En el actual panorama cinematográfico tener un marcado estilo que te diferencie del resto no es un mero capricho circunstancial; significa ser fácilmente reconocible por un grupo de espectadores que se van a sentir identificados con tu modo de entender el séptimo arte y que, por ende, van a apoyar tu obra incluso cuando el ingenio desfallezca. Naturalmente, cuanto más nutrida sea esa comunidad de incondicionales, mayor proyección tendrá la carrera profesional del cineasta. Álex de la Iglesia es un ilustrativo ejemplo de cómo, aún detentando un carácter creativo que podríamos catalogar como ‘complejo’ para el gran público, conseguir hacerse un hueco entre los realizadores españoles más respetados del país gracias al entusiasmo de su legión de adeptos cinéfagos.

Puede que por este motivo sienta un especial respeto por la figura de De la Iglesia y lo que su cine representa, aunque no comparta parte de los preceptos en los que se basa. Hoy día nadie puede dudar del talento del director vasco y su visionaria capacidad para trasladar a la gran pantalla un intenso imaginario personal alejado de cualquier otro autor contemporáneo, no obstante, su irredento gusto por la desmesura, por los giros dramáticos ‘vodevilescos’, por el histrionismo de sus personajes o por esa cierta apariencia de teatralidad que inunda sus obras, termina por suscitar una perceptible antipatía por parte de todos aquellos que no hayan aceptado religiosamente el culto a su cine.

En su anterior película, Balada Triste de Trompeta, todos los rasgos apuntados se conjugaban en una poderosa vorágine visual con una historia que se prestaba a ello, de modo que la experiencia podía ser relativamente gratificante para el espectador; sin embargo, el contexto en el que se desarrolla su nueva película, La Chispa de la Vida, provoca que el exceso tragicómico de De la Iglesia ahogue una brillante premisa argumental de posibilidades dramáticas infinitas. La historia de un hombre desesperado por un dilatado periodo en paro que se convierte por unas horas en una estrella mediática internacional tras caer accidentalmente del andamio de un teatro romano en reconstrucción y quedar postrado con una barra de metal atravesada en su cabeza sin solución posible, nos sumergue en un intenso drama en el que se entrecruzan el morbo voraz de una sociedad entregada al espectáculo, la hipocresía y el oportunismo de los líderes políticos, el dolor de una familia que presencia cómo la vida su marido/padre se desvanece ante los ojos de millones de espectadores, y la determinación de un hombre por tener su minuto de gloria tras una vida de fracasos en la que cree no haber realizado nada reseñable.

El punto de partida es sensacional, más aún en un momento histórico para nuestro país en el que los níveles de tolerancia de la ciudadanía están alcanzando límites insospechados por una crisis que cada vez parece más una estafa que una realidad. Sin embargo, De la Iglesia no consigue adoptar el tono adecuado para desarrollarlo, adolece de esa chispa de destreza necesaria para hilvanar una sucesión de hechos sobre los que nos arroja de forma brusca y apresurada, sin un mínimo de coherencia interna que explique el modo por el que hemos llegado hasta ese teatro romano (localización, por otro lado, muy oportuna para insertar la inmortal metáfora del ‘pan y circo’) donde se desarrolla buena parte de la trama. Una vez allí, el dibujo de los personajes se caricaturiza de un modo peligroso, configurando un coro de máscaras grotescas que obedecen a simples patrones de buenos y malos en el marco de un espectáculo extravagante conducido entre arrebatos esquizofrénicos e instantes con una evidente falta de ritmo.

Las interpretaciones de sus protagonistas, por otro lado, no consiguen franquear la frontera que impone esa vaga sensación de irrealidad que impregna la trama. José Mota, aunque con un talento sobresaliente también para el drama, no deja de parecer algo forzado en la mayoría de las escenas de la película, mientras que Salma Hayek parece estar más entregada a una rídicula lucha contra su acento gringo que a su papel como la doliente esposa del accidentado. El resto de actores componen una variopinta tropa de freaks muy del gusto de De la Iglesia que flaquean en cualquier intento de parecer creíbles.

La Chispa de la Vida es una película decepcionante sobre una historia brillante dirigida por un director con cierto aspectos geniales pero tendente a derivas autodestructivas. Hay detalles en la película que resultan de gran interés y que incluso consiguen matener la atención del espectador durante los 90 minutos de su metraje, pero finalmente el poso dejado es el de una experiencia fílmica incompleta, tan sugerente como insatisfactoria.