Hoy día nadie duda del peso que ha cobrado el guionista Aaron Sorkin en el panorama de la industria hollywoodiense. Ganador del Oscar el pasado año por su adaptación a la gran pantalla del libro de Ben Mezrich, que dio lugar a la película de David Fincher La Red Social, cada uno de sus nuevos proyectos se recubre de una cierta pátina de prestigio que eleva la expectación hasta niveles a todos luces desmesurados. Moneyball es, en este sentido, un producto de la notoriedad de su guionista. O al menos en cuanto a la hipotética calidad fílmica que atesora y que lo han integrado entre las películas mejor consideradas del año y, por ende, entre las candidatas al preciado Oscar.

El resto es cometido de un vigoroso Brad Pitt que protagoniza cada uno de los planos de una trama concebida para su lucimiento personal en la piel de Billy Beane, director deportivo de un humilde equipo de béisbol que decide revolucionar el mercado de adquisiciones de jugadores a partir de un novedoso programa estadístico ideado por un anodino empleado al que da vida Jonah Hill (su nominación al Oscar bien podría ser una cruel inocentada). La clave se halla en contratar a deportistas con un perfil adecuado a las necesidades del equipo y prestando una especial atención a sus propias estadísticas obviando el renombre cosechado a lo largo de su carrera o la percepción que de ellos detentan los espectadores, para así constituir un equipo equilibrado y, sobre todo, eficaz a la hora de ganar partidos.

La fórmula maestra, si bien descartada de antemano por los directivos del equipo e incluso del entrenador (un Phillip Seymour Hoffman desaprovechado), consigue funcionar una vez los planes de Beane se ponen en práctica y coloca a los Athletics de Oakland a la cabeza de la tabla clasificatoria con una racha de victorias histórica a pesar de contar con uno de los presupuestos más bajos de la división. Sin embargo, Moneyball no se centra en la épica remontada del equipo en el terreno de juego, sino que focaliza su atención en la frenética acción desarrollada en los despachos, donde los jugadores se intercambian como productos de un mercado implacable y las cifras se imponen como único dato fiable para llevar a cabo toda una transformación verídica en el modo de concebir el juego.

Con estos ingredientes, Moneyball no deja de ser un drama deportivo al uso aunque con ciertos matices que lo diferencian del género más tradicional, en la medida en que las negociaciones ocupan más espacio que el propio juego. No obstante, el fondo sigue vinculado a la épica consustancial de todo deporte, esa que apela a cierto espíritu de superación y entronca con los típicos eslóganes de marcas deportivas donde nada es imposible a pesar de todo parezca indicar lo contrario. Ahí es donde radica la verdadera fuerza de la película de Bennett Miller (realizador de Truman Capote con, esta vez sí, un sensacional Hoffman) pues, al fin y al cabo, ¿quién no se emociona con la clasificación in extremis de un equipo humilde en una competición de gigantes (el caso del Mirandés aún está cadente)? Se trata de un sentimiento universal que va más allá de particularismos nacionales o características de diferentes deportes; es el valor del esfuerzo, de la determinación, del arrojo.

Por lo demás, Moneyball es una película mediocre que no salva el supuestamente brillante guión de Sorkin (me gustaría saber deslindar un buen guión de una buena película, pues desde mi punto de vista son exactamente lo mismo) ni la interpretación “estelar” de Brad Pitt. Con una carrera en sus espaldas de cierta calidad (en los últimos años fundamentalmente: El árbol de la vida, sin ir más lejos, es un buen ejemplo), se nos antoja paradójico que se alce con la estatuilla gracias al perdedor Billy Beane y su particular equipo de lisiados y marginados de béisbol. No obstante, las decisiones de la Academia son inescrutables y, de hecho, forman parte del espectáculo. Mientras tanto, aquellos que disfruten con la consustancial épica de los dramas deportivos basados en hechos reales al más puro estilo norteamericano tienen una cita con una película que se deja ver con cierto agrado a pesar de su desmesurada duración, pero en la que no encontrarán mucho más talento que el de Brad Pitt luchando contra el mundo.