Las claves de Mies Van der Rohe
La idea de que la construcción debe ser la base de la arquitectura no es reciente. Ya, Viollet-le-Duc, concretizando sus opiniones sobre la arquitectura a principios de los años 1860 en sus «Entretienss sur l´Architecture» reclamaba la expresión honrada y adecuada de los materiales que se derivaban de los métodos de la época. La estética no era, para él, como para la mayoría de sus contemporáneos una moda pasajera; constituía más bien el resultado de una estructura bien estudiada. “Toda forma -decía- que no se adecue a la estructura, debe ser repudiada”.
En medio de la confusión que producen los efectos de la moda, hizo falta mucha valentía y desinterés por permanecer fiel a esta línea de conducta que no varia a voluntad de las fluctuaciones del momento.
Mies Van der Rohe jamás cesó de repetir que no le interesaba inventar formas arbitrarias y que rehusaba pedir prestados elementos de otras épocas o crear formas modernas que no estuvieran motivadas por la construcción misma, la única que puede garantizar el espíritu de la época. Opinaba que el arquitecto debe investigar los efectos vinculados a la estructura.

Mies van der Rohe pensaba que la arquitectura no está sujeta al día que pasa ni a la eternidad, sino que se halla anclada en su tiempo. Solamente pueda ser auténtica expresando su época. Le arquitectura da un sentido a los acontecimientos históricos; es su símbolo y su realización. En sus construcciones intenta expresar las tendencias de nuestro tiempo: las condiciones de la economía moderna, los descubrimientos de las ciencias naturales y de la técnica, la aglomeración de masas humanas.
Los rascacielos levantados sobre una estructura rodeada de un muro-cortina alcanzan una perfección que está patente hasta en los mínimos detalles. El mayor grado de maestría se manifiesta en la construcción de las grandes naves sin pilares en las que la planta esta libre de cualquier ensambladura, solución grandiosa y sutil a la vez que hace pensar en la perfección clásica.

Desde el comienzo de su actividad en Alemania, Mies van der Rohe se opuso a imitar los estilos del pasado buscando técnicas que tradujeran claramente las propiedades de los materiales empleados. Repudió todo adorno en favor de la expresión rigurosa de la construcción. Muchos proyectos quedaron por realizar, eran utopías demasiado audaces para la época. Pero se trataba de una arquitectura generadora de ideas. Estas cualidades, propias de los materiales, Mies van dar Rohe las demuestra ya en sus croquis al carbón y en sus maquetas. En los rascacielos el vidrio no se mira como un simple paramento inerte, sino como un elemento rico en reflejos y sombras por la intercepción de la luz sobre superficies alabeadas. En las casas construidas en ladrillo las paredes acusan el carácter del ladrillo hasta en los últimos detalles. Hay que señalar que ya en esta época, el arquitecto, que sabia vencer las dificultades que implican los materiales, supo disponer los volúmenes y utilizar las paredes portantes con una autoridad extraordinaria. En el proyecto de un edificio de oficinas en hormigón armado, la construcción en voladizo en la que los volúmenes fueron determinados de una manera absolutamente nueva por la elevación de los forjados que se convierten en antepechos, se mostró como una gran solución. Todo consiste siempre en una nueva acentuación del sistema constructivo más que en una búsqueda de formas originales.
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