Portada Espadas y brujas - Esteban MarotoNo recuerdo con exactitud cuál fue el primer cómic de Esteban Maroto que leí, pero soy consciente del efecto que causó en mí. El inconfundible trazo de Maroto quedó grabado en mi mente y, desde ese momento, me concentré en buscar más historias suyas, ya sea en las páginas de “Creepy” o incluso en títulos de DC como “Las crónicas de Atlantis” (magnífica miniserie que me gustaría reseñar este o el próximo año).

Así que, el 2013, cuando vi en una feria del libro la edición integral de “Espadas y brujas” sabía que tenía que comprarla; este lujoso tomo en tapa dura fue una ganga, quizás porque la editorial que lo publicaba (EDT) se había declarado en bancarrota y se estaba rematando el inventario completo. Es un poco triste ver cómo, a menudo, las editoriales españoles parecen haber sido maldecidas por un mismo conjuro de malévola insolvencia. Le pasó a Toutain, que publicaba “Creepy” en España, y luego a EDT, que reeditaba la obra de Maroto.

“Espadas y brujas”, como bien señala el título, se centra en relatos del género de “espada y brujería”, y son deudoras en buena medida de emblemáticos personajes como el Conan de Robert E. Howard. Maroto creó 3 personajes que, sin duda, rinden homenaje al bárbaro de Cimmeria. En primer lugar, Wolff, un guerrero solitario, de gesto adusto y espada siempre en mano. Wolff se publicó de manera serializada a fines de los 60s, y aunque las ilustraciones corrían a cargo de Maroto, el guión estaba en manos de Luis Gasca (quien firmaba bajo el seudónimo ‘Sadko’). Gasca intentó insuflar en estos relatos un estilo grandilocuente que no cuajaba del todo, y su enfoque formulaico y un tanto repetitivo hacen que el resultado final sea un tanto deslucido. No obstante, ya desde esta época, Maroto destacaba tremendamente gracias a su enorme imaginación visual y su espectacular sentido de la composición.

El segundo personaje se llamó Dax, y apareció por primera vez en los 70s, en las páginas de “Eerie”, reconocida revista editada por Warren. En esta ocasión, Esteban Maroto fue el autor completo; es decir, escribía, dibujaba a lápiz y entintaba cada una de las páginas de Dax. El resultado, desde luego, fue una obra de enorme belleza gráfica, que se complementaba con argumentos interesantes y bien planteados.

Viendo las páginas de Dax, es evidente que Maroto estaba en la cúspide, artísticamente hablando. Como señala Juan Miguel Aguilera en el prólogo, el talento de Maroto consistía en “convertir la página entera en una única y bella ilustración que tenía sentido por sí misma”, propuesta que Maroto conservaría y refinaría aún más en años posteriores; lo cierto es que “sus páginas mantenían un estilo inconfundible, entre barroco y modernista. Sus dibujos recordaban a las ilustraciones de principios del siglo XX, y a la vez parecían asombrosamente modernos”. Maroto tiene toda la destreza de los grandes maestros de la pintura y la ilustración, pero al mismo tiempo también posee la sensibilidad especial y la pasión del creador de cómics. “Su composición combinaba los elegantes y sinuosos trazos con los blancos del papel, las manchas de tinta y las tramas, para crear un conjunto extraordinariamente bello, por el que era un placer pasear la vista y perderse en los detalles”.

Finalmente, Korsar fue un personaje diseñado para cumplir con las exigencias de una editorial alemana. A diferencia de Wolff y Dax, Korsar tenía más aventuras eróticas que heroicas. Aunque los guiones a veces no eran del todo sólidos, el arte de Maroto brillaba con luz propia. Como podrán imaginarse, esa editorial alemana también se fue a la quiebra, y la editorial española que tradujo los primeros capítulos de Korsar eventualmente sufrió el mismo destino. De todos modos, para un artista de la talla de Maroto, el declive del mercado editorial español no fue tan catastrófico, y de hecho Roy Thomas terminaría buscándolo para colaboraciones en Savage Sword of Conan y otros títulos similares (como anécdota, habría que mencionar que Maroto fue el responsable de renovar el look de Red Sonja, alejándolo de la versión original de Barry Windsor-Smith y proporcionándole el conocidísimo bikini metálico, el mismo que la guerrera continua usando hasta la actualidad).

Maroto es uno de los más grandes artistas de España y uno de los mejores de toda Europa; sin embargo, como señala Josep Mª Beá en una entrevista “la crítica especializada inició una injusta campaña de desprestigio hacia Maroto en la que se empleó un ensañamiento rayano a la crueldad”. Al margen de polémicas y malentendidos, lo importante es que el legado de Maroto perdura.

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