«Dexter», la serie y las novelas que sirvieron de inspiración

La esperada quinta temporada de Dexter acaba de empezar. Confirmando el buen momento de forma de las series televisivas, no es este el típico caso de «Me gustó más el libro que la película». Al contrario, los guiones para la pequeña pantalla son bastante más interesantes y están mucho más logrados que las novelas de Jeff Lindsay en las que se basan. Imagino que ya saben de qué va la cosa, pero por si las moscas les pondré en antecedentes. Someramente, Dexter es un analista de sangre que trabaja para la policía de Miami. Pero Dexter tiene otra personalidad más oscura dentro de sí. A Dexter le gusta torturar, rebanar a rodajitas y finalmente asesinar gente. Oh, no le vale cualquiera. Dexter es un muchacho encantador que sigue un código. Se cerciora de buscar entre sus víctimas a personas realmente detestables, criminales que merecen esa muerte horrible, y los quita de enmedio asegurándose de no dejar rastro que pueda llevar hasta el amable funcionario que todos conocen y quieren. Hay más, claro, mucho más. Detalles que iluminan el pasado de Dexter y su infancia como niño adoptado; una hermana aspirante a detective que se siente a la sombra de Dexter; un padre adoptivo que es un policía con más secretos de lo que parece en un principio; su madre biológica y su papel en el pasado del protagonista; su novia, una mujer maltratada, separada y con dos niños… Detalles enriquecedores de la trama que es mejor que descubran por ustedes mismos.

Mi primera reacción ante un éxito televisivo que me llama la atención, si está basado en alguna novela, es acudir a las fuentes originales y leer los libros. Por alguna razón atávica prefiero mantenerme alejado de la pantalla del televisor. Debe de ser como eso de pasar las uñas por una pizarra. La programación de los canales me eriza el vello y le recuerda la amenaza de la fiera al neardental que hay dentro de mi. Jeff Lindsay es un orondo escritor de best sellers que ha dado con la creación de su vida con el personaje de Dexter Morgan, del que ya lleva cinco novelas publicadas en su país natal, Estados Unidos, claro, cuál va a ser. Lo que atrae de los relatos de Lindsay es cómo ha sabido formar un gran carácter lleno de contradicciones y adentrarse en su forma de pensar. Cada historia está contada desde el fondo de la mente del protagonista poniendo de manifiesto el choque entre su supuesta falta de emociones y la vida normal que pretende llevar para ocultar al monstruo que lleva en su interior. Lo malo es que adolecen de un desarrollo tópico y un final por lo general desastroso. Tanto El Oscuro Pasajero como Querido Dexter son novelas curiosas, pero no apasionantes, no son historias que atrapen hasta el final. Es el personaje lo que es grande, no lo que escribe el autor. El resumen en la contraportada de la tercera novela, Dexter en la Oscuridad, me hizo echarme para atrás y ya no seguí leyendo más libros de Lindsay.

Afortunadamente la serie de televisión sigue al pie de la letra los libros en que se basa sólo al principio. Pronto se desvía de las soluciones más facilonas y poco a poco va tomando giros más interesantes con una entidad propia, aliviando, comprensiblemente, los momentos más escabrosos, para enredarse más en rocambolescos lazos familiares. En Dexter, la serie, hay generosas dosis de hemoglobina, pero las novelas son el escaparate de un charcutero. El Dexter de la pantalla es un asesino en serie que sigue sus reglas repitiéndose a sí mismo una y otra vez que no tiene emociones ni sentimientos, que no es capaz de relacionarse con otras personas, que no es un ser normal.

Paulatinamente, sin embargo, vamos descubriendo según avanza la historia que el protagonista se involucra en la vida de los seres que tiene cercanos más de lo que quiere admitir. Dexter niega su propia humanidad, pero se engaña a sí mismo. Su verdadero yo interno choca entre su capacidad de empatizar y sus reflexiones pretendidamente amorales en un acertado uso del monólogo interior lleno de socarronería que replica la narración en primera persona de las novelas, pero con mayor fortuna. Estos guionistas son la pera. Y Dexter ya se ha convertido en uno de esos iconos de los que basta con pronunciar el nombre de pila para que todo el mundo sepa a quién se hace referencia. Cuando ustedes leyeron el título de este artículo sequro que nadie se preguntó: «¿Dexter qué?»

No cabe duda de que Dexter es una serie de televisión extraordinariamente bien hecha, con pequeños guiños visuales llenos de humor negro y guasona desvergüenza para poner al espectador en situación. A este respecto no se pierdan los impagables los títulos de crédito. Un entretenimiento que engancha, tiene buen ritmo y cuyos capítulos se suceden uno tras otro sin alargarse artificialmente, con efectivos cliffhangers al final de cada uno. Es una serie en la que en cada episodio que vemos pasan cosas. El protagonista es Michael C. Hall un tipo que si bien en la primera temporada compone un canalla entrañable, pero inquietante, en la segunda temporada se convierte en un auténtico villano extrañamente atractivo. Con cada nueva temporada la actuacion de Hall va creciendo con su personaje llegando a alcanzar verdaderos buenos momentos. Sin embargo, en un principio, me parece poco acertado para encarnar el papel de Dexter. A pesar de haber recibido todo tipo de parabienes y premios, no me resulta ni lo bastante encantador cuando tiene que serlo, ni lo suficientemente frío cuando es necesario. Y me fastidia su elaborada edificación capilar. Mea culpa, tal vez, por haber cometido el pecado de leer las novelas primero y, en consecuencia, haber formado mi propia imagen de Dexter en mi cabeza. Al cabo de cuatro temporadas ya me he ido acostumbrando a los manierismos de Hall, pero no puedo dejar de sospechar que Dexter hubiera sido aún mucho más efectiva con otro actor al frente. Con todo me quedo con Jennifer Carpenter, quien encarna a la hermana de Dexter en la serie y, encima, es la mujer de Hall en la vida real. Suertudo.