Como bien sabe Bruce Springsteen no hay nada peor que una promesa rota. A veces un sueño que no se convierte en realidad acaba siendo una mentira. El Velo es una novela gráfica en la que el guionista El Torres plantea una historia con un inicio fascinante y una resolución fallida.

Torres sabe escribir y lo demuestra con el monólogo interior de su protagonista, que guía toda la narración, pero pierde pie cuando quiere abarcar un relato de proporciones místicas. Chris Luna es una detective con una peculiaridad: puede hablar con los muertos. Si están pensando en Entre Fantasmas, la serie televisiva protagonizada por Jennifer Love Hewitt, están en lo cierto. En el mismo cómic se hace una referencia a ella. Pero como la propia Luna reconoce, aquí no es todo tan bonito ni tan limpio. Lastrada por un trauma de la infancia, la detective se encuentra sin blanca y tiene que volver a su pueblo para vender la casa familiar. Allí se encontrará con un amargo secreto y una situación aparentemente idílica que oculta una realidad mucho más dura.

No es en absoluto ajeno a la espectacularidad de El Velo el inmejorable trabajo del dibujante Gabriel Hernández. De trazo en apariencia descuidado, pronto se revela como un cuidadoso artista, con una personalidad original y definida, que queda patente en páginas nerviosas llenas de detalles y engalanadas con un colorido inteligentísimo. Así tras una primera mitad subyugante y con destellos de humor negro, el excelente planteamiento queda emborronado por una repentina ida de olla dentro de la tradición del misticismo superheróico que tanto daño ha hecho, por un deseo de abrazar conceptos grandiosos que no quedan justificados ni explicados. El desencadenante de la tragedia final está pillado por los pelos y lo que en principio se presenta con un enfoque realista para una historia de pura fantasía, lo que pretendía ir por una vena esotérica, lo que era un cuento absolutamente disfrutable, acaba tirando por los cerros de Úbeda, derivando en un ladrillo esclerótico y quedándose en ni chicha ni limoná, que diría Víctor Jara. ¿El puro mal hecho carne? Un chasco.

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