Una de las grandes obras del 2010, El Invierno del Dibujante es una labor de amor, una recuperación necesaria de la historia de un sueño, una derrota y una renuncia. Con las consecuencias de esa derrota comienza para ir luego contando la gestación de la revista Tío Vivo y cómo se viene al traste. Una publicación creada por parte de los autores más idealistas escindidos de la editorial Bruguera. Dibujantes entre los que se encontraban Escobar, Conti y Peñarroya. Los más combativos contra el Régimen, los que quieren abrir horizontes a sus creaciones, hartos de renunciar a su autoría y a sus originales, miles de páginas hacinadas de mala manera, maltratadas como despojos. El Invierno del Dibujante es un cómic poblado por todos los míticos creadores de personajes que han convivido con varias generaciones, aquellos con los que casi todos nos iniciamos y crecimos: Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, El Reporter Tribulete, Carioco, Gordito Relleno, Doña Urraca, Anacleto Agente Secreto, Agamenón, Los Señores de Alcorcón y el Holgazán de Pepón, Sir Tim O’Theo, y El Capitán Trueno.

Conducida por una extraordinaria labor de documentación nada despreciable, su autor, Paco Roca, zambulle de lleno en el ambiente de la posguerra con una portada de colores grisáceos que trae a la mente imágenes del NODO en blanco y negro. Roca se revela en El Invierno del Dibujante como un narrador extraordinario. Hace uso de una estructura meticulosamente calibrada, y sabe guiar a la perfección el ojo del lector con su cámara en páginas magníficas, como la sabia transición en plano secuencia que realiza en la apertura para llevar de la obra (los tebeos), su importancia social (el volumen de ventas de la época) y el público al que está destinado (el niño, que rechina un tanto al decir “por fa” en pleno 1959), hasta los autores de la misma y su lucha con la vida cotidiana a la vez que quieren convertir su arte en algo más libre y más adulto. Agrupado por capítulos, cada uno enmarcado por un color que ubica en la estación del año en que transcurre, El Invierno del Dibujante da saltos en el tiempo adelante y atrás. Se puede leer, pues, de dos maneras. Tal y como está presentado u ordenándose cronológicamente, aunque el efecto dramático es mayor de la primera forma por la contraposición de escenas que realiza el autor.

Como en la premiada El Arte de Volar, los personajes que pueblan El Invierno del Dibujante son perdedores de la Guerra Civil que se reconvierten en los capataces de los ganadores. Casi se puede oler el alcanfor en los despachos, sentir el frío de las estrecheces. Entre tanto color sutil chirría el rojo chillón del lápiz censor del director de la editorial, que paradójicamente ha pasado de represaliado del franquismo a peón en su juego, que diría Bob Dylan. Son actores cruciales en la historia del tebeo español, como Víctor Mora, desgarrado entre sus deseos de crear y sus obligaciones en la editorial; Francisco Ibáñez, que ahora es el rey, pintado como un principiante pacato y modoso en sus comienzos, casi ninguneado por los gigantes a los que admira; Silver Kane, desmitificado por su entrega a la labor administrativa paralela dentro de la empresa, casi la realmente importante. De entre todos destaca la otra cara que se ofrece de la reciente hagiografía cinematográfica que retrata a Vázquez como un pícaro simpático. Roca lo muestra como a un tipo mezquino, vividor y traicionero, que vende a sus compañeros para salvar su total falta de iniciativa. Cuya única rebeldía es robar el lápiz rojo y romperlo, sólo para que el editor saque una caja enorme llena de lápices rojos y el rodillo siga trabajando mientras Vázquez, superada su estéril batalla, se marche al bar entre mentiras y puñaladas por la espalda, malgastando su talento sin escrúpulos.

Paco Roca enseña en El Invierno del Dibujante los entresijos de la omnipresente y todopoderosa editorial Bruguera. Una factoría de sueños despojada de todo brillo. No es, en palabras del propio autor, la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Es una empresa que se centra en los intereses económicos, no en el romanticismo. No se mueve por ofrecer productos artísticos, no aprecia la creatividad. Es, en suma, parte del engranaje de control de la Dictadura. No hay brillo ni esplendor en esta historia, sino el mismo tono prosaico que ejemplifica la página en la que se cuenta el momento mágico de la creación de Mortadelo y Filemón. El Invierno del Dibujante es un cómic lento, reposado, con ese ritmo reflexivo y fatalista de la derrota, de una vida gris desprovista de glamour, en lucha contra las dificultades y contra el Sistema. Un trabajo extraordinario que, sin embargo, estrecha el público potencial de Roca, porque El Invierno del Dibujante es una obra muy específica, un cómic para autores de cómic, para críticos de cómic y para aficionados al cómic con interés por la historia del medio y con un bagaje sentimental y cultural a sus espaldas.

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