No_habra_paz_para_los_malvados

Existe una tipología particular de thriller policiaco en la que subyace una vaga sensación de aturdimiento, como si nunca acabáramos de seguir los hilos de la trama, ya sea por la complejidad de la misma, el aburrimiento que suscita o la completa falta de sentido cinematográfico de su director. No habrá paz para los malvados es una de esas películas; las razones, ya las hemos referido. En primera instancia, el tejido argumental se enreda en una maraña de acontecimientos de los que no se informa debidamente al espectador, lo cual, en segundo término, incide en un progresivo desentimiento de lo que allí se narra (en el mejor de los casos). Así pues, entre instantes de sopor cercanos a la narcolepsia y destellos de aunténtico cine de género resulta complejo valorar el buen oficio de un director que hace transcurrir la acción en una especie de trance poco o nada estimulante, lo que se resume, tal y como apuntábamos anteriormente, en una carencia evidente de sentido cinematográfico.

Intentar describir en apenas unas líneas los principales ejes argumentales de la película puede ser una misión demasiado arriesgada pues, a decir verdad, no estoy completamente seguro de haber comprendido cada uno de los pasos del desarrollo de la trama. Sin embargo, sí que puedo informar de que la película se centra en la figura imponente del policía Santos Trinidad, un tipo duro de aspecto desaliñado con cierta tendencia al alcoholismo del cual vamos averiguando detalles a medida que transcurren los hechos. Ciertamente, el personaje al que da vida con notable vigor José Coronado (su Goya es, quizás, el más comprensible de los obtenidos por la película) es lo más interesante de la cinta, en la medida en que nos sumerge de forma descarnada en un submundo de intrigas delictivas que van más allá de meros asuntos de drogas. Sin embargo, la ambivalencia moral que suscita es también un hecho a tratar, ya que los métodos que utiliza para perseguir a los ‘malvados’ valiéndose de la legitimidad de la Policía son cuanto menos discutibles y nos arroja a una confusión mental de quienes son realmente los ‘buenos’ de la película.

No habrá paz para los malvados camina así entre la desnudez de artificios propios del género y la brutalidad (incluso estética) de los hechos que se narra. Enrique Urbizu demuestra una vez más (Caja 507 es un ejemplo de ello) que es un director austero con un acuciado sentido de la economía visual (y verbal) que a más de uno puede resultar insoportable, más aún cuando, para bien o para mal, el género policiaco ha sido revitalizado por la espectacularidad de las series de televisión y las producciones de Hollywood. No obstante, debemos reconocer que hay momentos de tensión bien sostenidos, como la conversación entre Santos y la jueza que instruye el caso o la secuencia final, tan violenta como trepidante, que elevan el nivel de una película por lo demás mediocre y tediosa.

Su triunfo cosechado en los Goya sólo se entiende como una férrea resistencia de la Academía a plegarse ante el carácter presuntuoso de Pedro Almodóvar, a quien La Piel que habito no le ha servido para alzarse como amo absoluto del cine español a pesar de ser el claro favorito. Urbizu ha sido, en este sentido, el ‘afortunado colateral’, aunque su película no esté, de ninguna modo, al nivel de unos premios de esta categoría.