Raúl Anisa y Roger Ibañez llevaban ya varios años colaborando cuando entre 2007 y 2008 publicaron la trilogía barcelonesa que forma el primer arco argumental de Jazz Maynard. El personaje, que empezó a editarse por Dargaud, es su creación más conocida y celebrada. Se trata de un fino trompetista de jazz y ladrón de altos vuelos de gran parecido físico con Adrien Brody. Tras diez años en Nueva York, Jazz vuelve al barrio barcelonés del Raval, donde nació, para rescatar a su hermana de una red de prostitución, llevarla de vuelta a casa y verse envuelto en una complicada trama de corrupción política y policial, bandas gansteriles y luchas por el control de los bajos fondos de la ciudad.

Si, Jazz Maynard es un comic muy hollywoodiense. El protagonista es un 007 del robo, un héroe de acción con las habilidades de John McClane en La Jungla de Cristal, un tipo duro que lucha y dispara como un profesional mientras suelta chistecitos y frases lapidarias cargadas de chulería. Y Barcelona es el crisol de todas las películas de acción que hemos visto con todos sus estereotipos. Un entretenido producto de evasión, en suma, que hará las delicias de los fans de films como El Último Boy Scout, a la que se acerca en temática y ambiente de forma descarada.

El cómic contiene aciertos y errores a partes iguales. Roger, no voy a descubrir nada, es un gran dibujante de estilo expresionista, cuyos pinceles hacen de cada una de sus páginas un producto altamente disfrutable. Sin embargo, todas las mujeres le salen cortadas por el mismo patrón, sean prostitutas jamonas o periodistas intrépidas, como si cada página fuese una celebración del onanismo. Hey, no le culpo. Al fin y al cabo esto es diversión. ¿Cómo se le va a negar una generosa dosis de canalillos al lector comiquero de este género? ¿Verdad?

El guión de Raule, por su parte, describe una acción trepidante, repleta de buenos diálogos de cine negro, y de excelentes protagonistas y secundarios bien desarrollados. Busca el exceso en cada personaje, en cada frase, en cada página. Y le sale bien. Jazz Maynard es muy divertido dentro de su desmesura. Ahora bien, cuando Raule quiere ponerse sutil para dar doctrina, tira por la calle de en medio y fastidia la magia del momento. El periodista fachoso se llama Cuadras Vidal, el policía corrupto se llama Zaplana, el malo malísimo se llama José María Cebes. Tanta sal gorda es un recurso facilón, la bofetada en el mismo carrillo que acaba siendo esperpéntica.

Estoy seguro de que a muchos lectores esos juegos de palabras les parecerán la monda, pero a mí me parecen momentos ridículos que cuando se unen a las pintadas por las calles, la frase del “pasaporte catalán” y la reivindicación metida con calzador de un partido político ficticio llamado Bloque Rojo, me da la impresión de que entre toda la aventura me están queriendo colar un mitin al estilo de Azagra en El Jueves. Salud, anarquía y cerveza gratis para todos. Y no. Creo que abaratan un producto que es muy digno. Además las faltas de ortografía tampoco ayudan a escapar del tópico.

Y es que Jazz Maynard está plagado de clichés. Jazz es un ladrón de élite al que le sobra confianza y que siempre cae de pie pase lo que pase, los policías son violentos y corruptos, el barrio está lleno de idealistas luchadores por la libertad, los compañeros de Jazz son todos como para adoptarlos y el final épico es un pastelón a lo Con-Air. Nada novedoso. Pero aún así, como entretenimiento es de primera. El tomo de Diábolo recopila la trilogía, es precioso y tiene un papel excelente. Eso sí, es en blanco y negro, que abarata la edición, pero que hace que el dibujo pierda en profundidad y volumen. Lástima.

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