Alan Moore avanzó un paso más en la saga de Top 10 con una miniserie dedicada al personaje de Smax. Una entrega en la que el humor predomina sobre el resto de los elementos que hicieron de las andanzas de aquel grupo de superpolicías algo tan disfrutable, hasta llegar a constituirse en una parodia de las historias de espada y brujería. Si usted no ha leído los antecedentes, no le diré que no vaya a disfrutar de este tomo de Norma Editorial, pero sí que le va a ser más difícil entrar en su mundo hasta saber de qué va esto y qué está pasando.

Como se vio al final de Top 10, Smax tiene que volver a su lugar de origen para asistir al funeral de su tío. Para el viaje, le pide a su compañera Toybox que lo acompañe. El destino resulta ser un bosque habitado por los personajes de los cuentos populares. Pero no se engañen. Tras la apariencia de unos dibujos animados de hadas, Moore aborda temas tan duros como la antropofagia, la violación, los maltratos infantiles y el parricidio. Una vez más el guionista inglés realiza un ejercicio de estilo reflejando la crueldad de fondo y la ligereza de forma de los cuentos en su orígen. Y así como aquellos se empleaban como metáforas con moraleja, el dragón al que se enfrente Smax será también un reflejo de sus propios demonios interiores.

Gran parte de la diversión de Smax está en la cantidad de referencias que el guionista maneja, desde las partes en que está dividido el cómic, cada una titulada con un con un verso de la canción Octopus de Syd Barrett, el músico que fundó Pink Floyd y que cantaba sobre gnomos hasta que se quedó colgado en un viaje de ácido, hasta la espada que porta el protagonista, una parodia de la que manejaba el Príncipe Valiente, disfrazada con tiras de tela como hiciera el personaje de Foster, pero en este caso para evitar que la espada cante canciones de ABBA, nada menos.

Y es que el mundo de Smax parece sacado de una fantasía lisérgica. Por él vemos desfilar a Luba de Palomar y al Hombre Enmascarado como peculiar taxista; Los Autos Locos de Pierre Nodoyuna con su perro Patán, y el John Carter de Marte creado por Burroughs; referencias al Macbeth shakespereano y a películas tan dispares como Metrópolis, Soylent Green, Hombres de Negro, Matrix, Toy Story y El Séptimo Sello de Bergman. Hay que saber apreciar todos estos guiños y estar muy atento para no perdérselos porque son lo que le dan color y, en el fondo, significado a la historia.

El guión desborda imaginación y está plagado de chistes verbales tremendamente sutiles. Hay que hacer un curso de cultura general para sacarle todo el jugo a las puyas que Moore lanza a Harry Potter, a los grupos indies de rock, a Spiderman y a las interminables genealogías de El Señor de los Anillos. A su lado el estilo caricaturesco que emplea Zander Cannon, el dibujante habitual de Top 10, para adecuarse al tono de Dragones y Mazmorras de la historia, palidece al ser muy mal servido por sus entintadores, y queda deslucido a pesar de emplearse a fondo parodiando las portadas de los discos de Yes y caricaturizando a personajes de Watchmen, Dragon Ball, Sandman y Alicia en el País de las Maravillas.

Pero aún así Smax es un producto trabajadísimo y altamente satisfactorio. Más adecuado, es cierto, para aquellos que atesoran las aventuras precedentes de la serie que para los neófitos, porque tras la brillantez de Top 10 y de su precuela The Forty-Niners, es probable que este sea el eslabón más flojo (aquella continuación guionizada por Paul Di Filippo no cuenta). Pero el eslabón más flojo de Alan Moore siempre es mucho más fuerte de lo que la mayoría alcanzará jamás.

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