Conciso y al grano: Thor es la peli del año. Sobre todo si se ve sin prejuicios y como si uno no supiese el origen de la historia que va a contemplar. El director, Kenneth Branagh, está a la altura de su buen hacer demostrado en obras de raíz shakespeariana que tanto tienen en común con este largometraje, con sus motivaciones y con sus pasiones. Anthony Hopkins borda la solemnidad, el suyo es todo un papelón. Natalie Portman da un recital con una actuación como corresponde a una actriz oscarizada. Y Chris Hemsworth, conocido en estos lares por ser el reciente marido de Elsa Pataky, se revela como un intérprete con un talento parangonable al de su brillante esposa.

Qué argumento tan bien hilvanado aún para ser una película de desbordante fantasía. Qué diálogos tan creíbles, a pesar de estar encajados en un relato de ficción sin límites. Qué profundo viaje de iniciación y redención perfectamente hilvanado. Y es que Thor, la película, es la suma de una trama inteligente, de una acción subyugante y de un espectáculo tremendamente divertido. Qué peliculón, por Odín. Si los dioses de verdad existieran, deberían de ser asín (atención al ripio). O sea, un capitulillo más en el puzzle cinematográfico que está montando Marvel.

¿Qué quieren que les diga? Que se han gastado un pastón, pero el Thor de Stan Lee y Jack Kirby sobre el papel era el que molaba un puñao. Sin prejuicios.