Portada Heartburst de Rick VeitchLa xenofobia y el racismo son a menudo dos expresiones de un mismo y fundamental defecto humano: el miedo. El miedo puede tomar muchas formas, nos puede llevar a la intolerancia, a enterrar nuestro sentido común y a odiar lo desconocido y desaprobarlo antes de tener una oportunidad de conocerlo. Es cierto, aborrecemos aquello que no entendemos.

Sería fácil encontrar ejemplos de xenofobia y racismo en siglos recientes. Pero “Heartburst” de Rick Veitch no está confinado a la Tierra. De hecho, sucede en una galaxia lejana, en un mundo que ha sido invadido por los terrícolas. Los humanos han esclavizado a los Ploo, una pacífica raza de humanoides que ha vivido en ese planeta desde siempre. Y como estos alienígenas representan lo desconocido, los tememos y odiamos intensa e irracionalmente.

Intentando preservar su “pureza genética”, los humanos han vedado las relaciones interraciales. El sexo entre un humano y un Ploo está estrictamente prohibido. Y cualquiera que desobedezca esa orden será sentenciado a muerte. Un día el inquisidor y su joven sobrino Sunoco Firestone visitan a una prisionera que clama haber venido de la Tierra. Nadie le cree, después de todo, incluso a la velocidad de la luz un viaje así tomaría siglos. De hecho, recién ahora, los humanos están recibiendo transmisiones de televisión emitidas hace 300 años; y en su ignorancia, asumen que estas transmisiones –viejos programas de televisión y propagandas– son la palabra indisputable del todopoderoso.

Pero Sunoco, de algún modo, sabe que esta religión no tiene sentido. Y una noche, mientras está en el circo con su mejor amigo, se enamora de una nativa Ploo. Al ser un jovencito calenturiento, no puede resistir la urgencia de tener sexo con esta alienígena. Así que copulan. Sunoco, ahora un hereje y un fuera de la ley, debe dejar todo atrás y aventurarse en las regiones salvajes e inexploradas del planeta.

Cuando pasan los años, Sunoco y su amada optan por caminos divergentes. Ella está embarazada y él teme que el fruto de semejante unión sea una monstruosidad. Sunoco envejece y es testigo de una salvaje guerra. Los humanos están aniquilando lo que alguna vez fue una orgullosa y pacífica civilización. Rick Veitch escribe una cautivante historia sobre el racismo, la intolerancia y el miedo; y debo resaltar su enfoque maduro, que me sorprendió mucho, especialmente teniendo en cuenta que esto fue publicado por primera vez en 1978, una época dominada por la censura y el convencionalismo.

Veitch ilustró Heartburst usando las técnicas más avanzadas de los 70, su dominio del aerógrafo puede compararse a los trabajos del legendario artista Richard Corben. Pero hay más, hay un admirable nivel de detalle y, por encima de todo, un auténtico amor por el color. Este es uno de los más asombrosos trabajos de coloreado de los 70 y 80; combinando todos los recursos técnicos posibles, Rick Veitch crea página tras página de espectacular arte. Lápices, tintas y colores se integran armónicamente en un exquisito e inolvidable festín visual.

“Heartburst and Other Pleasures” reimprime el clásico de los 70, y también incluye algunas historias cortas escritas o ilustradas por Veitch, como “Sneaky Pete” (Bedlam Comics), “Underpass” (Streetwise) y el magnífico “A Day To Remember” (Bananas Magazine, 1982), un alocado relato de ciencia ficción escrito por Bob (R L) Stine que me recordó a los mejores “Future Shocks” de Tharg en “2000AD”. Cuatro páginas de buen guión y estupendo arte.

No obstante, hay otra joya oculta aquí: “El espejo del amor”, escrito por Alan Moore e ilustrado por Stephen R. Bissette y Rick Veitch. Publicado originalmente en 1988, en AARGH! (Artistas Contra la Homofobia Descontrolada del Gobierno, en inglés) como una respuesta a los intentos de Margaret Thatcher de “erradicar” la homosexualidad en Inglaterra. En vez de una historia tradicional, Moore crea una suerte de ‘documental secuencial’, resaltando los momentos más importantes de la cultura gay a lo largo de miles de años. Como explica Veitch “Es un hermoso ejemplo del estilo rítmico que él había desarrollado en sus cómics comerciales, llevado a alturas de doliente lirismo”. Hay dos niveles narrativos que son ejecutados simultáneamente, el primero retrata hechos históricos y es dibujado por Stephen R. Bissette con ricas tintas y una textura como de pintura; el segundo nivel se enfoca en dos ángeles masculinos, amantes que comparten el goce o el sufrimiento dependiendo de lo que pasa en cada siglo.

Alan Moore empieza con animales, específicamente mamíferos, mostrándonos cómo los encuentros homosexuales son comunes en la naturaleza; luego pasa a la era paleolítica y a las primeras culturas humanas. De manera brillante y concisa, Moore enfatiza la arbitrariedad de la Biblia (en el Leviticus si un hombre come carne de cerdo ha cometido un pecado grave, y si un hombre tiene sexo con otro hombre también ha cometido un pecado grave) y las verdaderas razones políticas detrás de la desaprobación de ciertas prácticas sexuales. Luego se dirige a la Antigua Grecia y al Imperio Romano, ambos oasis culturales en los desiertos de la intolerancia. Habla sobre Safo y el amor entre mujeres que dio notoriedad a la isla de Lesbos. Y nos recuerda cómo la iglesia cristiana se convirtió en una institución discriminadora. Después del odio medieval, el amor finalmente resucita en el Renacimiento, aunque brevemente.

Luego llega la Inglaterra isabelina y la era victoriana, en la que la homosexualidad no sólo era considerada un pecado sino también una enfermedad. Algo que podía ser explicado por la ciencia y también curado. Vemos el juicio de Oscar Wilde, acusado de sodomía por el Marqués de Queensbury. Y luego Moore nos lleva a los encuentros sexuales clandestinos en baños públicos y a los inesperados –y bien documentados– casos de amor entre hombres en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Y luego llega Hitler, que no sólo exterminó a los judíos sino también a los homosexuales, obligándolos a llevar un triángulo rosado en los campos de concentración. Y luego llegan los 60 y los 70, con sus escritores, cantantes y artistas gays. Y el SIDA, que afecta a toda la humanidad pero que originalmente fue llamado la “plaga gay”.

Moore describe algunos momentos que nos rompen el corazón: “En mataderos, etiquetados con triángulos rosados, morimos por miles […] cuerpos apilados como si el fuerte y el desesperado hubiese trepado sobre la espalda del amado para escapar […] traicionando por fin nuestro amor, aquello que pensamos que no nos podrían quitar. ¿Podéis imaginarlo? ¿Podéis”. He visto docenas de películas sobre el holocausto, y siempre las recibo con la objetividad de un historiador. Esta vez, sin embargo, con una sola viñeta, Moore me ha conmovido de una manera que me resulta difícil de procesar.

Hay fuerza y poesía en la manera en la que Moore habla sobre los gays que luchan por sus derechos durante los disturbios de Stonewall. “El espejo del amor” me hizo sentir tristeza, rabia y esperanza. En cierto modo, ha sido como mirarme a mí mismo en el espejo, y encontrar algo que siempre había estado allí, a simple vista, y que no había notado antes.

Es importante desafiar las leyes y tradiciones cuando son injustas. “Me será rehusado ese cielo infestado con papas, policías, fundamentalistas, y en su lugar arderé feliz, bastante felizmente, con Safo, Miguel Ángel y contigo, mi amor”. En efecto, y autores como Alan Moore serán eternamente los guardianes del fuego.

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