El prolífico Doug Moench es uno de los guionistas más reputados dentro del medio del comic. Ha pasado por DC, donde se hizo popular por su trabajo en Batman, y por Marvel, donde se ocupó del magazine Planet of the Apes. En la misma editorial creó en los años setenta el célebre personaje de Shang-Chi junto al dibujante Paul Gulacy, aprovechando el apogeo de Bruce Lee y de las artes marciales. Shang-Chi es probablemente su creación más famosa y permitió que juntos dieran el salto a Epic, la línea más adulta de La Casa de las Ideas. Ambos autores colaboraron frecuentemente y ya en Warren se ocuparon de algunas historias de terror para su revista Eerie.

La década de los ochenta fue la época dorada de las revistas de comics en España. El editor Josep Toutain tuvo hasta tres publicaciones simultáneamente en los kioskos. 1984 estaba enfocada hacia la ciencia ficción. Creepy retomaba el aroma de los comics de terror americanos. Finalmente Ilustración + Comix Internacional era más generalista, una revista al estilo de los magazines franceses como Métal Hurlant. Aunque todo era más laxo y algunas veces las historietas incluidas no encajaban en el espíritu inaugural de la revista. Fue en Creepy donde se publicó serializada Sangre Sobre Satén Negro en nuestro país.

Creepy solía mostrar al público patrio las historietas editadas en su homónima estadounidense y en su hermana pequeña Eerie. Fue para esta última para la que Moench y Gulacy se encargaron por primera vez de Sangre Sobre Satén Negro. Más tarde Eclipse Comics la reeditó dentro de la colección Nightmares. En 36 páginas dan forma a toda una novela gráfica, término que ahora está tan en boga. Una historia que recuerda tanto a El Misterio de Salem's Lot como a El Ángel Caído, la novela en que se basa El Corazón del Ángel, una película protagonizada por Mickey Rourke y Robert De Niro.

Un periodista en horas bajas es invitado a cubrir un festival en una pequeña y antigua localidad inglesa. Una especie de rito pagano que esconde detrás un culto de adoradores a Satán. Se conmemora un juicio por brujería acaecido en 1780, y la localidad recrea ese momento con un carnaval en el que se pierden todas las inhibiciones. El protagonista no sabe dónde se mete. El viejo brujo ejecutado vuelve de la tumba para impregnar de mal al pueblo, robar sus almas y sustituirlas por las de sus acólitos ajusticiados. Como siempre, se inicia la inevitable serie de crímenes y la locura se desata.

Así contado suena a argumento de pacotilla. A historia gótica y un tanto inocentona al estilo de las películas de la Hammer. Incluso la ambientación de cada página invita a ver asomar en cualquier momento a Christopher Lee y Peter Cushing. Es el dibujo de Gulacy el que hace de Sangre Sobre Satén Negro algo excelso. Su estilo realista, efectivo y cinematográfico, que tan bien trabaja las sombras, trasciende el guión justito de Moench para dotarlo de magnetismo, atractivo e inquietante ambientación. Pero donde Gulacy brilla es en la divertida estética de serie de televisión ochentera de la que dota al comic, con la que recuerda descaradamente a unos relatos de misterio que ofrecía la pequeña pantalla británica por aquel entonces.

Doug Moench hace un esfuerzo por alejarse de la temática de Marvel para adentrarse en el terreno de las revistas para adultos al estilo de Epic y Aventuras Bizarras, pero cae demasiadas veces en la vieja retórica marvelita que hace de la narración algo redundante y un tanto farragoso. En su guión, precipitado e infantil en muchos casos, destacan algunas buenas ideas, pero quedan poco desarrolladas, y en otros casos cae en demasiados tópicos sepultados por frases grandilocuentes. Con el doble de páginas podría haber sido un comic magistral. Leído hace treinta años, fue hipnótico. Hoy en día está algo desfasado, pero aún así Sangre Sobre Satén Negro merecería una debida reedición para el público actual.