La silla del director continúa siendo un simbólico objeto de poderosa atracción para muchos actores consagrados de Hollywood. El significativo paso entre los decorados y el concurrido espectáculo de bastidores detrás de las cámaras no sólo se identifica con un mero cambio de roles en el proceso creativo de una obra cinematográfica, sino con todo un universo de ambiciones en busca de la legitimidad artística, o bien por el simple monopolio de los beneficios. En la historia del cine contemporáneo, buena parte de los intérpretes con cierta prevalencia en la industria han experimentado la emoción de proferir el mítico ¡acción! ante un nutrido equipo de técnicos y artístas (algunos incluso a ellos mismos), aunque, eso sí, con suerte dispar. La fama de muchos actores se ha llegado a asimilar a su propio reconocimiento como realizadores; es el caso de Mel Gibson, Kevin Costner, Clint Eastwood o Robert Redford. Otros, por el contrario, pusieron fin a una carrera mediocre delante de las cámaras para triunfar tras ellas, como Ron Howard, Sydney Pollack, Jon Favreau (en la vertiente más comercial) e incluso Ben Affleck (ampliamente elogiado por sus dos primeras cintas).
No obstante, la tendencia general es que la gloria obtenida a través de interpretaciones memorables constituya una losa demasiado pesada para ser desplazada por un reconocimiento alternativo. Al Pacino, Sean Penn Jodie Foster, Ben Stiller, Ed Harris, Anthony Hopkins, Kevin Spacey, Tim Robbins y hasta George Clooney (el caso, quizás, más honroso), han dirigido alguna vez en su carrera una o más peliculas con resultados desiguales; pero la sensación común es que nunca han dejado de ser actores, que su empeño por aportar algo diferente al cine no ha alterado su papel dentro de él.

Toda esta retrospectiva en torno a las difusas fronteras creativas en el mundo del cine, viene al hilo de un caso paradigmático del último grupo descrito. Y es que Tom Hanks, ese portentoso actor de cintas como Forrest Gump, Philadelfia o Náufrago, presenta su segunda película tras las cámaras después de The Wonders (1996), un film que tuvo la misma repercusión en la carrera del intérprete que la que promete esta Larry Crowne, es decir, nula. Es muy digno que las personas experimenten situaciones a las que no suelen estar acostumbrados, pero el peligro a ser incomprendidos o directamente despazados por la crítica ante una evidente falta de oficio siempre es una amenaza latente. De poco vale que te rodees de una sempiterna estrella de la comedia romántica como es Julia Roberts y de un atractivo elenco de secundarios encabezado por Bryan Cranston; pues si no tienes nada que contar (o lo narras sin pulso y con una acusada falta de pasión) el resultado será tan solo una mancha en un brillante expediente que corrobore la necesaria separación entre actores y realizadores.

Larry Crowne narra la historia de un veterano vendedor de un centro comercial que es despedido súbitamente por una reestructuración interna y debido a su falta de estudios universitarios. Acosado por las deudas y por una comprensible crisis existencial, Larry decide inscribirse en un curso universitario de discurso informal (supongo que los estadounidenses sabrán qué significa esto) y de economía, donde, además de hallar la solución a sus problemas más inmediatos, conocerá a una atractiva profesora algo malhumorada que terminará por cambiarle la vida.

Es cierto que el desarrollo de los acontecimientos de la película no tiene coherencia alguna, sino que obedece a un cúmulo de circunstancias yuxtapuestas teñidas de una complacencia evidente; sin embargo, sorprende advertir que llega a funcionar como un simple entretenimiento inofensivo a través del que disfrutar del talento cómico (ya algo difuminado por los años y las operaciones) de Tom Hanks. Y es que es curioso cómo la torpeza del Hanks-director llega a ser compensada por el encanto y la ternura del Hanks-actor, salvando a la película del más absoluto y previsible desastre.

Debo reconocer que siempre he sentido cierta debilidad por la vis cómica del actor de Big, Esta casa es una ruina o La Terminal, progresivamente dilapidada por sus incursiones en el género dramático (y comercial en los últimos años), por lo que cualquier recuerdo de un pasado mejor es siempre bienvenido. Larry Crowne es una película sin pretensiones, con una estructura bastante simple y sin grandes alardes histriónicos; pero la ternura de su personaje principal se contagia con facilidad y termina por conquistar la mirada escéptica del espectador más exigente.