1. Fundación del Monasterio de Santa María del Paso

1.1.”Paso de armas”. Enrique IV y D. Beltrán de la Cueva.

” Avía fechos tres cadahalsos altos, uno para que comiera el rey y la reina con sus damas y el embajador, otro para los grandes señores e otro para los jueces de la justicia. La comida que se dió a todos fue muy suntuosa y con grandísima abundancia e mucho orden sin desconcierto alguno. Duro esta fiesta desde la mañana a la noche e que se retruxo el rey con la reina a su palacio. Y como aquel paso fué cosa señalada, queriendo el rey honrar a su mayordomo e favorecer su fiesta mandó allí facer su monasterio de la orden de San Gerónimo que se llamó de Santa María del Paso. Acabada la fiesta y el embajador tratado con toda la honra daba conclusión la embajada. El rey le mandó hacer grandes mercedes de caballos, mulas, plata, dineros e piezas de brocado y de seda con que se partió muy contento, loando la grandeza del estado…”

Cronista real: Diego Enrique del Castillo.

Este “paso de armas” fue el origen de la fundación del Real Monasterio de los Jerónimos y a su vez éste es el punto de partida para el origen del Retiro.

En este período reinaba Enrique IV en Castilla que era el último varón de la dinastía de los Trastamara; también fue conocido por sus súbditos como “el Impotente”. En cuanto a la cronología de este momento histórico, lo debemos situar en la segunda mitad del siglo XV, exactamente en el año 1640. La corte era itinerante y todavía Madrid no era la capital, pero a pesar de ello la villa de Madrid gozaba de las constantes visitas del rey, debido entre otras razones a la existencia de villas campestres y la abundante caza que había, arte del que era muy aficionado el rey.

Enrique IV, estando en una de sus cacerías en el Pardo, recibió la noticia de que el embajador de Bretaña, duque de Armenach, acompañado de otros caballeros, estaba a punto de llegar a Madrid, con el objetivo de conseguir una alianza comercial y política. Inmediatamente después Enrique IV ordenó que se organizasen unas fiestas para honrar a estos ilustres visitantes. Estos festejos duraron cuatro días. El primer día tuvo lugar un torneo al estilo medieval en el que participaron veinte caballeros, divididos en dos bandos de diez ajustadores cada uno, siendo premiado el bando ganador con una pieza de brocado y dos de terciopelo carmesí.

El segundo día hubo carrera de caballos, celebrándose después un juego de cañas (se trataba de un simulacro de combate árabe donde las lanzas eran sustituidas por cañas largas) con también caballeros en cada bando.

El tercer día participaron todos en una montería donde se cobraron valiosas piezas, obsequiándose a las damas con pieles de martas.

El cuarto día y último, el mayordomo y favorito de Enrique IV, el Caballero de Ubeda, D. Beltrán de la Cueva dispuso para magnificar el regreso de sus soberanos acompañados de toda la corte y de los bretones a la villa de Madrid un “paso de armas” en la mitad del camino erigiéndose él como mantenedor.

El “paso de armas” era uno de los más importantes divertimentos de aquella época y consistía en la defensa a cargo de un “mantenedor” de un lugar de tránsito obligado, cerrado al efecto con una barrera, que sólo podían trasponer los caballeros armados que aceptasen luchar con el mantenedor.

En cuanto el personaje de D. Beltrán de la Cueva, hay sospechas en que mantuviese relaciones amorosas con la reina. Esto es posible teniendo en cuenta el sobrenombre del rey “el Impotente” y la figura del Hidalgo de Ubeda, uno de los más apuestos caballeros de la corte y al que la reina hacía objeto de sus predilecciones. El favor real la había hecho ascender rápidamente de paje de lanzas a mayordomo mayor.

“Llamáranle mejor el paso de Don Beltrán, pues se habían dado allí pocos pasos en servicio de nuestra señora”. Historiador P. Sigüenza.

El rey Enrique IV quiso honrar a su querido mayordomo, perpetuando la memoria de su gallardía al defender por su dama la reina Doña Juana. De esta manera el rey decidió la construcción de un monasterio, que en principio recibió el nombre de Santa María del Paso y que se colocó en el lugar exacto del campo donde justaron sus caballeros en honor del embajador de Bretaña y donde ganó sus laureles D. Beltrán.

Las obras comenzaron en abril de 1460 y duraron cuatro años. No quedaron constancia documental de los nombres de los autores o el autor.

Los llamados a ocupar el monasterio fueron los padres de la Orden de San Jerónimo, que tan extendida estaba por España, en la que contaban con cincuenta y seis conventos.

Por la Cuaresma del año 1464, llegaron a él siete religiosos del Monasterio de Guadalupe, al cargo del Prior, fray Gonzalo de Madrid, inaugurando la Real Fundación conocida vulgarmente por Santa María del Paso, el 6 de Mayo de 1465.

El rey favoreció a su monasterio con muchas prebendas y privilegios: ” Las Tercias Reales de Valdemoro, Parla y Polvoranca, así como 60.000 maravedíes sobre la renta de servicios y montazgo, encaminado todo ello para ayuda de los oficios divinos y para que rogasen por la vida y salud de Don Enrique y por el alma del rey, su padre”.

También les obsequió con importantes obras de artes, entre las que se encontraban un lienzo atribuido a Roger Van der Weyden, que representaba la Adoración de los Reyes Magos.

1.2. Situación del monasterio en los planos de Madrid.

No todos los historiadores coincidieron en sus ideas a la hora de fijar el emplazamiento del primitivo monasterio, señalando el camino del Pardo o la Puerta de Hierro como lugar del mismo.

En la Historia de San Jerónimo, apéndice II consta que el día 16 de Febrero de 1460 compró el rey a su contador mayor, Diego Arias Dávila, los terrenos conocidos como “La Heredad, huerta y molino de María Aldinez” propiedad de Catalina Peñalosa, por 3000 de a “juro”(forma de propiedad en que ésta se concedía a perpetuidad) situados en el actual paseo de San Antonio de la Florida, en la márgen izquierda del Manzanares, próximo al Puente Verde, donde todavía había restos del llamado ” Lavadero de los Jerónimos”.

2. Cambio de nombre del Monasterio y su traslado al Prado: Monasterio de San Jerónimo del Real

Según el Sr. Cuartero y Huerta, en su libro “Monasterio de San Jerónimo el Real”: El Monasterio Jerónimo nunca se llamó oficialmente del Paso, que fue una denominación popular y para rectificar ese error, ordenó el rey en 1464 que se llamara de San Jerónimo el Real. Así, a partir del 6 de mayo de 1465, según consta en las actas capitulares de la Orden, el rey Enrique IV guardó una gran predilección, hasta el día de su muerte, el 11 de diciembre de 1474, siendo entonces Prior de San Jerónimo, Fray Pedro Mazuela, el encargado de prestarle los postreros auxilios espirituales, siendo enterrado provisionalmente en la iglesia del Monasterio Jerónimo hasta que se trasladó de forma definitiva al de Guadalupe.

El señor Chueca Goitía viene a decir en su libro “Casas reales en monasterios y conventos españoles”: D. Enrique IV, especialmente complacido con la fundación segoviana del Monasterio del Parral, elevaba la iglesia con aliento y majestad notables, como fabricada para su enterramiento. Sin embargo D. Juan de Pacheco, que ya era Marqués de Villena, maestre de Santiago y cuanto quería, le robó su enterramiento lo mismo que le había robado su voluntad, y al morir el de Villena dos meses antes que el rey, se le enterró en el Parral, lo que obligó al rey a pedir que llevasen su cuerpo a Guadalupe como de limosna, por no tener entierro señalado.

“Como el convento estaba situado cerca de un arroyo, en un sitio muy enfermizo y achacoso, no había nadie que quisiera tomar el hábito, por no poderse habitar la casa sin notable riesgo de la salud y peligro de la vida, como que fallecieron muchos religiosos antes de quejarse.”

Cita de la queja de los monjes – Frío / Traslado
Grandezas de Madrid: Quintana.

El primitivo monasterio estaba situado en una zona con poca aireación natural y dentro de una zona cenagosa del Manzanares, poblada de mosquitos.

Todo esto hizo que los monjes del Manzanares pidieran una petición a los Reyes Católicos para poder trasladarse a un sitio más saludable. Este permiso lo lograron en 1503 que se ratificó en 1509 con una bula concedida por el papa Alejandro VI una vez que consiguieron las licencias, los monjes eligieron un lugar a extramuros de la villa de Madrid, en una elevación de su zona oriental, barrida por muy saludables aires, con abundancia de arroyos y manantiales que regaban ricas huertas y el gran prado que cubría su ladera de ponientes.

2.1 Situación del monasterio en los planos de Madrid anterior a 1650

A pesar de la importancia que ha tenido el Monasterio de San Jerónimo, no existe ninguna representación gráfica de su conjunto arquitectónico teniendo que recurrir a los escasos y a veces no fieles planos ya existentes.

Las vistas panorámicas más antiguas que se conocen de la villa de Madrid son dos dibujos de Antón Wyngaerde (Antonio de las Viñas) de aproximadamente 1566, fecha que casi coincide con el definitivo establecimiento de la Corte en la Villa. La representa desde poniente, con el Manzanares en primer término, destacándole la mole del Alcázar sobre una elevación de terreno, percibiéndose la muralla que rodeaba a toda la población.

Estos grabados, debido a su peculiar perspectiva, no nos aclaran la situación del Monasterio que guardaba ocultada, por lo que hay que atenerse al plano atribuido a la familia de impresores holandeses D ´ wit, (fig.1), más conocido por su título de “Madrid, villa y corte de los Reyes Católicos de España” donde a pesar de algunas inexactitudes, se aprecia con toda claridad el emplazamiento de la Real Fundación, destacándose la fachada con su inafronte y almenada crestería, apreciándose a su flanco izquierdo un reducido conjunto de edificaciones. Todo el recinto monacal aparece rodeado de amplia arboleda delimitada por una cerca. Una de las curiosidades de este plano es que es fechado en 1635 y habiendo dado comienzo en 1630-1632 las obras del que había de ser Palacio del Buen Retiro, no se aprecia ninguna señal de la nueva edificación y sí el inicio de unos jardines, albergando lo que parece ser solo las fachadas de un edificio independiente del Monasterio.

Lo que más claramente se aprecia en este plano, en la zona que nos ocupa, es la extensa vía que dió en llamarse Paseo del Prado y en la cual ya se aprecian tres sectores muy determinados. El primer tramo se conocía como Prado de Recoletos por el Convento de Recoletos Agustinos que situados en el lado derecho correspondía al extremo norte del paseo una vez atravesado el camino de Alcalá. El segundo era su extremo sur desde el camino de Atocha en dirección ascendente hacia el Prado de San Jerónimo. La tercera zona, más peculiar que ocupaba el centro, enfrente mismo del Monasterio. Era esta una explanada muy apropiada para celebrar fiestas, meriendas y populares romerías.

Al borde de las praderas se habría una triple hilera de frondosos álamos que constituían uno de los más gratos y frecuentados lugares de esparcimiento de los habitantes de la villa y corte. Esta alameda se iba diluyendo, a la par que sombreaba la zona de huertas, jardincillos y lavaderos públicos, que bordeando el lado derecho del Prado acababan perdiéndose en el camino de Atocha.

Al lado izquierdo del Paseo se encontraban en primer término, una vez cruzado el camino de Alcalá, los palacios, jardines y huertas del marqués del Carpio y los duques de Lerma seguidos del Convento de Trinitarios Descalzos, discurriendo por en medio el arroyo Abroñigal, que a través de cuatro puentecillos comunicaba ambos lados del Paseo, siendo al parecer el de mayor importancia el situado enfrente de la Carrera de San Jerónimo, muy cerca de la llamada fuente del “Caño de Oro” y de la Torrecilla de la Música, mandada construir para deleite del público por el alcalde Juan Fernández. Al lado de las tapias de la residencia del Marqués del Carpio, cada una en una esquina, estaban dos artísticas fuentes en forma de taza, que con el tiempo se incrementaron en tres más, a lo largo de todo el Paseo del Prado.

La Ermita de San Blas y el Humilladero, entre el Camino de Atocha y el de Vallecas, configuraban las peculiaridades más destacadas por el referido plano, que nos dan una idea aproximada del enclave de la Fundación Real del Monasterio de San Jerónimo antes de convertirse en la magnifica residencia de recreo de los monarcas españoles.

2.2. La orden de los Jerónimos y su relación con la realeza.

” Ha sido frecuentado de los Reyes y hechos en aquella iglesia actos de gran solemnidad. Jurose allí el rey Don Felipe nuestro señor, siendo príncipe; jurose también allí el príncipe Don Felipe III. El año 1573 tuvo allí su majestad capítulo como maestre de las tres Ordenes militares: Santiago, Calatrava y Alcántara y otros actos de esa calidad”

“Historia de la Orden de San Jerónimo” -Tomo I – P. Sigüenza.

De los padres de la Iglesia, que a partir del año 300 se retiraron del mundo recluyéndose en pobres ermitarios, nacieron las más potentes instituciones de la Edad Media, siendo en España una de las más representativas la Orden Gerónima. Fue Aposentadora Real, que desde la Casa Mater de San Bartolomé de Lupiana extendió su poder sobre cuarenta y ocho casas de religiosos y diecinueve de religiosas, repartidas por todo el territorio español.

Circunstancias muy especiales condicionaron la vida de los monjes jerónimos adscritos a la regla de San Agustín, desde el momento que, abandonando la modesta fundación de Santa María del Paso se establecieron definitivamente en el Prado, donde su permanente contacto con la corte en el ejercicio de sus funciones de aposentadores reales fueron cambiando gradualmente sus austeras costumbres, impregnándolas de cierto aire cortesano. Este elitismo de los jerónimos era notorio ya que sólo los hijos de los nobles podían ingresar en la Orden, estos novicios acababan convertidos en monjes – caballeros que sin desconocer la teología, eran muy buenos diplomáticos, expertos en todas las lides políticas, participaban en tertulias literarias y disfrutaban de las exquisiteces culinarias con que sus cocineros obsequiaban a sus reales huéspedes en las continuas visitas que éstos les preparaban. Muy famoso fue su recetario de cocina del que se apropiaron los franceses durante su invasión en 1808 y con el que establecieron las bases de su cocina francesa.

Su vida no transcurría totalmente dentro de los muros de su monasterio, era muy frecuente ver a estos monjes de hábito blanco y manto pardo, por las alamedas del Prado hablando con los numerosos visitantes que acudían a las fiestas y verbenas que allí se celebraban y conviviendo posteriormente con los cortesanos y miembros de la familia real, una vez que se constituyese el palacio.

Como el cargo de Aposentadores Reales ocasionaba muchos gastos a los Jerónimos, el Cardenal Cisneros, por orden real, les concedió el privilegio de que imprimieran en el monasterio la bula de la Santa Cruzada, hecho que se retrasó hasta 1457, y que presupone que los Jerónimos poseyeran una imprenta que vendría a ser la primera que hubo en Madrid, ya que hasta el 1566, no hay prueba de que existiera alguna.

El monasterio también tenía una cómoda Hospedería y una Botica, famosa tanto por su variadísimo herbolario, como por los expertos monjes que la regentaban.

2.3. Estudio de la iglesia de los Jerónimos.

Es de finales del siglo XV, estilo gótico también llamado de los Reyes Católicos o Isabelino. Se aprovechan para su construcción parte de los materiales del Monasterio del Paso, incluido un fresco que decoraba uno de sus muros y que desmontado piedra a piedra fue reconstruido y acoplado en el nuevo edificio, así como las estaciones de un calvario que los monjes tenían en gran estima.

No se tiene noticias documentadas del autor o autores de las obras, pudiéndoseles atribuir a Enrique de Egas. Otros suponen que lo fue algún monje del mismo convento, apto para ello, tal como el padre Fray Antonio de Villacastín. Su portada se compone de una arco, en que hay adornos de escultura, siendo la principal una imagen de la Virgen con el Niño en brazos, que está sobre la puerta, y a un lado, San Miguel, como introduciendo delante de la Virgen a un rey puesto de rodillas; y al otro lado, una figura chica de mujer en traje de reina, acaso serán los Reyes Católicos o Enrique IV y su hermana doña Isabel.

La iglesia es de una sola nave, bien construida y espaciosa. Los altares: el mayor se compone de vatios cuerpos de arquitectura, con asuntos pintados de la Vida de Cristo; y, según Quintana, lo mandó hacer Felipe II en Flandes; pero modernamente lo han afeado con la talla puesta en el medio para adorno de la estatua de San Jerónimo. En el crucero, al lado del Evangelio, hay un altar de Nuestra Señora de Guadalupe; y la Anunciación del remate la pintó don Francisco Leonardoni. El cuadro puesto en la pared, que representa a San Matías y al emperador Carlos V de rodillas, es de Matías de Torres. El altar del lado de la Epístola tiene una estatua bastante buena de Santa Paula, y no es mala la pintura del remate. En las capillas de este lado de la Epístola hay que observar, en la primera de Santa Catalina, un sepulcro de mármol de gusto gótico, con estatua echada encima, que representa a Pedro Fernández de Lorca, tesorero y secretario de don Juan II y de Enrique IV, fundador de la Casa de Santa Catalina de los Donados. Se sigue la de San Sebastián, donde hay una cuadro de éste y otros santos con una gloria; tiene la firma de Alonso Sánchez, año de 1582. Sobre la mesa del altar está, dentro de una urna, una estatua de Cristo muerto, bien ejecutada. Enfrente se ven dos sepulcros de mármol con figuras de rodillas. En uno hay escrito: “Aquí está sepultado Clemente Gaytan de Vargas, Secretario del Consejo de Italia de FelipeII. Rey de Castilla: falleció á 6 de Agosto de 1577”. El otro sepulcro, que también tiene letrero, es de su mujer, doña Francisca Vargas.

Se sigue la capilla de Santa Marta, por otro nombre de Torelli. En la bóveda y paredes de ella hay varios asuntos de devoción, pintados por Lorenzo Montero. Se ve allí un magnífico sepulcro de mármoles, y consiste en una urna dentro de un nicho, adornado de pilastras jónicas, etc. El fundador fué Torelo Castiglioglio. La siguiente capilla de San Francisco tiene un buen cuadro en el altar y representa la impresión de las llagas de este santo, está firmado: Bartolomé Carducho, Académico Florentino, 1600.

En las de la parte del Evangelio, la primera después del crucero, sirve de puerta de comunicación al real Palacio, por donde bajaban su majestad y los grandes a la real capilla en los días solemnes. Esta puerta se ve adornada de varias figuras, follajes y columnitas, según la escuela de Berruguete, aunque no es buena la ejecución, y también se ha desfigurado con los blanqueos que ha tenido. Se siguen dos capillas sin cosa particular; la segunda, dedicada a Santiago, la fundó Diego Luján, canónigo de Toledo. En el altar de la inmediata, dedicada a Santa Ana, hay una pintura con dicha santa, San Joaquín de rodillas y Nuestra Señora, niña. Esta y las pinturas que hay en las paredes de la capilla, son razonables, y tiran a la escuela de Carducho. Enfrente del altar se ve un magnífico sepulcro de mármol con dos figuras arrodilladas, y representan a don Juan de Ledesma y a doña Juana Solier su mujer, que fueron los fundadores.

La siguiente capilla, de San Juan, es la mejor y más rica de todas las de esta iglesia, y pocas hay tan buenas en Madrid. Está cubierta de mármoles de varios colores. Su arquitectura es de orden dórico, con dos columnas enfrente de la reja, otras dos enfrente del altar e igual número en éste, con la diferencia de ser jónicas. El mármol negro, el blanco y los jaspeados están muy bien adaptados. Entre los expresados cuerpos y fachaditas de arquitectura se ven nichos que hacen buen efecto, y todo este adorno sienta sobre un pedestal que corre alrededor de la capilla, variado con tableros de piedras verdes. Se ven dos inscripciones, una enfrente de la reja y otra delante del altar. En ésta dice estar allí enterrado Juan Bautista Gentili, fundador de la capilla, hijo de Constantino Gentili, etc. La otra lápida enfrente de la reja expresa ser el sepulcro de Constantino Gentili, padre del antecedente. El altar tiene una pintura de San Juan, y en el remate un crucifijo. Respecto del año 1644, en que se hizo la arquitectura referida, se puede sospechar que sea del marqués Crescencio. En el altar de la última, dedicada a la Concepción, hay un cuadro de este misterio conforme al estilo de Carducho.

En los postes de la iglesia, entre las capillas, hay varios retablitos y pinturas; algunas son de Alonso del Arco. En uno de éstos, inmediato al crucero, está la Presentación del Señor al templo, y debajo, San Jerónimo y Santa Paula, obras de Matías de Torres, de quien hay otros cuadros en el antecoro, en el coro y en los claustros alto y bajo del convento. En el poste de enfrente está pintado el Nacimiento de la Virgen por Sebastián de Herrera.

En la sacristía hay una cuadro de Morales, que representa a Jesucristo con la Cruz, a San Juan y a la Magdalena, figuras de medio cuerpo. El cuadro grande de San Jerónimo escribiendo, los santos Justo y Pastor, la Presentación y Visitación de Nuestra Señora son de un tal Antonio Van-Deper. En unos espejos hay pintados niños, aves, frutas y flores por Juan de Arellano. También se ve una copia del cuadro de Velázquez, de los hijos de Jacob y otra del Nacimiento del Señor, de Ribera, cuyos originales están en El Escorial. Guardan en esta sacristía un rico misal, cubierto con chapas de plata, en que están grabados de buril, por la parte de dentro, los santos evangelistas y doctores a un lado, y en el otro la Cricifixión del Señor. También está grabado el nombre de quien lo dió, que fué Wolfango Guillermo, palatino del Rin, en el año de 1625. Y encima están sus armas con corona ducal. Remuneró este señor con toda magnificencia y propiedad el hospedaje que se le hizo en este convento, y aún dejó memoria de buen gusto, como lo manifiesta la sillería adornada de columnas dóricas estriadas, etc. A los lados del testero de la sacristía hay dos magníficos sepulcros a la gótica, con estatuas de mármol echadas. En uno expresa estar allí el jurado Juan Núñez de Toledo, lugarteniente, mayordomo mayor del rey don Fernando V y de la reina doña Isabel. En el de enfrente está su mujer, doña Leonor de Osorio, y en ambos hay mucha obras, y muy prolija, según el estilo de entonces. Un cuadrito de Cristo arrojando del templo a los que compran y venden junto, a la puerta de la sacristía, a mano izquierda, es de Vicente Salvador.

En el claustro grande de este convento hay dos espaciosas capillas: la una sirve hoy para aula de Moral, y en su altar se ve un cuadro de la Coronación de Nuestra Señora, cuyo estilo tiene mucho de la escuela de Tintoretto. Al lado del Evangelio se ve un magnífico sepulcro de mármol, que consiste principalmente en una estatua de rodillas en acto de orar, y representa a un conde de Kevenuller, embajador del Imperio en esta corte. La otra capilla están en el mismo lienzo del claustro donde la referida, y es de don Francisco Benigasi; su altar, de buena arquitectura, y no es mala la pintura antigua que hay en él de Jesucristo crucificado, San Juan y la Virgen a los lados, etc. Todavía hay en este convento algo de la fábrica primitiva, con aquellas columnas y capiteles que se usaban en tiempo de la fundación, y es un segundo claustro.

La huerta adjunta, que pertenece a la comunidad y se extiende un buen trcho entre las tapias del Retiro y el convento, contiene muchos olivos, en prueba de lo adaptado que es este territorio para tales árboles. Lo mismo prueban los que hay plantados en la huerta de Atocha, cercana a la referida y en otros parajes de las inmediaciones de Madrid.

3. Aposentos reales en el Monasterio de San Jerónimo el Real

3.1. De Cuarto Real (Reyes Católicos y Carlos V) a Casa Real (Felipe II).

Al lado del Monasterio junto a la iglesia, haciendo ángulo con el ábside por el lado norte y oriental, construyóse un cuarto o aposentamiento que constaba de unas pequeñas estancias para que retirasen los Reyes a descansar después de asistir a las grandes ceremonias religiosas que tenían lugar en la iglesia con la que se comunicaban por una escalera situada en la primera capilla del lado del evangelio, a partir del crucero.

Este cuarto no era el primero de esta manera construido, existiendo los precedentes de los del Monasterio de Yuste, el de San Jerónimo de Guisando y, probablemente, el de Santa María del Paso, por haber documentos que aseguran que a él se retiraron los Reyes Católicos para guardar debido luto a su mejor consejero, el Cardenal Mendoza, en 1495.

El hecho de que se construyesen estos Cuartos Reales dentro de las dependencias de los Monasterios no se debía solamente al lógico agradecimiento de los monjes hacia sus soberanos por los cuantiosos beneficios y prerrogativas que de ellos recibían, sino por una serie de particularidades que la propia institución monárquica había generado, debido a su condición de Corte transhumante y que al realizar sus fundaciones, encomendándoselas a determinadas órdenes religiosas, daban lugar al binomio Monasterio-Residencia Real, fenómeno éste que comenzando en la Edad Media iba a repetirse durante la dinastía de los Austrias. Sucedió lo mismo en toda Europa, cesando estas manifestaciones a partir del siglo XII en el que el nacimiento de las ciudades libres, la apertura de nuevas rutas comerciales, la creación de las primeras universidades y el florecer de una pujante burguesía contribuyeron a que los Monasterios fueran perdiendo progresivamente su importancia.

El Aposentamiento, Cuarto Real o Retiro, (fig.2) anexo al Monasterio de San Jerónimo, diremos que con el tiempo fue cobrando mayor importancia. A él se retirará Carlos I de España y V de Alemania después de la jura de su hijo Felipe como heredero de la Corona de España, celebrada el 9 de abril de 1528, en el templo de dicho Monasterio, dándose la circunstancia de que en esta ocasión se promulgaron nuevas leyes, renovándose la de “Los extranjeros”, que estipulaba que no podían obtener dignidades, beneficios ni pensiones eclesiásticas.

Felipe II, una vez proclamado Rey, encarga a Juan Bautista de Toledo la remodelación y mejora del “Cuarto Viexo de San Jerónimo” añadiéndosele varias estancias, aunque no se tiene comprobación documentada que acredite si se aprovechó el cuarto existente o se hizo todo de nueva construcción.

Le agregó vistosas galerías y lucidos vergeles, rodeándolo todo con fosos y flanqueándolo con torres a imitación de una quinta de Inglaterra donde había habitado con María Tudor, su esposa. A éste nuevo Palacio, que estaba en la misma Corte sin estarlo, retirábase el Rey con bastante frecuencia. De aquí tomó el nombre de Retiro Real o Real Retiro.

4. Origen del Estanque del Retiro: Felipe II y Felipe III

El 3 de octubre de 1568, a la temprana edad de veintidós años falleció la Reina Isabel de Valois. A su muerte, el Rey, lleno de pena, se retiró durante unos días al Monasterio de San Jerónimo.

Los deberes del Estado obligaron a Felipe II a contraer nuevo matrimonio. Antes la proximidad de su nuevo enlace con la que iba a ser su cuarta esposa, Dª Ana de Austria, se hacen preparativos para celebrar su entrada en la Corte. Entre los festejos que se prepararon, mandó el Rey construir un estanque de quinientos pies de largo por ochenta de ancho, para celebrar en él y en sus inmediaciones simulacro de combate por mar y tierra. La obra se ejecutó en el breve plazo de diez días, y, según López de Hoyos, se “armaron las galeras en tan poco tiempo, que en ocho días se echaron al agua”. El simulacro, presenciado por toda la Corte, debió resultar magnífico, y aun hoy día serían de ver las evoluciones de las galeras, “tripuladas cada una por veinte soldados de pelea, bravamente aderezados”.

4.1. Jurado como Rey en el Monasterio de los Jerónimos del Real.

Como Maestre de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, Felipe II convocó y celebró Capítulo de las mismas en el Monasterio de San Jerónimo, y cuando apenas contaba con seis años y siete meses de edad su hijo Felipe III heredó éste el trono de su padre en 1598 y rigió de nombre sus destinos durante veintidós años. Su escasa capacidad intelectual parece ser que hizo pronunciar a su padre la frase de: “Dios que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos”. Unido a esta deficiencia a una carácter débil e inconsecuente, contribuyó a que declinara sus obligaciones en manos de favoritos, que desgraciadamente no supieron asumir la responsabilidad política a que les obligaba el lugar prominente que ocupaba España, con respecto a Europa, en aquellos momentos.

Felipe III continuó, respecto al Monasterio, las mismas tradiciones de su padre. Pero ni historiadores ni cronistas han dejado noticias de que hiciera modificaciones, ni cambios, ni añadiera nuevas construcciones a las ya existentes. Contentóse con dejar todo tal y como lo encontró; más no por ello dejó de utilizarlo para los mismos fines que su padre, ya que continuaba siendo el retiro.

4.2. Funerales a la muerte de Felipe III y el Retiro de Felipe IV al Aposento Real.

El 31 de marzo de 1621 falleció Felipe III, sucediéndole su hijo, Felipe IV, que contaba a la sazón diecisiete años de edad.

La etiqueta de la Casa de Austria obligó al nuevo Monarca a retirarse al “aposento real” de San Jerónimo. En el Monasterio habían de celebrarse las honras fúnebres del Monarca fallecido y al mismo tiempo había que prevenir lo necesario para la solemne entrada en Palacio de su sucesor.

La Historia hace mención especial de los funerales que se hicieron a la muerte de Felipe III:

” Retiróse el nuevo Rey con el Infante D. Carlos, al convento de San Jerónimo, donde celebró las exequias de padre con la solemnidad debida a la grandeza de su Corona. Asistieron los Obispos D. Andrés Pacheco, Obispo de Cuenca, que dijo la misa; D. Sancho Dávila, Obispo de Sigüenza; D. Francisco Gamarra, Obispo de Avila; D. Alonso Marqués de Prado, de Segovia y D. Enrique Pimentel, de Valladolid, llamados para este caso. Predicó en ellos el P. Jerónimo de Florencia, de la Compañía de Jesús”. González Dávila: Teatro de las Grandezas de Madrid.

Parece ser que Felipe IV comenzó su reinado con la firme decisión de gobernar personalmente. Tenía sobrada inteligencia y preparación para hacerlo, pero desgraciadamente, se aburrió pronto. Su inmadurez, natural indolencia y sus imperiosos deseos de diversión le llevaron por derroteros más gratos para él que la abrumadora y rutinaria tarea de gobernar. Y los buenos propósitos del Rey-niño se quedaron, ya para toda su vida en eso, en propósitos.

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