Engánchense a un culebrón clásico, una de esas historias que le hacen a uno reconciliarse con el ser humano. Anticuada, un tanto relamida y con toques de la Pollyanna de Disney, pero encantadora y adictiva, con todo el sabor de las comedias elegantes de los años 50 y el espíritu de lo cotidiano y lo doméstico. The Heart of Juliet Jones es una tira de prensa creada por el dibujante Stan Drake y el guionista Elliott Caplin en 1953, conocida en España como Julieta Jones. Era la época en se traducía el nombre de papas y reyes, de personajes ilustres y topónimos destacados. La era de Oliverio Twist de Carlos Dickens. La posguerra es también el momento del comic realista. Stan Drake es un dibujante de la escuela de Alex Raymond, pero con un trazo aún más delicioso que el autor de Rip Kirby. Previamente, como tantos otros artistas de comic, Drake ha destacado como ilustrador publicitario, mientras que Caplin, que es hermano de Al Capp, el creador de Li’l Abner, ha guionizado Big Ben Bolt para John Cullen Murphy, excelente en esa serie y más tarde una desgracia como sustituto de Harold Foster al frente de Prince Valiant.

Julieta Jones está protagonizada por una familia. Julieta, una muchacha de gran corazón, trabajadora, abnegada y apegada a los buenos y viejos valores tradicionales. Su hermana menor, Eva, es por el contrario una cabeza de chorlito. Vanidosa, mimada, egoista e infantil, será el contrapunto a la sensata Julieta. El tercer ingrediente será un padre buenazo, simplón y despistado. Con tres personajes que parecen salidos de Qué Bello Es Vivir, el motor de cada trama será la relación entre ellos y con sus vecinos, los enredos amorosos y la vida día a día en una pequeña ciudad norteamericana de provincias. Drake adopta un enfoque naturalista del dibujo, sus caracteres gesticulan, utilizan posturas reales, están captados en un instante de una conversación, no se limitan a posar. Stan Drake no compone cuadros prerrafaelistas, acude a los instantes íntimos retratados por Norman Rockwell. Una evidente inquietud gráfica le lleva a experimentar con soluciones muy imaginativas, como en la viñeta en la que una mujer rompe un espejo vista desde el mismo reflejo, y será pionero en el uso de la Polaroid para conseguir modelos del natural.

Elliott Caplin escribe un delicioso guión humanista y lleno de generosas dosis de sutil sentido del humor cercano a la fina ironía de las historias de Foster o Warren Tufts. Las reflexiones de algunos de sus personajes adquieren toques plenos de lirismo y cada elegante giro de las conversaciones está matizado con bonitos detalles en los que la sensibilidad y la inteligencia se hacen una. Aunque algunas situaciones les hagan abrir los ojos como platos, no se dejen agriar por el alcanfor que destilan los momentos más conservadores de la historia, sitúense en otra época pasada de moda, relájense y disfruten de una pequeña joya que en su tiempo gozó de gran popularidad y hoy está casi olvidada. Panini la rescató en dos volúmenes que recoge las tiras de prensa correspondientes al periodo 1953-1957 (la página dominical a color llevaba otra continuidad).

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