Recientemente hablábamos aquí mismo de La Carretera, otra película ambientada en un mundo post-cataclísmico. Un film duro, realista, y una bofetada colectiva en nuestros rostros, que nos enfrenta con lo peor de nosotros mismos y con nuestra responsabilidad como responsables sobre este mundo que estamos enviando al garete. Llega ahora El Libro de Eli, una faceta más amable, más comercial, del mismo poliedro. Un espectáculo casi familiar, al fin y al cabo. Pocas sorpresas podemos esperar en el largometraje dirigido por los hermanos Hughes, anteriormente responsables de From Hell, y sí una historia bien rodada y bien fotografiada que acaba resultando un entretenimiento mejor de lo que uno podría pensar si no se hace demasiadas ilusiones. Denzel Washington vuelve a hacer de impasible protagonista que cruza una tierra desolada llevando consigo un codiciado objeto, un libro, y Gary Oldman, con una nueva interpretación afectada, repite papel de malo histriónico que quiere el libro de Washington.

Tras un presumible holocausto nuclear cuyo origen se supone en una guerra de carácter religioso, el mundo está cubierto de cenizas y escombros. Los seres humanos que quedan intentan sobrevivir y organizarse, algunos de ellos, aunque no de forma generalizada, como ocurre en The Road, recurriendo al canibalismo. Pero no es este un ambiente tan crudo ni sobrecogedor como el de la película de John Hillcoat. Aquí florecen los punkys bien alimentados y con gafitas de diseño, los tipos grandes y musculosos con aspecto de Ángeles del Infierno que parecen pasar más tiempo en la peluquería que intentando encontrar comida. Los villanos son tópicos malos de película, hay bonitas peleas meticulosamente coreografiadas y llamativos efectos especiales. Pero es esta una espectacularidad visual que resta credibilidad a la historia, aunque haga de ella un buen entretenimiento. Sin más. Si usted quiere un poco más de profundidad, notará que al lado de La Carretera, El Libro de Eli palidece.

Las inconsistencias narrativas la convierten en una mera película de aventuras casi esquizofrénica, que tira en dos direcciones diferentes y se traiciona a sí misma una y otra vez. La protagonista femenina es demasiado diestra luchando. El combustible, las armas y el alcohol no parecen agotarse nunca. El héroe recibe varias heridas que no parecen afectarle. Los malos cometen errores de bulto para permitir que prosiga la narración. Incluso hay estúpidos apuntes humorísticos totalmente fuera de lugar. La sensación de escasez no parece agobiante, la gente no está demacrada, y uno no acaba de comprender cómo hay comunidades organizadas con tiendas, bares y un sistema de trueque. Los protagonistas soportan intactos un tiroteo parapetados tras una pared de madera mientras vuelan astillas a su alrededor. El bueno parece estar en todas partes a la vez, le disparan y no es rematado. Las armas y la ropa se abandonan en lugar de ser atesoradas como bienes preciados…

Pero a pesar de todos estos deslices que, evidentemente, se revelan como fastidiosas concesiones comerciales, El Libro de Eli posee aciertos a partes iguales que la convierten en otro Mad Max. No es una gran película, pero sí un divertimento con el requerido final espectacular que le dejará a la salida del cine con buen sabor de boca y no con el mal rollito que proporcionaba La Carretera. Un asunto aparte es la filosofía que, en su fondo, albergue el film. Otro mensaje de fe y esperanza para los Estados Unidos. De creencia en el poder de la palabra y en el viejo adagio que preconizaba “nombra algo y lo poseerás”. Porque en estos tiempos de zozobra y amenazas fundamentalista, esta película apela al corazón religioso de la América espiritualmente asustada y económicamente deprimida. Una filosofía con la que usted puede estar de acuerdo o no, pero en todo caso se sentirá reconfortado con la justicia poética del final. Porque, en definitiva, eso es lo que espera ¿no? Que gane el bueno y el malo sea castigado. Y, no cabe duda, los buenos somos nosotros ¿verdad?