A pesar de la cercanía geográfica y la vinculación cultural consecuente con nuestro país, la cinematografía francesa es una industria que poco o nada tiene que ver con la precaria producción fílmica española. Ya sea por el chovinismo histórico característico de su sociedad o por la calidad superior de sus propuestas, susceptibles de traspasar fronteras e internarse con éxito en los mercados internacionales; la particularidad radica en que una película como Pequeñas Mentiras sin Importancia (Le Petit Mouchoirs), un producto a priori intrascendente, de tintes melodramáticos y sin atractivos significativos, recaudó 32 millones de euros en tan sólo seis semanas, erigiéndose como la película más taquillera de 2010 en el país galo y siendo legitimada unánimamente por la crítica. Un fenómeno que difícilmente podríamos extrapolar a nuestro ámbito, donde la cuarta entrega de la sublimación del casticismo patrio, Torrente, constituye la única excepción popular a un panorama colonizado por la oferta estadounidense.

Más allá de inevitables (y desasosegantes) comparaciones con la industria comercial de nuestro país vecino, es preciso dignificar, por otro lado, la calidad de sus obras, a las que ha sabido imprimir un inconfundible sello de autenticidad fácilmente reconocible respecto al resto de cinematografías. Nadie como los franceses han cultivado el melodrama con tanto acierto y profundidad a partir de un género híbrido que se adecua fielmente a los matices, claroscuros y particularidades de la existencia humana. La vida no es ni un arduo camino de sufrimiento ni una fiesta constante ajena a responsabilidades o complicaciones; por lo que el cine, como reflejo indisoluble de esta, no puede ceñirse a un retrato parcial subdividido en comedia o drama. Resulta, así pues, más veraz y constructivo conjugar ambos aspectos hasta configurar una producto final desconcertante aunque auténtico.

Pequeñas mentiras sin importancia detenta esa reconocible aura melodramática por la que vascula a lo largo de su metraje entre la tragedia y el más entregado culto a la vida y la diversión. De hecho, podríamos aventurar que la película se construye a partir de una estructura circular marcada por los hechos acaecidos en su inicio y que vuelven a emerger en su desenlace. Mientras tanto, en su desarrollo, un cierto ambiente de alegría, complicidad y ‘buen rollo’ es el que impera sobre los ineludibles dilemas personales de cada uno de sus protagonistas.

La principal virtud de la película de Guillaume Canet, reconocido actor francés visto en Quiéreme si te atreves (2003) o Juntos nada más (2007) devenido ahora en director de éxito tras el thriller No le digas a nadie (2006), es el minucioso retrato de sus personajes, los cuales componen una historia coral donde sus respectivos problemas e inquietudes se entrelazan suscitando profundos sentimientos canalizados por la amistad que se profesan. El escenario en que se inserta, un paraje marítimo delicioso, lleno de luz y con un ambiente muy mediterráneo (aunque corresponda a la parte atlántica francesa), posibilita aún más la eclosión de esas emociones, adversas o no, desatadas entre la comicidad continua de un grupo de amigos que pasan juntos sus vacaciones.

Dicha historia coral no se sostendría, por otro lado, sin el trabajo excepcional de un elenco actoral en estado de gracia que dotan de espontaneidad y viveza a una película de dos horas y media de duración. Y es que la compleja tarea de mantener el interés de un espectador con atención dispersa (más aún si no es una sala de cine donde proyecta la película) precisa de una buena dosis de dinamismo y acción constante, que ayuda a conseguir cada uno de los actores, desde la internacional Marion Cotillard, hasta el sensacional Francois Cluzet, pasando por Gilles Lelouche, Benoit Magimel o Jean Dujardin (premiado en el pasado festival de Cannes por The Artist). El romanticismo inconsciente, la intensidad emocional, el ambiente festivo y nostálgico, o la fabulosa selección musical de su banda sonora (incluido el Firstful of Love de Anthony & The Johnsons), también contribuyen a hacer de estos Les Petits Mouchoirs una película notable que se disfruta en los pequeños detalles y que transmite ese incierto impulso a vivir, a amar, a ser coherentes con uno mismo, a gozar de la vida como si fuera el último día de nuestra existencia.

Autor: Jesús Benabat