Gran Torino se resuelve como una oda a lo que fuimos y queríamos ser, a lo que somos y queremos ser. Un Eastwood magnífico en la dirección y en la interpretación, como siempre, nos sorprende con una obra en la que deja caer los muros hechos a base de prejuicios, clichés y tópicos que rodean a una sociedad norteamericana tan abierta al resto del mundo como cerrada en sus convicciones.
Un patriota exacerbado, excombatiente en Korea, poseedor de un Ford Torino, uno de los grandes símbolos estadounidentes y radicalmente contrario a todo aquello que huela a “nuevos tiempo”, se ve obligado a convivir rodeado de una comunidad de inmigrantes orientales a los que odia por el simple hecho de ser “amarillos”.

Tras la muerte de su mujer y verse “solo” en la vida, poco a poco y muy a su pesar empieza a darse cuenta que algunas de sus ideas más arraigadas no son tan ciertas. A medida que empieza a conocer a su familia vecina oriental y a involucrarse, sin querer, en su vida, va desterrando de su cabeza ciertos clichés absurdos sobre la raza que tanto odiaba. Se da cuenta que color de la piel aparte, todos somos personas que sufrimos y amamos igual vengamos de donde vengamos y que los estereotipos definen a un grupo, no a una persona por mucho que pertenezca a esa comunidad. Son generalidades basadas, en la mayor parte de los casos, en leyendas y tradiciones, que pueden permanecer aun hoy en día, pero que en su mayoría, gracias a la globalización están desapareciendo del mapa, tan sólo quedando presentes en la mente de los más retrógrados.
Con el tiempo se convierte en parte de la familia oriental, cuida de ellos y vigila que nadie le haga daño, ya que son presa fácil de un sociedad de guetos y prejuicios donde la ley de la selva impera.

Todo esto hace que los cimientos morales y convicciones sobre los que había construido su vida desde joven, se tambaleen y caigan pesadamente sobre una conciencia ahora atormentada. El pasado regresa para golpearle y castigarle por su vida intolerante y criminal (legalmente amparada, aunque moralmente nauseabunda) contra los que ahora son su “gente”.

Se replantea el patriotismo radical, la familia y otras tradiciones tan establecidas que se acatan mecánicamente sin pensar si están bien o mal o si se quieren o no se quieren. Duda tanto de todo esto y tanto le atormenta que al final entrega su vida por la gente que le enseñó que una cosa es lo que somos y otra bien distinta es lo que queremos ser, por la gente que le enseñó que una familia y una vida no se construye con y por tradición, si no con amor, cariño, tolerancia y comprensión.