El Alcohólico de Jonathan Ames es un título que produce una sensación ambivalente y cuya estatura va creciendo en valor según nos adentramos en su lectura. La primera impresión es que esta es la forma en que el escritor ha decidido exorcizar sus fantasmas en público. Es posible que eso a él le haya servido de algo, pero no significa forzosamente que a nosotros, como lectores, nos tenga que interesar lo más mínimo. La novela gráfica de Ames se podría encuadrar dentro de esa tradición de relatos confesionales en los que se supone que por el mero hecho de que uno exponga sus miserias en público, ese relato cobre relevancia. La premisa de que esto es importante porque le ha pasado al autor y lo cuenta él mismo, en muchos casos se revela penosamente ineficaz.

El aparente discurso que se pretende con El Alcohólico es que sepamos que no hay nada romántico en ser un borracho. Que no es divertido. Que no existe la embriaguez lúcida. Que uno no se vuelve locuaz, sino un bocazas. Que con la bebida se pierden las inhibiciones, sí, pero para sacar fuera todas las bajas pasiones reprimidas. Que uno acaba por tornase un ser impertinente, insoportable y ridículo. No nos cuenta nada que no supieramos ya. Eso mismo ya lo hizo mucho antes Charles Bukowski y lo hizo mucho mejor. Nada nuevo bajo el sol. Y no sólo nos cuenta su zigzagueante peripecia con la bebida. También nos muestra sin pudor su apetito sexual por todo lo que se mueva, y lo mucho que le preocupa que se le caiga el pelo. Fantástico.

El dibujo de Dean Haspiel tampoco es para tirar cohetes y ayuda poco a que la historia gane en interés. Sin embargo según se avanza en la lectura, se hace patente que estamos ante un relato más que correcto y muy bien desarrollado. A pesar de que el dibujo de Haspiel sea poco atractivo, sabe ser expresivo y su narrativa es acertada. La vivencia existencial de Jonathan A., el protagonista y alter ego del autor, pasa de ser entretenida a convertirse en notable. Ames se centra en sus trastornos con todo tipo de adicciones, sus inseguridades y sus quebraderos de cabeza sentimentales que giran en torno a una relación casi obsesiva con un amigo de la adolescencia y una mujer de la que se enamora perdidamente.

Y es ahí cuando se manifiesta como lo que es: un buen escritor que sabe darle una estructura atractiva a su historia yendo hacia adelante y atrás para engarzar inteligentemente su relato. No tiene pudor en contar los sucesos más humillantes de su trayectoria, y lo hace con cierto desapego desmitificador que los tiñe de humor. Es cuando definitivamente profundiza dentro de sí mismo para revelarnos sus entrañas, cuando El Alcohólico acaba siendo finalmente adictivo. Así pues, el título es engañoso. El libro no gira en torno a la bebida. Las drogas de todo tipo son sólo un elemento más dentro de la peripecia vital de un hombre inseguro y perdido con el que en muchos momentos nos podemos sentir identificados. Con sus complejos, con su continua búsqueda, con su necesidad de amor.

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