Hoy, noche de todos los santos, Halloween en los Estados Unidos, la noche de los sustos en la que los muertos salen a pasear, se estrena el que tal vez sea el acontecimiento televisivo del año, The Walking Dead, la serie basada en los comics escritos por Robert Kirkman. No desvelo nada nuevo si digo que Los Muertos Vivientes es una de las mejores series que se están publicando en el panorama del comic actual. Tampoco levantaré rugidos de sorpresa si afirmo que el gran mérito de la colección reside en el buen hacer de su guionista. Publicado en Estados Unidos por Image, y en España por Planeta De Agostini, Los Muertos Vivientes es un comic de horror. El horror al que asiste el lector y que le invade arrastrado por su profundidad psicológica y su análisis de la parte más negra del alma del ser humano. Porque, al igual que Watchmen no es un comic de superhéroes, sino con superhéroes, la obra de Kirkman no es un comic de zombies, sino con zombies. La presencia de zombies es la percha de la que se cuelga el escritor para mostrar la verdadera tragedia, la degradación moral en la que puede caer una persona llevada a una situación límite. La miseria de la que podemos hacer gala a poco que se nos dé la oportunidad. Tiene mucho más en común con La Carretera, la novela de Cormac McCarthy llevada al cine por John Hillcoat, que con George A. Romero.

Los aficionados parecemos tener siempre la necesidad de ver nuestro comic favorito llevado a la pantalla. No nos basta con que ese comic sea bueno y válido de por sí. Pareciera que el hecho de que se vea con actores reales le fuera a aportar algo esencial, cuando en la mayoría de los casos una adaptación cinematográfica lo que hace es cargárselo. No parece ser este el caso de la serie que produce la cadena de televisión AMC y dirige Frank Darabont, cuyo mejor trabajo es el largometraje conocido en España como Cadena Perpetua. Usted puede conocer el comic original o no, pero la primera secuencia atrapará a todos aquellos que no tengan ni idea del transfondo de la historia. Se trata de una entradilla totalmente nueva que evita lo que hubiera sido un comienzo demasiado lento y sumerge de lleno en la angustia del protagonista. La premisa inicial es sencilla. Rick Grimes es un policía de una pequeña localidad provinciana norteamericana que es herido durante un servicio. Despierta en un hospital que parece haber sido arrasado. Rick se encuentra con un mundo devastado, las calles están desiertas y cubiertas de cadáveres, zombies hambrientos de carne humana que intentan devorarlo. No entiende nada ni sabe cómo se ha llegado a esta situación, pero tiene que intentar sobrevivir y encontrar a su familia. A partir de aquí se desencadenan una serie de acontecimientos totalmente imprevisibles que no se rigen por los parámetros a los que el espectador pueda encontrarse acostumbrado.

La serie sigue punto por punto el excelente guión para el comic de Robert Kirkman. A pesar de lo fantástico del tema, se ciñe a unos presupuestos absolutamente realistas e imagina cómo el mundo y la vida cambiarían radicalmente en una situación semejante. No teme enfrentarse a los tabúes y se regodea en la violencia explícita, incluso con cierto abuso de la cámara lenta. Aunque no faltan las escenas de acción, no es esta una historia de persecuciones y peleas. Aunque los destripamientos son mostrados sin recato, no es tampoco un relato gore. La sangre y las vísceras se muestran en tanto en cuanto resultado lógico e inevitable de la montaña rusa en la que los personajes se ven envueltos. El primer episodio adopta el mismo ritmo pausado original que imprime Kirkman a su historia, pero introduce secuencias y conversaciones enriquecedoras de los personajes. El final, con la espectacular secuencia de Rick entrando en la ciudad, desata la acción trepidante y deja con ganas de más. El casting está bien pensado. Andrew Lincoln, antes visto en Love Actually, sabe interpretar a la perfección el sufrimiento del protagonista, un hombre sencillo que va a tener que endurecerse a la carrera. Será interesante ver su evolución, porque nadie está seguro en Los Muertos Vivientes. Los personajes son mutilados y torturados, sufren pérdidas, se degradan, se corrompen y mueren. La mayor parte de las veces a manos de sus congéneres, no de la amenaza de los zombies. Pronto el espectador se dará cuenta de que no puede tener ninguna presunción porque el discurrir de los acontecimientos lo va a sorprender una y otra vez.

Hábilmente se han evitado los paralelismos con 28 Días Después. Cuando Rick despierta en el hospital y sale a la calle, la imagen no se asemeja en nada a la película de Danny Boyle. No hay aquí tanta desolación, y sí da más la sensación de que ha llegado el fin del mundo. Los zombies se parecen más a los monstruos estúpidos y lentos de George A. Romero que a los hiperveloces de Dead Set. La ambientación y el maquillaje son perfectos, y los parcos efectos especiales están bien conseguidos. Por fin se ha alcanzado la proficiencia técnica necesaria como para dar verosimilitud aventuras que antes sólo eran imaginables dibujadas sobre el papel. Los Muertos Vivientes es una cima de la narrativa por la introspección psicológica de sus personajes y el clima que se desarrolla poco a poco sobre sí mismo hasta explotar. Ha ido más allá de lo que iría cualquier otro comic. Ha mostrado sin reparos la parte más negra del alma humana. Cada uno de sus personajes ha evolucionado hasta un punto en el que ya no hay vuelta atrás. Kirkman nos ha dado una lección de cómo se cuenta una historia y de cómo somos en realidad. Nos engaña ralentizando la peripecia, tomándose su tiempo. Habrá quien se queje y diga que no aparecen bastantes zombies. Que no hay suficientes mordiscos ni tripas. Es la calma que presagia la tormenta. Como una lombriz que se interna reptando en la arena, vuelve a rugir el salvajismo. Primero como un rumor, lejano, pequeño, hasta que va creciendo y se desata de nuevo alcanzando una vez más cotas insospechadas. Si la serie de televisión consigue reproducir con la fidelidad que lo hace el primer episodio lo que Kirkman ha creado en el comic, hará historia.

Lo que interesa en The Walking Dead es la evolución de los caracteres en su día a día, sus cambios físicos y la transformación gradual y muy medida de su personalidad. Aquí nada es totalmente blanco ni totalmente negro. Al mismo tiempo consigue mantener el suspense contínuamente, obligando a aguantar la respiración en perpetua fascinación y tensión en un cliffhanger constante. Las voces descontentas que reclaman mayores niveles de acción y que se quejan de que la historia sea demasiado reflexiva no han entendido el propósito de Kirkman. El guionista estadounidense está revelando nuestra propia naturaleza bestial. Muy al contrario de lo que apuntan las críticas, está yendo cada vez más lejos, mostrando unas cotas de espanto difícilmente superables y dejando el listón muy alto. Si hay un comic imprescindible hoy en día, es este. Un clásico moderno del presente y del futuro que nos señala con el dedo para recordarnos la máxima de Hobbes: El hombre es un lobo para el hombre. O un muerto viviente. El primer episodio de la serie televisiva es una experiencia muy inteligente e intensa. Ahonda en la psique de los personajes y apunta ya su futura degradación. Los protagonistas evolucionarán y se transformarán en seres cada vez más sombríos, revelando facetas ocultas de su personalidad. Más tarde Los Muertos Vivientes será un muestrario de las miserias humanas, por lo pronto este primer capítulo está lleno de compasión. Con el estreno en nuestro país en ciernes a través de Fox, y el número 12 del comic calentito en las estanterías, el festín está asegurado. Huh… a lo mejor festín no era la palabra más adecuada.