Una vida con Batman, de Michael Ulsan
El próximo mes de mayo Planeta DeAgostini saca a la venta la biografía de Michael Ulsan, conocido productor e impulsor de toda la saga cinematográfica de Batman. A lo largo de sus 256 páginas Ulsan narra su pasión por el hombre murciélago desde la niñez, su faceta de coleccionista y todas las vicisitudes hasta conseguir la producción del “Batman” de Tim Burton en 1989. Para ir abriendo boca, la editorial ha comenzado a publicar pequeños fragmentos del libro. Aquí tenéis los primeros:

FRAGMENTO 1

Puede que mi madre me diera a luz, pero mis cómics me formaron y me convirtieron en la persona que soy ahora. Publicados todos los miércoles durante toda mi vida fueron siem­pre la siguiente aventura que acechaba en el ulterior rincón de mi cerebro, proporcionaron nuevo vocabulario al arsenal literario que acumulaba a los ocho años… «enemigo», «origen», «indestructible» o «invulnerable»… y fueron la Batcueva, el santuario secreto protector, donde podía escapar del mundo real y encontrar amigos, héroes y damiselas en apuros que no se burlaran de un crío que leía cómics. Eran el lugar seguro donde acurrucarse, tanto en un rincón tranquilo y retirado del patio del colegio, en la casita del árbol de nuestro jardín o bajo la sábana, de noche, con mi linterna de bolsillo de los boy-scouts.

¿Quién soy? Soy el niño cuyas nociones preconcebidas del instituto y las citas provenían de leer Archie Comics, Betty & Veronica y Jughead. Soy el tipo que al escuchar la palabra «Kent» piensa en superhéroe y no en cigarrillos. Soy el chaval que consiguió una «A» en su trabajo sobre El rojo emblema del valor sin haber leído el libro sino su versión en cómic para Classics Illustrated. Soy el aficionado que revisó todas las viñetas de todas las páginas de todas las historias de todos los números de todos los cómics para encontrar pifias sobre las que poder enviar una carta al editor y así poder llegar a ver mi nombre publicado en un cómic que tuviera el nombre de Bruce Wayne cerca del mío. ¿Bruce Wayne? ¿Alfred? ¿Dick Grayson? ¿El Joker? ¿Catwoman? ¿El Pingüino? ¿Dos Caras? ¿El Acertijo? ¿Batwo­man? Los conocía a todos. Personalmente. Lo sabía todo sobre ellos. Conocía sus orígenes secretos (después de que mi madre me dijera qué eran «orígenes»). Sabía dónde estaba aparcado el Batmóvil.

Sabía el nombre de la calle donde los padres de Bruce murieron acribillados. Sabía el nombre de pila del Comisario Gordon y el apellido de Alfred (los dos primeros apellidos de Alfred; había dos… ¡Una pifia!). Me sabía cada palabra que Bruce había pronunciado cuan­do «casi como respuesta, un enorme murciélago entra por la ventana abierta…». Conocía todos los trofeos de la Batcueva y la auténtica fecha del penique gigante. ¿Por qué sé todo eso y tengo la cabeza repleta de datos, detalles y definiciones que para vosotros no tienen la menor importancia pero que eran lo único que me importaba a mí mientras crecía? ¿Porque en mi interior nunca he llegado a crecer? Responder a eso es conocerme. Sí, me llamo Mi­chael Uslan. Pero él no es exactamente quién soy… realmente… en mi identidad secreta.

Soy el Chico Que Adoraba a Batman.

FRAGMENTO 2

Los cómics costaban 10 centavos. El verano que cumplí diez años elegí del revistero con el cartel «Hey, Kids! Comics!» de la Farmacia Wanamassa los nuevos ejemplares de Superman’s Pal, Jimmy Olsen; Action Comics y Superman’s Girl Friend, Lois Lane; y le solté al Sr. Lieberman, el farmacéutico dueño del lugar, una moneda de 25 centavos y otra de 5. Miró detenidamente mi triple adquisición y dijo, «Los tres serán 36 centavos, hijo». Sonreí y educadamente le dije que no, que los cómics costaban 10 centavos. Él le dio la vuelta al Jimmy Olsen y señaló un recuadro en la parte superior al que no encontré sentido alguno. En realidad, no podía… y me negaba completamente a… creerlo. El recuadro que siempre había señalado «10¢» o «Todavía 10¢» ahora marcaba «12¢». Lo miré fijamente, mientras esperaba que volviera a los «10¢» anteriores. No lo hizo. A los diez años recibí mi primera y desalentadora lección sobre algo llamado «inflación»… Algo sobre lo que ningún niño ten­dría que llegar a saber nunca. Me veía obligado a dejar uno de los cómics. ¡No podía hacerlo! ¿Cómo iba a dejar allí uno de aquellos tres números? ¡Los NECESITABA!