La Edad de Bronce, de Eric Shanower

¿Era Heinrich Schliemann un pirado con suerte, un visionario o un tipo que sabía lo que se hacía? Cuando en 1873 encontró los restos de la ciudad de Troya, esta no era más que un lugar mítico como el monte Olimpo, un cuento que nos había llegado sólo en la forma de leyendas ilustradas por multitud de cuadros neoclásicos. Schliemann había seguido los datos que encontraba en La Ilíada y La Odisea, los poemas épicos de Homero, para dar con la ubicación exacta de la ciudad. La visión deformada de Troya perdura hasta nuestros días dulcificada por las aparatosas armaduras de la Grecia clásica y la visión cuasi-romántica de sus estatuas de cuerpos perfectos.

Los orígenes de la Guerra de Troya son dignos de un Falcon Crest micénico. En la boda de la ninfa Tetis y el rey Peleo, futuros padres de Aquiles, la diosa Discordia arrojó su famosa manzana sobre la mesa con la inscripción «para la más bella» escrita en ella. Afrodita, Atenea y Hera se disputaron la posesión del fruto y Paris, un príncipe-pastor que había crecido alejado del mundo, fue designado por Zeus, el padre de todos los dioses, para que emitiera su juicio. El soborno de Afrodita fue el más jugoso, el amor de la mujer más bella del mundo. Helena, la esposa del rey Menelao de Esparta, cayó rendida ante Paris y ambos se fugaron juntos a Troya. Afrodita ganó una manzana y las otras diosas consiguieron su venganza. El afrontado Menelao recurrió a su hermano Agamenón, rey de los aqueos, quien organizó un poderoso ejército para invadir Troya y rescatar a Helena, ignorantes de que la mujer se había unido por propia iniciativa a Paris.

Fue una misión a la que no todos se avinieron de forma gustosa. Tanto Aquiles como Ulises y otros afamados héroes pusieron todo tipo de impedimentos para unirse a la empresa, pero finalmente se embarcaron en una guerra que resultaría desastrosa para todos los implicados. Diez años duró el asedio. Tras la añagaza del conocido caballo gigante, Troya acabaría arrasada. El noble Héctor, paladín de los troyanos, moriría a manos de Aquiles, quien a su vez también perdería la vida. La reina de las amazonas sería violada y asesinada, Ajax sucumbiría en un naufragio durante el retorno a su hogar, Ulises se perdería en un periplo que duraría otros diez años antes de retornar a su Ítaca natal, Eneas escaparía del saqueo de la ciudad para fundar Roma, y Agamenón conseguiría volver a su patria sólo para sacrificar por error a su propio hijo al pisar tierra.

Las dos obras de Homero forman un corpus fantástico, como una maravillosa historia de Espada y Brujería en la que se mezclan las aventuras, la magia, los dioses, los monstruos y los sucesos extraordinarios. La visión que tenemos todos de estos hechos comienza con las pinturas magistrales de Sir Lawrence Alma-Tadema, continúa con el género cinematográfico del peplum y se refleja hoy en día en películas como El León de Esparta de Rudolph Maté, 300 de Zack Snyder, y Troya de Wolfgang Petersen. Nada más lejos de la realidad. En 1998 Eric Shanower, un joven guionista y dibujante de Florida comienza a publicar en la editorial Image una versión que recrea las leyendas de la antiguedad fundamentándolas en una minuciosa investigación. La Edad de Bronce de Shanower pretende contar los sucesos alrededor de la Guerra de Troya, la misma guerra y sus posteriores consecuencias siendo totalmente fiel a las fuentes históricas. Para ello se basa en una documentación exhaustiva de los datos, los peinados, los ropajes, la arquitectura y los paisajes.

Lo que podemos ver en el minucioso y realista dibujo de Shanower tiene bien poco que ver con las ideas preconcebidas que tenemos de Troya y sus batallas. El artista recurre a todo tipo de documentos. La Ilíada sólo cuenta un episodio dentro de la misma guerra. El autor confronta los diferentes mitos que se entrecruzan y cuentan complejas historias incompatibles entre sí, utiliza sesudos tratados de Historia, lee a Shakespeare e incluso se interna en obras del la Antigüedad Clásica y de la Edad Media en busca de los más exactos y completos datos. Cualquier mínimo detalle está pensado y justificado. En su afán de dar la más verídica ambientación a aquella época, Shanower ha decidido conscientemente evitar todo el componente sobrenatural en su relato. En esta Guerra de Troya no intervienen los dioses. Las motivaciones son siempre las pasiones humanas, y sólo ocasionalmente se recurre a sueños y visiones, más como componente de la mentalidad de la época y de sus supersticiones.

No veremos aquí nada que se parezca a las deliciosas ilustraciones hechas por John Flaxman para la publicación impresa de los poemas de Homero. El arte de Shanower retrocede hasta la Edad de Bronce tardía en Grecia en su intención de ser lo más históricamente exacto posible, de ahí el título de la obra. No dibuja templos clásicos, no hay columnas dóricas ni capiteles jónicos. La época de la Guerra de Troya real tiene más que ver con Micenas que con Corinto. Recurre a las pinturas y los grabados que han sobrevivido para reconstruir el aspecto de sus personajes, cuyos rostros tienen mucho en común con las máscaras funerarias hititas, y cuyo aspecto general recuerda profundamente a esculturas como el kourós y la korés. El reparto de La Edad de Bronce integra docenas de caracteres que Shanower sabe hacer distinguibles. Oportunamente incluye un glosario ilustrado con el quién es quién y mapas aclaratorios.

Eric Shanower sigue trabajando en otros proyectos con Ed Brubaker, pero con La Edad de Bronce está construyendo el trabajo de toda una vida al estilo de las grandes sagas. En 2001 y 2003 recibió el prestigioso premio Eisner y, comprensiblemente, la edición progresa muy lentamente. Eric Shanower reclama la herencia de Heinrich Schliemann y la actualiza. Esperemos que Shanower sea también un pirado con suerte, que su visión tenga la recompensa de público que merece. De lo que no cabe duda es de que sabe lo que se hace. A los seguidores de Murena de Dufaux y Delaby esta obra seguro que les gustará.