , así han hecho alrededor galerías y ventanas donde está la gente de palacio”. Hubo en el Palacio de Aranjuez un teatro portátil, dotado de telón de boca e iluminado artificialmente, que contaba con decorados montados sobre bastidores escalonados, lo que brindaba efectos de perspectiva al espectador y permitía ya montajes muy artificiosos. En el Retiro se construyó igualmente un Coliseo (en época de Felipe IV), inaugurado en 1640: contaba con un patio plano y alargado y disponía de aposentos laterales, así como de un balcón en forma de media luna, situado frente al escenario, en donde se acomodaban los reyes. El escenario se ocultaba bajo un telón ricamente bordado.

Los actores de estos teatros cortesanos solían ser los mismos del corral popular, de donde eran recogidos a la salida de su trabajo por coches del palacio; luego, en los teatros palaciegos representaban una comedia sencilla sin mucho aparato. Otras veces, las más, el espectáculo en la corte era una suntuosa representación preparada al efecto, con intervención de arquitectos e ingenieros procedentes de Italia. Las representaciones contaban entonces con complejas máquinas, riquísimos decorados y variados juegos de luces artificiales, lo que daba lugar a sorprendentes efectos especiales.

Otro espectáculo muy del gusto público era el ofrecido por los ayuntamientos el día del Corpus Christi: se contrataba una o dos compañías para ello y constituía la representación popular más fastuosa. El lugar de fiesta era la plaza mayor, al menos en Madrid, y el escenario se montaba sobre plataformas (carros), provistas de ruedas, que, tiradas por mulas, acompañaban la procesión eucarística por las calles hasta quedar instaladas en la plaza. Allí, posteriormente, tenía lugar el auto sacramental. El público probablemente no entenderían los textos, escritos en un difícil estilo para expresar conceptos teológicos, pero apreciaría sin duda los atractivos trucajes escénicos, el llamativo color, lujo del vestuario y la riqueza de los decorados.

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