Las revueltas comuneras de Castilla y Nueva Granada; un análisis comparado II: inicio de las rebeliones

Nueva Granada

Nueva GranadaEn ambos casos, las tensiones acumuladas, como dije, estallan definitivamente en 1521 y en 1781 respectivamente, desembocando en una rebelión social apoyada por diversas capas o estamentos sociales.

Sin embargo, resulta interesante mencionar la forma en que estallaron estas revueltas a nivel simbólico antes de explicar el inicio de ambas rebeliones, para hacernos una idea del diferente cariz que tenían ambas revueltas a nivel identitario y que encajarían en la definición de las crisis mencionadas en el contexto previo.

En el caso castellano, los comuneros castellanos que se sublevan en abril de 1520, inicialmente en ciudades como Toledo y Segovia, no se lanzan a destruir o quemar productos económicos del reino, pues no había, como en el caso neogranadino un rechazo a determinados productos económicos ni reformas económicas vinculadas al poder imperial, si no que lo que se hizo fue enarbolar y ostentar por las calles y plazas de las ciudades los pendones carmesíes de Castilla, con el objetivo de anteponerlos a los símbolos imperiales de los Habsburgo, una dinastía que reinaba en Castilla y que los castellanos la encontraban foránea y culpable del “éxodo de impuestos” del reino al imperio. Así pues, a una crisis identitaria, le corresponde una reivindicación de la misma índole, identitaria, enarbolando los elementos de la identidad propia castellana como elemento de vinculación del común, del contra-poder comunero frente al poder regio flamenco.

En el caso neogranadino, la reivindicación simbólica de la rebelión comunera es diferente, en tanto que la crisis era de diferente tipo, y era mas bien sistémica y sobretodo anti-reformista, contraria a las medidas que el sistema colonial español ha establecido. Es mas bien una reacción al sistema de impuestos colonial español, y por ello en este caso, las primeras rebeliones del Socorro de marzo de 1781 no se enarbola ningún símbolo nacional neogranadino, si no que el símbolo de la rebelión es la destrucción de los elementos o símbolos vinculados al poder colonial; el edicto de barlovento por parte de Manuela Beltrán y la quema de hojas de tabaco y derramamiento del aguardiente, así como la destrucción de los símbolos regios en los estancos, al considerar todo ello como el símbolo del sistema colonial y reformista español.

También el desarrollo de ambas rebeliones tiene un cariz similar en cuanto a su estructura; en ambos casos podríamos identificar dos partes diferenciadas; un inicio de las rebeliones y una segunda parte de desarrollo y profundización social de estas en las que ambas revueltas se extienden geográfica y socialmente en diversas partes del reinado y del virreinato respectivamente.

En esta primera parte del inicio de las revueltas se produce en ambos casos un proceso de consolidación del movimiento comunero en ambos casos, formación de los bandos, del ejército y de los primeros objetivos. Sin embargo si difieren claramente ambas rebeliones en lo referido al motivo por el cual se produce la diferenciación en primera y segunda parte, y es especialmente en lo referido a los documentos jurídicos que se producen en ambos casos y de lo que hablaremos mas adelante.

En el caso castellano, el paso del inicio al desarrollo tiene que ver precisamente con la extensión de la revuelta y el “corpus político-jurídico” de la rebelión (Santa Junta, Constitución de Ávila y Junta de Tordesillas), cuya aparición marca, precisamente, del desarrollo y la segunda parte de la rebelión.

En el caso neogranadino es totalmente al contrario, el paso del inicio al desarrollo se vincula precisamente con la extensión social de la revuelta motivado por el desencanto del “corpus político-jurídico” de la rebelión (Capitulaciones de Zipaquira), que se produce en la primera parte o inicio de la rebelión y cuya aparición supone la culminación de esa primera parte de la revuelta.

También en este momento cabe mencionar que es en esta primera fase de la rebelión, cuando se acuñan el término que van a compartir ambos y que dará nombre a la rebelión, que es el término de los comuneros o del común.

El ideal del común o de lo común, enfrentado al poder imperial o real fue, no solo la génesis, el origen y la explicación del nombre propio de ambos movimientos, si no el elemento vehicular de ambas rebeliones, el porqué de su existencia, la reivindicación de un doble espacio, de un doble poder; el espacio del común o de lo comunero y el espacio real, al que se enfrentan en ambos casos, desafiándolo, pero sin llegar a pretender en ningún caso suplantar ese poder real, que es el contexto de fondo en el cual se desenvuelven ambos movimientos y en nombre del cual (el reino legitimo) actúan en ambos casos con el objetivo de legitimar sus actuaciones al menos, y como veremos mas adelante, por parte de los dirigentes del movimiento, frente a una resistencia de base mucho mas amplia y que pretendía llegar mucho mas lejos en ambos casos, y como ejemplo de contradicción dialéctica interna en ambos casos, y que llevo al limite a los movimientos comuneros, explicando, como veremos mas adelante, en parte por este motivo el fracaso interno de los movimientos comuneros.

En el caso castellano, el origen del término se vincula directamente ala evolución de los acontecimientos internos de la rebelión. Tras conseguir el rey Carlos V los dineros castellanos para hacerse coronar emperador, marcha del reino dejando una vez más, a un flamenco en la regencia. Ante esto, los castellanos indignados estallan.

Como consecuencia, las diversas ciudades castellanas, lideradas por Toledo y Segovia, “entran en comunidad” que era el termino con el que se conocía al acto de desobediencia de la autoridad imperial y formación de gobiernos propios de los castellanos, entendiendo esa comunidad como el gobierno del conjunto del pueblo o “del común”, de ahí el nombre de las comunidades de castilla (ciudades hermanadas en el ideal del común) y sus partidarios, los comuneros.

En el caso neogranadino el origen es lógicamente diferente (en tanto no es el mismo suceso), pero el concepto es, básicamente, el mismo que en el caso castellano. Como veremos mas adelante, tras producirse la insurrección en marzo de 1781 en Socorro, rápidamente se produce una alianza entre los criollos y las bases sociales para encauzar la rebelión. Como general de los insurrectos fue elegido Juan Francisco Berbeo, junto con Salvador Plata, Antonio Monsalve, y Francisco Rosillo, quienes constituyeron la junta llamada “El Común” de donde les vino el nombre de “Comuneros”.

Como vemos, en el caso castellano común es referido al gobierno de las ciudades rebeldes frente al poder imperial, y en el neogranadino, común, es el gobierno o mas bien la junta del gobierno rebelde frente al imperio colonial español.

En ambos casos, como dijimos, resalta el concepto del común o de lo común, enfrentado al poder imperial o real, del contra-poder que estalla en el momento, en el instante mismo de la rebelión.

Así pues, en esta primera parte o inicio de la rebelión, como decimos se da un proceso de consolidación del movimiento comunero en ambos casos, formación de los bandos, del ejercito y de los primeros objetivos, que lógicamente sin diferentes en ambos casos.

Un programa de mínimos

En el caso de la rebelión comunera castellana, tras la marcha del rey Carlos V diversas ciudades castellanas, lideradas por el Toledo de Juan de Padilla y la Segovia de Juan Bravo, “entran en comunidad”. En las dos ciudades, los comuneros se hacen fuertes y respectivamente expulsan al corregidor del Alcázar tomando el poder y ajusticiaron a dos funcionarios y al procurador que concedió el servicio en nombre de la ciudad. Asi pues, poco a poco los disturbios se empiezan a extender a otras ciudades cercanas, haciéndose fuertes en todo el centro de la meseta castellana.

Ante el descontento generalizado, Toledo liderado por el comunero Juan de Padilla propuso la celebración de una reunión urgente proponiendo:

1. Anular el servicio (los impuestos cedidos al monarca).
2. Reservar los cargos públicos y los beneficios eclesiásticos a los castellanos.
3. Prohibir la salida de dinero del reino.
4. Designar a un castellano para dirigir el reino en ausencia del rey.

Llama la atención que las propuestas iniciales son muy suaves y, básicamente se podrían resumir en el mismo grito que los neogranadinos de “viva el rey y muera el mal gobierno”, porque, a pesar de que en este caso no hay una confianza en el rey flamenco, si consideran inicialmente que todos los problemas se resumen en la presencia flamenca en los puestos de poder y la salida de los impuestos a destinos e intereses no exclusivamente peninsulares.

Estas reivindicaciones calaron en la sociedad castellana, por la manera en que el rey había obtenido el trono del Imperio Habsburgo, mediante sobornos pagados con los dineros públicos de Castilla, y crecía el rechazo de los castellanos, ya no solo a las autoridades flamencas si no al propio emperador Carlos V, que también había obtenido el trono castellano de forma irregular, beneficiándose de la exclusión de la reina castellana, pensando los comuneros el acudir a Tordesillas para devolver a la reina Juana sus poderes regios, destituyendo al emperador.

Como vemos, en esta primera parte de la rebelión comunera castellana, únicamente se van formando los perfiles comuneros, se va tomando cuerpo a la rebelión, asentándose la autoridad comunera en las ciudades rebeldes y formando los primeros núcleos hermanados de “la comunidad”, se forman los primeros batallones armados liderados por los capitanes Padilla y Bravo y como hemos visto también, se hace un primer conato de programa o manifiesto comunero en junio de 1520, aun muy simple y sin demasiadas aspiraciones.

Ello se diferencia con el gran alcance que a corto plazo y en esta primera parte tomaron los neogranadinos, que fueron mucho mas lejos y contrasta a su vez con la segunda parte o desarrollo de los propios castellanos que en apenas unos meses elaboraron un programa de mucho mas alcance que en el caso neogranadino.

Un proyecto de máximos

En el caso neogranadino, como dije, este inicio de la rebelión que arranca en marzo de 1781 conlleva que en muy poco tiempo, esta primera parte de su rebelión llegue muy lejos en muy poco tiempo y, como consecuencia lógica, obtenga un tope máximo muy rápido y casi sin posibilidad de ir a más.

El 16 de marzo de 1781 la rebelión estalló en el Socorro, cuando la cigarrera y tendera Manuela Beltrán rompió el edicto referente a las nuevas contribuciones, a los gritos de “viva el Rey y muera el mal gobierno. No queremos pagar la armada de Barlovento”.

Este acto es rápidamente respaldado por la multitud congregada, que inicialmente eran los pobres de la ciudad, aquellos que se veían mas perjudicados por el aumento de las tasas de los productos, y junto con el apoyo de la pequeña burguesía local (comerciantes, carniceros, pequeños agricultores) la rebelión se fue forjando poco a poco.

No obstante, rápidamente el alcance de las reformas borbónicas y la presión social logró que algunos hombres de prestigio se comprometieran en ella y, poco a poco fueran tomando ellos el liderazgo político y militar de la rebelión, desplazando a sus protagonistas originales del pueblo llano. Como general de los insurrectos fue elegido el criollo y notable local Juan Francisco Berbeo, junto con Salvador Plata, Antonio Monsalve, y Francisco Rosillo, quienes constituyeron el Supremo Consejo de Guerra y la junta llamada “El Común” de donde les vino el nombre de “Comuneros”, dando nombre a la rebelión desde época temprana, como paso en el caso castellano.

Sin embargo, estos líderes criollos entendieron que sin el apoyo de las otras capas sociales (pobres, mestizos e indígenas) era improbable un triunfo sobre las autoridades castellanas, por lo que criollos, pobres y mestizos sellan su alianza el 18 de abril de 1781 con la promulgación de la “Cedula del Pueblo”.

Llama aquí la atención la necesidad de una alianza practica, que llega a tomar cuerpo incluso mediante un documento escrito que sirva como pacto común entre los sectores americanos enfrentados al poder español. Quizá ello pueda explicarse ante el recelo que pobres y mestizos tenían frente a unas elites criollas que se habían enriquecido tanto como los españoles y en parte gracias a ellos, aunque sus intereses ahora entraban en contradicción.

No paso asi en el caso castellano que, como hemos visto, “entro en comunidad” de forma espontanea, formando parte de ellas las diversas clases sociales, desde nobles e hidalgos como Padilla y Bravo hasta los campesinos humildes y comerciantes urbanos, sin necesidad de ningún pacto o alianza entre ellos. Era obvio que para derrotar al poder flamenco era necesaria la unidad común, que en Castilla se venia dando de forma natural, lo que se evidencia en el famoso texto del “Poema de Fernán González”:

«Cuando decían Castilla, todos se esforzaban»

No obstante ello no fue motivo para que, al igual que en este caso neogranadino no existieran recelos de los pobres, humildes y campesinos que también aquí hicieron “su rebelión” particular al margen de las elites, como pasa en Nueva Granada.

Para hacer frente al poder español, esta Junta organizo un ejercito comunero de diversa composición, desde criollos como Berbeo o Plata hasta mestizos como el líder indígena Antonio Pisco, que aparece desde época temprana en la rebelión y que va a lograr con su presencia terminar de legitimar esta rebelión a ojos de los indígenas y mestizos, hasta ese momento aun recelosos de la autoridad criolla, o el caso del mestizo y jornalero, posteriormente líder radical José Antonio Galán, que atrajo la confianza para la rebelión no solo de mestizos, si no de los pobres.

Al igual que en el caso castellano, el ejercito comunero estuvo integrado desde muy temprano por personas de diferentes clases sociales, aunque seria justo señalar una diferencia fundamental en ambos casos, y es que mientras que el ejercito comunero americano integro entre sus dirigentes a pobres y mestizos (tradicionalmente marginados), el ejercito comunero castellano estuvo dirigido desde el primer momento por los notables y la elite social castellana.

Rápidamente y tras la conformación del ejercito comunero neogranadino, se plantea algo que jamás paso por la cabeza inicialmente de los castellanos; marchar militarmente a la capital del virreinato, Santa Fe de Bogota, tan solo dos meses después del inicio de la revuelta, lo cual evidencia el proyecto de mayor alcance que en un primer momento diferencio a esta rebelión de la castellana. De esta forma un poderoso ejército comunero de más de 20.000 personas marcha en mayo de 1781 en dirección Bogota, derrotando en su camino a los españoles en Puente Real y en Villa Girón, algo realmente inaudito y que consiguió a mayor corto plazo éxitos muchísimos más destacados que los castellanos.

Ello es algo que diferencia también en un primer momento a ambas rebeliones; mientras que en esta primera parte el ejercito comunero castellano era de corte defensivo y de hecho sufrió la persecución real, el ejercito comunero neogranadino fue marcadamente ofensivo y a dos meses de un motín aparentemente inofensivo se encontraban militarmente con un ejercito de 20.000 personas a las puertas de la capital virreinal. Quizá eso es algo que ha caracterizado a las rebeliones populares o de contenido popular americanas en aquel momento, pues en el caso de Tupac Amaru, también se consiguió movilizar a un número inmenso de personas y se llego a poner en jaque al ejército español. Por ello, desde un primer momento las capas sociales neogranadinas mas bajas se propusieron continuar su obra.

Como he señalado, el rápido avance comunero sorprendió a los españoles, y ya para junio de 1781 se encontraban instalados militarmente en las minas de sal de Zipaquira, a tan solo un día de distancia de Bogota. Aquí cabria destacar un error similar al cometido por los Comuneros de Paris en 1871 o Aníbal Barca al no marchar directamente sobre Roma, y es que de haber continuado la campaña podrían haber entrado rápida y fácilmente en Bogota, pues el ejercito comunero era mucho mayor en aquel momento. La tregua de Zipaquira dio alas a los españoles para rearmarse y negociar, y ello genero, indudablemente un debate interno entre los comuneros en Zipaquira. Allí los comuneros se instalaron y se apoderaron de las rentables minas de sal, financiando su campaña con el comercio de este valioso y abundante producto en la zona.

Tras ello se produce otro rasgo que va a diferenciar a las rebeliones comuneras de ambos países es el suceso que ocurre a continuación; las negociaciones.

En el caso castellano, los comuneros jamás llegaron en tan poco tiempo a desafiar al poder imperial, y por ello la regencia flamenca y habsburgica jamás pensaron ni de lejos en la posibilidad de una negociación o acuerdo con los insurrectos. De hecho, hasta abril de 1521 la única oferta que los comuneros castellanos recibieron del poder imperial fue la derrota total, absoluta e incondicional. No obstante, en el caso neogranadino, el alcance en tan poco tiempo de la revuelta obligo a las autoridades españoles necesariamente a un acuerdo o negociación con los rebeldes, ante la perspectiva mas que real de una ocupación militar de la capital y la toma del poder en el Virreinato.

Para estas negociaciones con los comuneros se nombró al arzobispo Caballero y Góngora como principal negociador de los españoles. Para las negociaciones con los españoles, los comuneros nombraron a su dirigente, Berbeo, que rápidamente entrego a Caballero las propuestas comuneras en forma de las ya célebremente conocidas “Capitulaciones de Zipaquira”, con 35 puntos, que fueron el programa máximo y las exigencias en esta primera etapa de los comuneros, y que fueron rápidamente aceptadas por el representante español Caballero y Góngora, al ser algo que, a corto plazo, podrían asumir mientras se recuperaban militarmente para la contraofensiva.

Los comuneros, pues, creían haber vencido a los españoles al haber obtenido de estos un supuesto compromiso con el acuerdo, tras lo cual Berbeo cometió el otro gran error comunero neogranadino; ordenar la dispersión del potentísimo ejercito comunero que, alentó a los españoles ya que su presencia a las puertas de la capital obligaban a un compromiso total, y que de hecho provoco que el Virrey Manuel Antonio Flores rechazo desde Cartagena el acuerdo y aprovechara el “alto el fuego” para mandar soldados a Bogota.

Sobre el contenido de las capitulaciones, que eliminaban todas las reformas que ocasionaron el motín hablare mas adelante.

Como conclusión ultima comparativa entre ambas rebeliones de esta primera fase fue otra gran diferencia, como fue que en el caso castellano, ni aun en los momentos de tregua a los lideres comuneros se les paso por la cabeza el dispersar a su ejercito y pactar de aquella forma con las elites imperiales, como si hizo Berbeo y la dirigencia comunera neogranadina, y que supuso no solo un error estratégico de fuerza, si no también que fuera visto por los pobres y mestizos como un abandono a la causa que ya temían desde el inicio.

Claro que, como hemos visto, el caso castellano fue diferente y no se le ofreció nunca la posibilidad de un acuerdo, pacto o negociación y todas las propuestas ofertadas al poder imperial fueron rechazadas exigiéndose la rendición incondicional. Ello provoco que a los comuneros castellanos jamás se les pasara por la cabeza la idea de la negociación y, muchísimo menos, la de la rendición.

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