Crítica Sólo en casa

¿Qué niño de 8 o 9 años no ha soñado alguna vez con quedarse una temporada solo en casa y alejado de las pertinentes reprimendas paternas o el carácter quisquilloso de sus hermanos? El bueno de Macauly Culkin lo tenía bien claro y sus promesas no tardaron en cumplirse. A la mañana siguiente de su convencida conjura tras un altercado con las pizzas de queso, su familia al completo se encaminaba a París mientras él quedaba plácidamente dormido y, por ende, olvidado por el resto, dando pie a una trepidante aventura cinematográfica que incluía gamberradas infantiles, miedos viscerales relacionados con el sótano a los que hacer frente y una apoteósica batalla asimétrica contra dos cacos un tanto patosos a los que castigar con ingeniosas y macabras trampas. Y es que Solo en casa es básicamente eso, entretenimiento navideño para toda la familia que, a pesar del esquematismo de su planteamiento, ha sido encumbrada como una de esas cintas inmortales que todos recordamos con una amplia sonrisa en el rostro y momentos juveniles de verdadera diversión; una película, en fin, de nuestro Dulce Cine de Juventud y, además, ¡navideña!.

Sólo en casa puede identificarse como el punto de inflexión cinematográfico que marcó el final del género de aventuras Amblin de los 80’s y dio inicio a una tendencia que buscaba un público objetivo más familiar y, consecuentemente, más amplio, de la que se erigiría como gran abanderado el propio Chris Columbus. Si en años pretéritos este había escrito el guión de clásicos del cine juvenil como Gremlims, El secreto de la Pirámide o Los Goonies, ahora le llegaba el turno para ejercer como director con esta apuesta segura escrita por el prestigioso John Hughes a la que seguiría su secuela, La Señora Doubtfire, Nueve Meses o las dos primeras entregas de la saga Harry Potter (es una lástima que su carrera se haya ido al traste en los últimos años). Lo cierto es que la ternura, la comicidad evidente aunque no por ello menos eficaz de las rocambolescas situaciones que retrata, el ritmo fluido y ameno de la trama, o la acertada caracterización de los personajes que Columbus imprime a sus cintas, hacen de su cine un producto redondo para un consumo masivo a la vez que satisfactorio. No en vano, la película en cuestión logró unas cifras de recaudación estratosféricas, además de adquirir una popularidad que aún hoy continua detentando de forma evidente, pues, ¿quién se atreve a replicar que no ha visto Solo en Casa alguna vez en su vida?

La película gira en torno a la figura de Kevin McCallister, un niño de ocho años que vive con su numerosa familia (es francamente una tarea imposible contar todos los hermanos y primos que desfilan por la pantalla) en una coqueta e imponente casa de un barrio residencial cualquiera, todo un deleite para ladrones con visos de dar un buen golpe aprovechando las vacaciones navideñas. Curiosamente esas que emprenden la familia McCallister al completo, o casi, tras una frenética mañana de prisas y desconcierto general. Kevin se despierta en medio de la soledad más absoluta y se percata de que está solo en casa; es entonces cuando una mirada pícara desvela el entusiasmo inicial del niño ante una libertad hasta ahora inédita en su vida. Sin embargo, no todo será diversión y parranda. La situación adoptará un cariz preocupante cuando un inefable dúo de cacos muestre su disposición a desvalijar su hogar y el joven ‘hombre de la casa’ deba erigirse como el único escollo que salvar antes de llegar hasta el botín.
Solo en Casa no puede entenderse sin el carisma de un niño prodigio como Macaulay Culkin, quien daba inicio aquí a una fulgurante carrera cinematográfica que lo llevarían a cosechar éxitos como Mi Chica, El buen hijo o Niño Rico, y que desembocaría poco después en una espiral de drogas, sexo y descontrol hasta su defenestración definitiva como actor (sus recientes intentos de resurgimiento no han resultado). No obstante e independientemente de la triste historia en la que devino su vida, debemos reconocer el prematuro talento de Culkin, capaz de sostener todo el peso de una película gracias a su sorprendente comicidad y su verborrea de ‘niño grande’ (como apunte anecdótico, señalaremos que su hermano, Kieran Culkin, también intervenía en un breve papel como Fuller, el primo meón de Kevin). A la vertebración cómica de la película también contribuyó la descacharrante interpretación de Joe Pesci y Daniel Stern como los torpes y desgraciados malvados de la función, un risible dúo enzarzado permanentemente en disputas que nunca llevaban a nada.

Solo en casa nos regala un puñado de escenas inolvidables que, a pesar de la simpleza de su sentido del humor, son enormemente efectivas desde una perspectiva cómica. Aunque sea duro reconocerlo, todos nos hemos reído con esa fantástica recreación fílmica doméstica que Kevin adaptaba a las exigencias del guión para asustar al pizzero de turno a los ladrones que lo acosaban y que acababa con la mítica frase de «quédate con el cambio sabandija asquerosa»; o con esa colosal gymkana de trampas a cual más cruel estratégicamente colocadas a modo de barricada hogareña (qué momento cuando ambos cacos quedan colgados en la cuerda que los lleva a la casa del árbol o viendo cómo ardía en llamas las cabeza del fantástico Joe Pesci tras ser prendida por un soplete).

Sólo en casa es una película con la que todos hemos disfrutado por su genuina capacidad de provocar la carcajada sin descuidar un argumento elaborado y bien filmado por un maestro del género como Chris Columbus. Es una lástima que la secuela, aunque conservaba un espíritu deudor del original y se reforzaba con personajes geniales como ese curioso grinch amanerado interpretado por Tim Curry, perdiera parte de su comicidad en su tramo final debido en parte a que repetía la misma fórmula en un escenario diferente.

Con las fechas navideñas a la vuelta de la esquina, se va haciendo pertinente desempolvar nuestro reproductor de VHS y poner la cinta que tantos buenos ratos nos hizo pasar cuando éramos más jóvenes y menos exigentes. Y si no, esperaremos a que las cadenas de televisión hagan honor a su demostrada falta de originalidad en la programación de las fiestas y vuelva a proyectarla, una vez más, para el goce de su público. Mientras tanto, aquí os dejamos con su flamante entrada en nuestro icónico ciclo de Dulce Cine de Juventud.