Poster Noviembre - Achero MañasA veces no basta sólo con cambiar el mundo, es más a veces no se quiere cambiar el mundo.

Transgredir las normas establecidas, contestar al sistema, derribar los muros que nos encierran como encierran las vallas de un corral al rebaño, es tan solo un señuelo del propio sistema. Un placebo que sacia ese ansia de libertad y de cambio, un aislante que nos deja chillar lo más fuerte que podamos, sabiendo de antemano que nuestros gritos nunca se oirán mas allá de nuestros oídos. La libertad del ser humano para cambiar el mundo es la mejor defensa del sistema contra el cambio del mismo. Es la gran mentira del hombre, la anestesia total, la correa que afloja cuando tiramos, pero que no suelta jamás. Nadar para morir ahogado en la orilla.

Y es que quizá no se trate de cambiar el mundo. Cada vez que un individuo o individuos tratan de cambiarlo, de mejorar las cosas o incluso de empeorarlas, ellos mismos cambian con él. Todos evolucionan o involucionan juntos, el sistema se defiende adaptándose a los cambios que los seres humanos realizamos en él. Nos deja hacer, ve como realizamos los cambios, a donde queremos ir a parar y una vez está todo dispuesto y efectuado, él se adapta sin sufrir trauma alguno, dejando todo según estaba, justo en la misma proporción de la que partimos. Él no ha ganado ni ha perdido peso específico respecto al ser humano, pero si ha ganado otra vez la batalla. Su meta permanecer inalterado. La nuestra alterarlo. Gana el sistema.

Es imposible modificar el sistema agrediéndolo, lastimándolo, traumatizándolo. El se defiende, se encuentra a gusto en ese tipo de lucha, nunca venceremos.
Solo desde la introversión del cambio saldremos vencedores esta guerra anti-sistema.

Debemos mostrarnos indiferentes ante él. No necesitamos cambiarlo, tan solo vivirlo, disfrutarlo, sentirlo y padecerlo. Siempre desde un fin nada pretencioso, sin más miras que exprimir aquello que nos ofrece a modo de caballo de Troya y que si lo tomásemos como arma arrojadiza se convertiría en boomerang y acabaría por destruir nuestras pretensiones. El sistema está deseoso de nuestros ataques, de nuestra lucha. Anhela que le golpeemos cuanto más fuerte mejor, ya que nuestros golpes le harán más rocoso y nos debilitarán dejándonos una sensación de victoria tan agradable como falsa.

Si nos centramos en nosotros mismos, partiendo del mundo exterior, con todo lo que nos ofrece y arribando a la orilla de nuestra propia conciencia estaremos cambiando algo contra lo que el sistema no puede luchar, algo que es parte de él, pero sobre la que no tiene dominio alguno. Algo que no puede manejar a su gusto ni a lo que se puede adaptar.

Un cambio sin pretensiones de mejora social, económica o del propio ego. Un cambio hacia la paz interior, hacia el bienestar interno, un viaje a las raíces, hacia la singularidad de un agujero negro cuyo punto de máxima densidad es capaz de absorber todo lo que le rodea incluido el propio sistema. Si conseguimos ese cambio habremos cambiado el mundo, habremos conseguido modificar ese granito de arena sin que el gran montón pueda disimularlo.

Evidentemente, no todos los seres humanos están capacitados para llevar a cabo una empresa de tal dimensión. Es necesario tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestro interior. Pero eso es una tarea bastante difícil. El sistema sabe de este fallo en su desarrollo y lucha contra él a base de ofertar distractores que nos a apartan del camino y el conocimiento. El sistema es poderoso y tiene recursos casi ilimitados. Dinero, éxito, fama, reconocimiento social e incluso desarrollo del ego. Este último distractor es el más peligroso ya que es fácilmente confundible con la toma de conciencia de uno mismo.

De esto trata la genial película de Achero Mañas. Un grupo de amigos deseosos de expresarse se reúnen para formar un grupo de teatro. Un grupo homogéneo en su idea inicial pero muy heterogéneo en sus formas y su fin.
Esta película, a caballo entre el documental y el cine, deja que sus protagonistas años después del tiempo en que transcurre la historia, nos cuenten a modo de entrevista como sucedió todo. Cuáles eran sus inquietudes, sus deseos e ideas por aquel entonces, y como la perspectiva del tiempo transcurrido había variado o no su manera de ver los hechos.

Podemos ver como en grupo supuestamente homogéneo en su idea franquicia no todo era unidad, ni en el fondo ni en las formas. Había integrantes cuya finalidad era triunfar como actores y actrices, había componentes cuyo fin era la denuncia social y recurrían al terrorismo social si era necesario y había personajes cuya finalidad era liberarse de las ataduras que el sistema les imponía tanto por el lado mas tradicional del sistema como por el lado anti-sistema mas radical.

Es aquí, en la contraposición de finalidades dentro de un grupo donde sus miembros inician el camino con una supuesta misma meta, donde se ve como el sistema es capaz de confundir y envolver al ser humano para no dejarle ganar la partida.

Todos comparten de inicio la idílica meta de hacer algo que cambie el mundo aunque sea ínfimamente. Algo con lo que sentirse a gusto, algo que les haga diferentes al resto de seres que les rodean y de los que piensan son perros falderos de lo establecido. Algo que impacte, que hiera la sensibilidad de lo corriente, que haga pensar y escandalice.

Pero es ahí donde hay que andarse con ojo y donde la mayoría de los personajes excepto el protagonista caen en las redes del sistema. Unos sumidos en la ignorancia se dejan llevar por la inercia del vagón donde se montaron y del que se quieren bajar. Su cobardía les impide seguir comprometidos con la lucha, pero a la vez les impide dejar el grupo. Tienen miedo a los dos bandos, ellos solo querían actuar al mas puro estilo convencional.

Otros inmersos en la vorágine de la lucha anti-sistema, radicalizan sus métodos de combate y abandonan el camino para instalarse en una posición opuesta a los cobardes pero tan poco válida como la suya.

Solo el personaje de Oscar Jaenada se instala en el término medio. Lucha, hace y deshace. Propone situaciones que los demás no terminan de entender o que entienden mal. Su lucha es interior. No combate para demostrar nada, es más, no quiere reconocimiento público. Su actuación es la representación externa de sus reflexiones internas. Sufre cuando alguien interpreta mal sus obras y les da un tinte revolucionario al uso. Su revolución es espiritual. Pretende llegar a ser consciente de si mismo y si con ello hace reflexionar a otros su causa tendrá mucho más valor aún, pero ese no es su fin, tan solo un maravilloso efecto colateral.

Al final, uno comprende el error que supone exteriorizar reflexiones internas. Exteriorizar supone poner a juicio del sistema algo que si se hubiese guardado hasta que estuviese completo y finalizado, hubiese triunfado y que de esta manera queda expuesto al ataque si piedad de un sistema que devora todo aquello que le amenaza. Fue buen propósito pero muy mal plan.

Es una historia de donde podemos sacar muchas reflexiones y cuya banda sonora invita a tener esperanza, a luchar y a no darse por vencido, pero también invita a hacerlo del modo correcto. Sin grandes victorias pero con pequeños golpes ganadores continuos, que no dejan levantarse al adversario. El corte sublime “Luzía“ es el mas claro exponente de esta idea.

Creo que el director ha vengado a su protagonista y donde él fracasó, Achero Mañas triunfó. Vestida de película revolucionaria, pero sin transcendencia, genera en el interior de al menos ciertos espectadores esos daños colaterales y esas reflexiones necesarias para lastimar el sistema. Esta película es un caballo de Troya que el sistema ha acogido y que golpea duro en su interior.