Jobs cartelNarrar hechos reales o basados en personajes que existieron en la realidad es un recurso más que usado por el Hollywood actual, que ante la escasez de ideas recurre a este tipo de historias más fáciles de vender. El biopic, a su vez, se ha probado como una buena manera de llamar la atención de los espectadores y de la academia, no en vano determinado tipo de artista es muy atractivo a la hora de contar qué fue de él en una película, dado la particular dualidad que atesoran. Ahora mismo recuerdo en los últimos años exitosas películas como Ray o En la cuerda floja, que además permiten a sus actores protagonistas enfrentarse a jugosos papeles que siempre suelen reportarles un más que merecido reconocimiento.

En ese aspecto, Jobs no difiere en casi nada de los ejemplos citados: es un biopic de manual que comienza con una escena en un determinado momento, en 2001 en la presentación del Ipod y retrocede en modo flashback para contar los orígenes y posterior desarrollo del protagonista, un Steve Jobs que es descrito como un genio motivador con una capacidad especial para atraer hacia sí el talento de las personas que le rodean y con una visión muy particular del mundo de los negocios, en contraposición con su dificultad para tratar a las personas de una manera cordial o de combinar esa visión de cómo deben de ser sus productos con los procesos normales de cualquier empresa con un grupo de accionistas al que hay que contentar.

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Ni el guión ni el director logran aportar nada que diferencie a esta película de cualquier otra que quiera llevar la vida de un personaje conocido e importante de los últimos años al cine. Por desgracia, la labor de Jobs es de sobra conocida por el gran público, pero no es tan pegadizo ni fácil de comprender todo lo que hizo como sí lo son la vida de políticos, cómicos o artistas de la pintura y la música. Aquí hay dos vertientes importantes por los que la película pasa muy por encima: el producto en sí mismo, en qué consiste la idea personal de Jobs sobre lo que quiere vender; y por otro lado los tejemanejes empresariales que se dan en toda gran corporación como ésta. Y la película no se centra en ninguno de los dos, de hecho deja de lado cualquier cosa que no tenga que ver con Apple, cuando en su vida real Jobs tiene otros logros, como por ejemplo la fundación de Pixar, la empresa de animación más importante de la historia de Estados Unidos.

Ashton Kutcher lleva sobre sus espaldas el mayor peso interpretativo de esta película, quizás en su papel más arriesgado hasta la fecha y pese a no ser uno de mis actores favoritos, o al menos lejos de esas comedias románticas en las que se ha especializado, aquí no me ha desagradado en ningún momento. Ha ce suyo al personaje con muy poco, dejándose la barba, con un curioso peinado y un peculiar modo de andar. No es una interpretación que vaya a ser nominada a los Óscar, pero no lo hace mal, poco más podía aportar con un guión tan conservador. En el plantel de secundarios hay nombres conocidos como los de Dermot Mulroney o J. K. Simmons.

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En definitiva, Jobs no es una película que quede en el recuerdo y ni mucho menos la versión que un personaje como el fundador de Apple se merecía. No es mala, pero no emociona en ningún momento y suena a ya visto. Cada vez tengo más claro que el futuro de este tipo de proyectos debería ir por el camino marcado por La red social, por ejemplo o en forma de documental como el de Senna, que es uno de los mejores que he visto últimamente. Curiosamente, para el año que viene el propio Aaron Sorkin prepara un guión sobre Steve Jobs que esperemos llame más la atención que éste que se acaba de estrenar.