Crítica La Pasión de Cristo

La Pasión de Cristo: una vuelta al barrocoCorría el siglo XVI cuando los principales representantes de la Iglesia Católica y del poder político afín se reunían en Trento con la finalidad de acabar con los movimientos protestantes iniciados poco antes por Lutero, Calvino o Zwinglio. De estas reuniones prolongadas a lo largo de 18 años se establecieron una serie de pautas a seguir tanto en lo ideológico como en lo formal. Para éstos, eran tiempos convulsos en los que el paganismo y la herejía invadían el mundo y sólo si actuaban podrían poner remedio a tiempo.

A partir de entonces, todas las representaciones religiosas deberían situarse en un espacio real para el espectador, cercanas al espectador, a su realidad, verosímiles. El mensaje debía llegar de forma violenta, directa y para ello, ¿que mejor tema que la Pasión de Cristo?. El martirio era el instrumento perfecto para conmover el alma del espectador, sólo mediante el dolor y el sufrimiento es comprensible el mensaje de la Iglesia, todo ello envuelto en una nueva estética. Las imágenes se pueblan de escenas que se desarrollan en ámbitos cotidianos, dinámicas, cargadas de dramatismo y horror. La sangre y el detalle es uno de sus elementos diferenciadores, la imagen de Jesús como un hombre que sufre y se sacrifica por aquellos que le martirizan. Esto vino a llamarse Arte de la Contrarreforma, cuyo apogeo se desarrolla en el siglo XVII en Europa en aquellas regiones principalmente católicas, entre ellas, España (espíritu que aquí pasará a formar parte de su propia cultura hasta ser considerada la única válida y propia, engrosando nuestra propia leyenda negra).

Tres siglos después, el director de cine Mel Gibson, posiblemente, inconsciente de lo que ponía encima de la mesa, realiza una película que vuelve a todos estos principios. La «Pasión de Cristo» es un espectáculo visual religioso realizado a modo de retablo cuyas principales escenas se marcan mediante el uso de la cámara lenta, un ritmo pausado y una consecuente banda sonora. El ultra conservador director recurre a todas estas, descritas anteriormente, en pleno siglo XXI con una intención clara de denuncia ideológica bastante inapropiada para la mentalidad americana. Ésta en una película más propia de la mentalidad católica europea, (entendiéndose el escándalo producido en aquellos mares). El ataque frontal (emanado originariamente en el texto bíblico) a la comunidad judía es evidente y ante acontecimientos contemporáneos adquieren mayor importancia. Las dos horas de metraje resultan una dramática, “realista” y tremendista recreación del texto bíblico formada con una excelente fotografía, una buena interpretación de sus actores (destacar a Jim Caviezel como Jesucristo) y un constante uso de imágenes procedentes de la historia del arte religioso (por ejemplo, el Descendimiento, imagen exacta a la obra de Van der Weyden). Un conjunto que hace una muy buena película que bien podría definirse como una obra de arte religioso, con todo lo que eso conlleva y significa en el siglo XXI.