The Light, de Nathan Edmondson y Brett Weldele

Otro relato del fin del mundo. En este caso la luz eléctrica transmite una extraña infección que hace que todo aquel que la mire se consuma en llamas al instante. El protagonista de The Light es un hombre con serios problemas personales. Su mujer le abandonó a causa de las palizas que le propinaba, es incapaz de mantener un empleo y tiene una peligrosa tendencia a empinar el codo con excesiva alegría. Tras el estallido del contagio, este irresponsable tiene que buscar dentro de sí todo el heroísmo de que es capaz para embarcase junto a su hija adolescente, que comprensiblemente le odia, en una huida hacia ninguna parte intentando evitar la luz.

Brett Weldele, quien se ha labrado un nombre como dibujante de Los Sustitutos, está impecable poniendo en imágenes esta historia desasosegante, pero poco atractiva escrita por Nathan Edmondson, joven debutante que se está fogueando en diversos proyectos de la editorial Image. Los zombies de la historia son algunos humanos que no arden inmediatamente, sino que, como en la canción de Neil Young, deambulan consumiéndose lentamente en el fuego mientras atacan a quien se les cruce en su camino extendiendo la infección.

El protagonista se protege con unas gafas de soldador y lleva a su hija con los ojos vendados por mucho que esta proteste. Ahí debe de haber una metáfora, pero yo no la pillo, la verdad. Poco a poco ambos personajes se van encontrando más supervivientes y juntos emprenden un viaje en busca de la madre de la criaturita, a ver si se ha librado del juicio final. Y ya no hay más. Qué frágil es el ser humano, qué dependiente es de los medios que ha creado, qué indefenso está ante la naturaleza, etc. Weldele se luce una vez más con un extraordinario uso de los contrastes de luz y sombra en un cómic en color. En su trabajo destaca la oscuridad, que es ominosa, pero sobre todo sus blancos cegadores. The Light es una miniserie que se construye como una especie de road movie camino a la redención. Durante sus cinco números el lector sigue adelante en vano, esperando que en algún momento le hagan la gran revelación, el propósito recóndito que debe albergar todo esto. Y como el guionista parece saber que se ha hecho un nudo con el conducto urinario, al final se siente obligado a incluir un texto en el que arroja alguna luz (¿lo pillan?) sobre qué demonios ha querido contar. ¿No es eso bien triste? Los chistes que hay que explicar siempre son los que menos gracia tienen.

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