Tal vez magnificamos las cosas que nos marcan de niños. V fue una serie mítica de los años 80. Aquella “de los lagartos”, en la que unas naves alienígenas aparecían sobre el cielo de las principales ciudades de nuestro planeta y unos extraterrestres pacíficos y bondadosos, pero extrañamente fríos y militaristas, contactaban con la humanidad para intercambiar mutuo conocimiento y beneficio. Pronto se revelaría que bajo esa fachada se encontraban unos seres de aspecto reptiliano con aviesas intenciones. La audiencia entera se quedó pegada a la pantalla, imágenes imborrables, como la archiconocida de la mala de la serie dilatando su mandíbula para tragarse una rata viva, impactaron en nuestras retinas, y docenas de frases y gestos pasaron a formar parte del imaginario popular. Ahora los americanos han visto que disponen de los medios para volver a contar la misma historia en condiciones, libre de aquel entrañable aspecto kistch ochentero que poseía la original.

Ha acabado la primera temporada del remake que se han marcado y la sensación es un tanto desasosegante. Sí, uno empieza a verla con cariño y expectación, se remueve en el asiento al ver situaciones conocidas llevadas a la pantalla con la suficiente espectacularidad, pero pronto empieza a notar cabos sueltos mal explicados. Nunca quedan suficientemente claras las motivaciones de nadie, no se acaba de comprender la existencia de lagartitos buenos, o cómo son capaces de encontrar atractivos a los humanos hasta llegar a enamorarse si para nosotros ellos son tan repulsivos.

Según avanza la acción, los protagonistas se muestran poco atractivos, a excepción de Kyle Hobbes un tipo cínico, una especie de antihéroe, a quien da vida Charles Mesure, y la sensación general es de una ligera indiferencia. Fastidiosamente, la puesta al día hace incidencia en elementos más místicos y se obvía toda la simbología nazi que tantas connotaciones daba a la serie original, quedando aquí sustituida por un sutil mensaje de cómo la sociedad civilizada debe defenderse del terrorismo con medios que no nos equiparen a los terroristas.

El hallazgo es la nueva malvada, Anna, encarnada por Morena Baccarin. Su físico, su sonrisa enigmática, su hieratismo, sus desconcertantes parpadeos reptilianos, la forma de su cráneo y la manera en que mueve la cabeza, componen el inevitable foco de fascinación. Baccarin logra construir una villana más carismática que la que recordamos aquellos que ahora peinamos canas, si aún tenemos la suerte de peinarnos todavía, cuando vimos la serie original de niños. De todos modos, las escenas de acción pretenden ser trepidantes, pero son tan mareantes como un carrusel. Eso sí, los efectos están bastante bien para ser una serie de televisión. Al final, la nueva V promete más de lo que ofrece y el entretenimiento inicial da paso a una trama excesivamente alargada, lenta y aburrida, como un coitus interruptus con el condón puesto.

A los la vean con nostalgia les parecerá interesante, pero decepcionante. A los que no saben nada de Dayana ni de Mike Donovan, V les resultará un entretenimiento curioso, pero finalmente poco satisfactorio. Ni siquiera el supuesto dramático cliffhanger final es lo suficientemente impactante.