Al comienzo de la película, Matt King, personaje al que da vida George Clooney en un portento de madurez interpretativa, reclamaba su derecho a sentirse desgraciado, abandonado e irremediablemente triste, a pesar de vivir en Hawaii y ser uno de los propietarios de tierras más respetados (y próximamente millonarios) del archipiélago del Pacífico. Lo que asevera, en cierto modo, es que hasta el más bello paraíso puede joderse de la forma más absoluta. De poco importa el azul intenso del mar, las playas de arena fina en las que tumbarse bajo una sugestiva palmera, la placidez constante del clima, el lujo de sus casas coloniales, o la envidiable posibilidad de hacer tu vida en pantalones cortos. Si tu mujer está en coma en el hospital y además te enteras de que te ha engañado con otro hombre ante tu propia pasividad de marido ausente que debe ahora ejercer de padre de dos hijas disfuncionales con una manifiesta carencia de cariño, nada te puede salvar de tu desgracia, ni siquiera el paraíso soñado de la mitad de la humanidad.

Categorizar a Los Descendientes como una tragicomedia supone, así pues, un ejercicio de ironía que roza el mal gusto, a no ser que nuestro sentido del humor sea cómplice de esa gigantesca comedia humana de la que todos formamos parte y que incluye las miserias, paradojas y conatos de felicidad que jalonan nuestras vidas. Matt King no esboza una sonrisa en toda la trama, ni siquiera las personas que lo rodean tienen suficientes razones para mostrar un estado de alegría fingido. Es, por el contrario, el drama el que sobrevuela en todo momento los actos y caminos emprendidos por sus protagonistas; el dolor por la pérdida, la rabia por una traición que en el fondo se siente como algo merecido, el desapego familiar, la inconsistencia de una vida que parece carecer de sentido…


No obstante, Alexander Payne posee una admirable habilidad para hilar una historia de evidentes resonancias trágicas sin caer en un tremendismo sombrío. Es más, consigue imprimir una naturalidad que no es más que el fiel reflejo de la propia existencia humana, esa concatenación de momentos tristes, instantes de fugaz felicidad y una rutina omnipresente que se aleja de los discursos graves de grandes hombres en situaciones límite. Los Descendientes fluye de forma amena (aunque en ciertos momento se debate de forma peligrosa con el tedio) y sencilla en un escenario de una belleza incomparable tras los dubitativos pasos de un hombre en su propia encrucijada moral, desorientado entre el amor y el odio, con el que, no obstante (y desde un enfoque personal) resulta difícil empatizar.

Payne ya había demostrado su ingenio y talento en Entre Copas, una tierna historia de dos parejas que se enamoran y desenamoran al mismo tiempo que degustan una cantidades ingentes de vino californiano; y ahora regresa con una película llamada a ser la protagonista de una interesante temporada de premios espoleada por la figura inconmensurable de George Clooney que, independientemente de si consigue o no tejer la mejor interpretación de su carrera, soporta todo el peso de la trama de forma eficaz e incluso notable. Los Descendientes no es una película grandilocuente, ni siquiera es una película que merezca más reconocimientos que su propia sencillez; únicamente nos narra una historia dramática en el seno de un paraíso terrenal que desvela la frágil consistencia de la felicidad humana.

Elevar la nueva película de Payne a la categoría de obra maestra o cima absoluta del año puede resultar todo un despropósito pues, personalmente, no creo que ni el propio director lo pretendiese. Contentémonos, pues, con una historia sencilla, bien dirigida e interpretada, tan fácil de ver como de olvidar, que aporta una visión sin complejos de la pérdida y el dolor.